No le tembló el pulso al abrir el frigorífico, sacar de la huevera los dos huevos señalados y batirlos en el plato mientras miraba a Lucas, su terrier querido que, recostado en la cesta de mimbre, la observada con sus ojos de almíbar.
Después de treinta años de una vida conyugal plagada de desavenencias e infidelidades y tras hallar un veneno letal que no dejaba rastro, había llegado el momento.
Cuando acababa de dar vuelta a la tortilla le oyó entrar, vocinglero, tambaleándose. Se notaba a leguas que había bebido. Lucas también debió darse cuenta de su comportamiento torpe y expansivo pues se replegó más si cabe en el cesto.
El hombre se sentó a la mesa y ella le puso la tortilla acompañada de una ensalada de endivias al cabrales. Se sentó de frente mientras él hablaba y hablaba y hablaba de unos cuadros del siglo XV que acababa de comprar a un anticuario. Por fin vio cómo se llevaba una endivia a la boca que masticó despacio. Luego bebió un largo trago de vino. Y otro más. “No tengo hambre”, dijo. Y antes de que ella pudiera reaccionar ya le había lanzado a Lucas la masa amarilla por los aires, como si de un bumerang maldito se tratase.
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