CARTAS-MANZANILLA by Anabel García

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Cada vez que se ponía triste recordaba su colección de cartas. Así que a menudo se reencontraba con ellas con la ayuda del taburete de la cocina. Se subía para llegar al altillo de la habitación, y con un leve balanceo, y los brazos estirados, bajaba de una en una las tres cajas de zapatos. Una mirada melancólica desde el rabillo del ojo le enternecía, era increíble pensar que ahí estaban todas las cartas. Las de su primera amiga a distancia con la que practicaba inglés, Helen de Bristol. Las felicitaciones de cumpleaños y navidades llenas de frases hechas, felicidad próspera en postales con tartas y nieve y purpurina perdida en años pasados. Y después sus favoritas, sus queridas cartas de amor separadas en cintas de colores como si cada una de ellas fuera ese corazón de entonces, con los nombres emborronados, pero aún reconocibles. Pasaba los dedos por encima, acariciaba con un ris ras sus esquinas provocándole cosquillas. ¿En serio los meses y años de sentimientos ocupaban tan poco? Había algo de efímero, insustancial con lo que tanto había sentido, con los castillos tan altos que había construido y había habitado a solas, y a veces en compañía. Tenía que existir alguna manera de hacerlos más reales, de traerlos de vuelta, recuperar lo aprendido y dejarlos irse de una vez por todos. Recolocándolos por colores, por fecas, por las cintas y el grosos de cada uno de los paquetitos al final encontró la calma que más necesitaba. Quitó los sobres y dobló las cuartillas y las hojas de cuaderno hasta que quedaron reducidos a cuadraditos rechonchos. Les atravesó con un punzón y un hilo y los metió luego en el agua caliente de la tetera para que cada carta destilara su mensaje en forma de color y sabores. Felipe de frutos rojos con un toque ácido final. Ernesto de canela con un dulzor terroso de hierbabuena. Augusto con su aroma floral suave y amarillo hasta desvanecerse. Óscar negro, tostado y voluptuoso hasta en los últimos sorbos. Fue increíble que aquellos saquitos de cartas de amor liberarán el aroma más agridulce que jamás hubiera imaginado. El más cálido y frío también a los pocos segundos de llevarlo a la lengua. Pero su efecto fue más sorprendente. Las siguientes noches después de beberlas durmió como nunca, hizo las paces consigo y soñó con cada uno de ellos, con lo bonito y con lo que había aprendido de cada carta. Así las tres cajas quedaron reducidas a un manojo de felicitaciones de Navidad y párrafos en inglés con Helen de Bristol y los posos de las palabras quedaron en la taza, arrugadas en un tequiero de fondo. Feb-


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