En 1996 yo era socia del club Círculo de Lectores y recuerdo con claridad el momento en que vi en su revista el libro Armas para luchar, brazos para proteger, publicado ese mismo año por el Panos Institute, un organismo autónomo dedicado a servicios de información y documentación. El subtítulo no dejaba lugar a dudas: Las mujeres hablan de la guerra. Y yo, como mujer, quise escucharlas.
Hablaban más de doscientas. Daban testimonio de las guerras abiertas en el mundo en aquel momento. Las cifras eran escalofriantes: cuarenta y dos países implicados en cincuenta y dos guerras, entendidas como «conflictos armados entre fuerzas militares organizadas, de las cuales, una pertenece al gobierno, y que causan al menos veinticinco muertes al año» (definición del Uppsala Conflict Data Program, UCDP).
No me considero una mujer débil ni fácilmente impresionable; sin embargo, aún recuerdo el impacto que me causó aquella lectura. Sé con certeza que me cambió, que supuso un antes y un después. Descubrí y reflexioné sobre información que desconocía y que me llevó a mirar los conflictos —los de entonces y los que vendrían después— desde otra perspectiva.
Por este motivo, hoy quiero iniciar esta sección hablándoos de este libro.
Una de sus primeras frases captó mi atención: «La guerra es lo que ocurre después, son los años que sufres sin esperanza, con un marido mutilado, sin dinero, intentando reconstruir lo devastado».
¿Qué querían decirnos esas palabras? ¿Acaso lo que ocurre durante el conflicto no es importante? Algo más debía de haber: el mensaje no podía simplificarse de ese modo.
Y, en efecto, no lo era.
El propio texto lo aclaraba a continuación: las bajas producidas durante la guerra no solo incrementan el sufrimiento de las mujeres, sino que también aumentan sus responsabilidades. Este hecho no era nuevo. Sabíamos que la Segunda Guerra Mundial tuvo un profundo impacto en el empoderamiento femenino llegando a ser un punto de inflexión histórico: las mujeres sustituyeron a los hombres que estaban en el frente, ocuparon puestos tradicionalmente masculinos, ganaron independencia, tomaron decisiones fuera del ámbito familiar y descubrieron que podían vivir sin tutela masculina. Cuando la guerra terminó y se las empujó de nuevo al hogar, muchas no aceptaron ese retroceso. Aunque la vuelta fue masiva, el malestar generado se convirtió en el caldo de cultivo de los movimientos feministas posteriores.
Entonces ¿qué había de novedoso en este libro?
Nos mostraba que, en los contextos bélicos, las mujeres sostienen las comunidades, cuidan de las familias, de los niños, de las personas mayores y de los enfermos, y deben hacerlo cargando con sus propias heridas, las físicas, pero también las psicológicas. Heridas que, aunque no trasciendan ni salgan a la luz, están ahí, minando la capacidad de recuperación no solo de ellas, sino también de sus gentes.
Esta afirmación, sustentada en los testimonios de más de doscientas mujeres y en una mirada no reduccionista sobre las consecuencias de las guerras, fue lo que me hizo ver los conflictos desde otro prisma: el más ocultado, el más doloroso. Conviene recordar que estábamos en 1996.
Dicen los entendidos que la capacidad de las mujeres para hacer frente a las consecuencias de un conflicto bélico depende de la naturaleza del conflicto y de sus resultados. Sin duda. Pero este artículo no va de eso, como tampoco va de las mujeres que combaten ni de otros temas ampliamente conocidos.
Va de lo que yo, como mujer, descubrí leyendo ese libro.
La agresión y la violación ha sido siempre una característica de la guerra. Las mujeres han sufrido aberraciones físicas y torturas inimaginables dentro de nuestra escala de valores. Por si fuera poco, muchas han sido rechazadas por sus propias comunidades tras ser violadas, al ser consideradas «bienes dañados», sin olvidar las que quedan embarazadas de sus agresores —a veces, más de uno— y tienen que vivir con ese recuerdo constante.
Durante mucho tiempo, esas agresiones se trataron como daños colaterales, delitos contra el honor o simples excesos cometidos por soldados «a título personal». Es decir, no se reconocían como una estrategia bélica.
Pero en los años noventa se produjo un cambio. Otro punto de inflexión. Y yo lo conocí a través de este libro. Una lectura agridulce, llena de claroscuros. Me estremeció el descubrir que, a partir de la Guerra de los Balcanes (1992-1995), aunque no solo por ella, se admitía internacionalmente que la violación masiva y sistemática de mujeres era una práctica organizada, orientada a la limpieza étnica y al terror. Desde ese momento, la ONU comenzó a hablar explícitamente de la violación a las mujeres como arma de guerra. Entre 1993 y1994, los tribunales internacionales la establecieron como crimen de guerra, crimen contra la humanidad y acto de genocidio. En 1998, el Estatuto de la Corte Penal Internacional la consagró jurídicamente de ese modo, entrando en vigor en 2002.
Por fin se reconocía legalmente que la violencia sexual era una auténtica arma y no una mera expresión más de la guerra.
Ahí residía el sabor agridulce del que os hablaba: lo dulce era el reconocimiento de que la agresión a las mujeres constituía un ataque directo contra la identidad de sus comunidades, un ultraje que quebranta y desmoraliza, una práctica utilizada deliberadamente para dominar, aterrorizar y destruir a una población. Lo agrio, su existencia misma, y el hecho de que ese reconocimiento llegara cuando el siglo XX tocaba a su fin.
Alguien podría preguntarse por qué la violación fue considerada un arma de guerra
—queda claro que no lo es como objeto sino como método—. El derecho internacional nos da
la respuesta: porque aterroriza a la población civil, desestabiliza comunidades, destruye identidades colectivas, forma parte de órdenes, patrones o políticas militares. En definitiva, porque cumple un criterio intencional, estratégico y sistemático.
¿Y cómo funciona esta arma de guerra?
Un nuevo impacto.
Según recoge el libro, lo habitual es que las mujeres agredidas repriman el miedo y el dolor para poder seguir cuidando de los demás y protegiendo a los suyos. Muchas veces no tienen oportunidad de digerir sus heridas psicológicas ni de vivir sus duelos de forma saludable. Su papel —fundamental— en la recuperación de los demás queda profundamente afectado, lo que dificulta también la recuperación de la comunidad.
Y los agresores lo saben. Por eso lo hacen. Para impedir o dificultar la reconstrucción y recuperación de todo un pueblo. Una forma más de eliminarlo.
Muchas mujeres son mutiladas y necesitan ser cuidadas, lo que dificulta su rol activo en la ayuda. Y no solo eso: muchas mujeres que dieron su testimonio al Panos Institute afirmadon haber sido privadas de toda esperanza de tener una familia. La mayoría coinciden en que los hombres heridos se casan y son cuidados por sus esposas e hijos mientras que ellas, heridas de igual modo, ven cerrarse esa posibilidad. A la vista de todo lo anterior, no puede tolerarse el que desde el poder o desde los
medios de comunicación se siga hablando del tándem mujeres-hijos como un ente indivisible, cuando las mujeres son un objetivo específico de destrucción. Tampoco puede tolerarse que estas agresiones se sigan considerando daños colaterales: hacerlo supone faltar a la legalidad; además, negar la experiencia de las víctimas, que los gobiernos y los medios de comunicación no la reconozcan, hace que la pérdida personal sea más difícil de aceptar y su recuperación más costosa.
El libro aborda muchos otros temas, pero no escribo este artículo para hacer una reseña.
Quiero transmitiros el cambio que, como mujer, se produjo en mí al reflexionar sobre lo que contenían sus páginas.
En 2024, casi treinta años después, las cifras son aún más desalentadoras: entre setenta y ochenta países implicados en más de sesenta conflictos armados. Está claro que la experiencia pasada parece servir de poco. Pero ese es otro tema.
Ningún hombre y mujer, con independencia de su edad, su raza o su religión debería vivir un conflicto bélico. Vaya por delante.
Pero cuando veo imágenes de mujeres en guerra, no puedo evitar pensar en ellas como unas grandes guerreras que siguen protegiendo a los suyos con sus brazos, a pesar de sus heridas. A pesar de todo.
Y hoy, quería hablaros de todo esto, recordar aquel libro que tanto me marcó y, sobre todo, revalorizar los abrazos de esas mujeres: tener una lectura más profunda de lo que significan y de las circunstancias en las que los dan.
@Encarna Pérez
@Imagen Pinterest
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