domingo, abril 5 2026

El Viejo (capítulo Final) By Domingo Alberto Martínez

Mi abuelo despertó y se dirigió hacia la entrada, como si lo supiera todo. Rechazó a mi abuela sin mirarla, sorteó a mi madre que, replegada sobre sí misma, sollozando, murmuraba cosas sin sentido, como ida. Una luna cárdena iluminaba la noche. Iluminó a mi abuelo cuando salió a la calle como lo hubiera hecho con un alma en pena. Caminó hacia el río, hacia donde sabía que le esperaba mi padre. Quizá oyó los cuchicheos de la gente, que espiaba tras los visillos de las casas a oscuras, que se atrincheraba por instinto tras las puertas, las ventanas cerradas, levantando muros de puro miedo.

El río, bisbiseaban unos.

La Guardia Civil, se lamentaban otros.

Un tiro, se escuchaba con trémolo en los suspiros.

Quizá lo hubiera adivinado al despertar, al ver a mi madre en el suelo y a mi abuela, que no quería mirarle de frente, al descubrirme a mí, temblando en un rincón como un cachorrillo que se ha orinado encima. Quizá, en fin, hubiera sentido el disparo ahí, muy dentro, a pesar de estar inconsciente. Se incorporó con el impulso ciego con el que responden los animales a la llamada de la naturaleza y se fue derecho hacia el Ebro. Andaba hecho una pena, tropezando a cada paso, con las piernas que no le respondían pese a su voluntad de hierro, la cabeza confusa, la boca entreabierta, con el sabor a tabaco y óxido en la garganta, con un ojo hinchado, ciego del todo, donde recibió el golpe.

Salí de casa tras él, no sé por qué. Nunca me había parecido tan desvalido, puede que fuera por eso; por primera vez en mi vida lo veía viejo de verdad, más viejo que el mismo río. Lo seguí a distancia, dejándolo hacer, pero sin atreverme a acercarme más que lo justo. Y vi cómo, a pesar de su edad y la angustia, a pesar de la crecida del Ebro, llamaba al barquero. Y adiviné más que oí cómo, desde el centro de las aguas brutales, donde la corriente era más fuerte, se zambullía en busca del cuerpo de mi padre, a quien había querido como se quiere a un hijo.

Ha pasado mucho tiempo, pero lo recuerdo bien. Hay cosas que uno no olvida, porque es precisamente cuando las olvida cuando empieza a dejar de ser uno. Yo tenía seis años. Tenía frío aquella noche, mientras intentaba ver a mi abuelo, que se había lanzado con una cuerda atada a la cintura. Aparecía jadeando, escupiendo agua, nadaba contra corriente sin avanzar apenas y volvía a sumergirse, mientras el barquero bregaba con el río e intentaba estabilizar la barca, debatiéndose con los remos y soltando lindezas en cuanto asomaba mi abuelo. Le gritaba que subiera, que ya estaba bien de tonterías; que se fuera a casa a llorar con los suyos. El cuerpo ya aparecería cuando fuera de Dios. También él estaba empapado. Mi abuelo era obstinado. Las aguas hervían, lo tragaban una y otra vez, y no escuchaba al barquero o no quería hacerlo.

Yo tenía seis años y en la orilla me quedé dormido.

Desperté con el chapoteo de los pasos y el ruido de varar una barca. El viento se había calmado y el Ebro, con las primeras luces, no parecía tan fiero. Mi abuelo chorreaba. Iba sin camisa, descalzo, solo con los pantalones. Tosía. La sirga le había desollado la cintura, que sangraba por los rozones. Tenía el pelo mojado y, a la luz de la mañana, me pareció blanco del todo. Salió de la barca arrastrando un bulto, ayudado por el barquero. Mientras me aproximaba, todavía somnoliento, lo tendió sobre un carro que había a mano. Me fijé en el bulto entonces: un hombre empapado también, con las manos abiertas. No sé por qué me acuerdo de las manos así, tan abiertas, como si hubiera querido taparse, qué sé yo. El cabello pegado a la piel cubría en parte el agujero de la nuca. Gracias a Dios estaba de lado, en una posición extraña, y no le vi la cara. Cuando mi abuelo tropezó conmigo, pareció despertar de un mal sueño. Se frotó el ojo sano y me dijo:

—Clemén, ¿qué haces aquí? Anda para la casa.

El barquero nos miraba hacer.

—Hasta luego, Marcial —musitó, apocado—. Te acompaño en…

—Adiós, Lucio. Gracias por todo.

Caminaba a su lado, sin atreverme a mirar hacia el carro del que tiraba, adivinando en el clon-clon el ruido de la cabeza al rebotar en la madera. Oí el canto de un gallo, que anunciaba otro día.

 

 

El hombre, inconsciente, levanta su casa a orillas de la tragedia. Labra los campos con dedicación y esmero, dando gracias a Dios por el sudor y las llagas. Acumula hijos y, como Job, reúne herramientas, ganado. Cuando el Ebro crece, ensordece los llantos, las maldiciones. Arrasa con todo. Las aguas rebasan los cauces, cubren las vías férreas, las carreteras, arruinan los puentes, anegan los campos, aislando los pueblos de la ribera; las gentes, en vela, se ven obligadas a salir de sus casas, pues ni las tapias ni los muros ni los diques tienen más fuerza que las balas de paja. En los bordes de la riada, las mujeres cargan con sus criaturas, ajenas a la catástrofe, que se les duermen en brazos. Los hombres encienden hogueras para conocer cuánto aumenta el río, cuánto es el terreno que ganan las aguas. Durante la noche, la corriente brama, impetuosa. Arrastra barcas descuadernadas, maderos en llamas, animales muertos.

Cuando el Ebro crece, el hombre no es nada.

Llegamos a casa y yo me quedé junto al carro. La mañana avanzaba. Los rayos del sol jugaban al escondite con las sombras en las ropas de aquel cuerpo, que hasta unas horas antes era mi padre. Un tábano se paró en su hombro. Quise apartarlo, pero me daba no sé qué tocarlo, como si fuera pecado. Cogí un palo, pero antes de que me acercase el tábano levantó el vuelo y se fue, y yo aparté la mirada, como avergonzado, aunque sin saber exactamente de qué.

Mi abuelo me llamaba. Sentí algo, un sofoco en su voz, y el catalán mezclado con el castellano:

—Clemén… Arríbate a l’església, al párroco. Apa. Camina, nen. I t’ho portas al cementerio.

Me daba la espalda al hablar. Miraba hacia el interior de la casa, justo en el mismo sitio en el que se había plantado el guardiacivil. Su voz me sonó rara, pero sobre todo apremiante, por eso no se me ocurrió replicarle y salí a escape. Oír, ver y callar, que decía mi padre. Atravesé las calles dándome con los talones en el culo. Entré en la iglesia cubierto de polvo. Los olores a incienso y cera me aturdieron, y me detuve para recuperar el aliento, intimidado por la penumbra, por la atmósfera de reverencia y temores atávicos, por el espacio vacío, sin un alma. Cuando retomé la marcha, mis pasos revolotearon como cuervos, remontándose hacia la bóveda. Sobre el altar, un Cristo de palo me miraba con pena, compadeciéndose quizá de mi dolor. Me detuve frente a él. En la talla creí ver la que transportó el Espiadimonis, y en su cara esa otra que no me atrevía a mirar, con el pelo enmarañado y un agujero en la nuca del grosor de un clavo. Apreté los dientes para no llorar, pero no sé si lo conseguí. Oí el arrastrar de unas suelas. Al volverme, me encontré con un hombrecillo pequeño y rechoncho como un conejo doméstico, con gafitas metálicas y manchas seniles por todo el cráneo. Era mosén Conill, el párroco. Como el resto del pueblo, sabía lo ocurrido. Me froté los ojos y la nariz con la manga, antes de que me alcanzara. Habló un rato conmigo. Todavía recuerdo el tintineo frágil de su voz, pero no lo que dijo. Me puso una mano en el hombro y, a pasitos cortos, se dejó llevar fuera, hacia el cementerio.

Lo primero que vimos fue el carro junto a la tapia. Luego, al entrar, a mi abuelo a la sombra de un algarrobo, jugando con un trozo de sirga. Trenzaba el esparto y lo destrenzaba, hacía nudos y volvía a deshacerlos, fumando ansioso, nerviosamente. Las nubes de humo que salían una y otra vez de su boca le daban un aspecto irreal. La pala estaba clavada en el suelo, sobre la tierra removida.

—Ven aquí, anda —me dijo, tirando la cuerda al suelo.

Yo dudé un instante. Aquel hombre no era mi abuelo. No solo por las arrugas, que se le habían ahondado hasta el hueso en una sola noche, ni por el pelo tan blanco, tampoco por el ojo hinchado, completamente ciego, de un color entre negruzco y morado. Era algo más. Quizá el gesto de desamparo, que convertía su cara en una máscara, la misma cara de siempre pero sin vida, como si fuera de yeso, una máscara mortuoria, como si no le corriera la sangre bajo la piel. Cuando me acerqué, me puso una de sus manazas en la cabeza. Se quitó la pipa de la boca y me empujó hacia la tumba improvisada.

—Reza por ellos —me dijo.

Y se acercó a mosén, con quien estuvo hablando mucho tiempo. Al terminar, le acompañamos de vuelta a la iglesia, donde siguieron con la conversación, en voz baja siempre, mientras yo me amodorraba en un banco. Devolvimos el carro al embarcadero y subimos la cuesta sin cruzarnos con nadie. Mi abuela estaba en la cama, donde el tío Marcial la había dejado.

 

 

Con la posguerra vinieron el hambre y el éxodo, y con los embalses los laúdes dejaron de interpretar la melodía del agua. Dejaron de oírse las azuelas de los calafates y a los patrones soltando gritos a diestro y siniestro. Los espinazos de madera de las embarcaciones se pudrían en la orilla, el sol del verano abría las tablas con un chasquido seco, igual que una nuez, y entre las costillas asomaban los tamariscos. Las aguas embalsadas llegaron hasta las casas, llamaron a las puertas y se colaron dentro. La mayoría de la gente se fue a las ciudades, en un viaje sin retorno a Zaragoza, Barcelona, Valencia. Algunos, los menos, con los muebles de sus padres y sus abuelos, los aperos de labor y los animales domésticos, que berreaban hasta ahogarse, se quedaron dentro. Las aguas subieron, cubrieron las vidas, los pueblos. También los recuerdos.

Solo años después, con mi abuelo sin poder levantarse de la cama, consumiéndose de pena y desarraigo en un cuartito con vistas a otra fachada, en un barrio colmena de Zaragoza, con el tono babeante, senil por la demencia, que no era aquel otro que yo le conocí de pequeño, lleno de energía, aquellas órdenes que retumbaban como escopetazos del tío Marcial, el patrón del Espiadimonis, me contó lo que le esperaba en casa la mañana que volvió con el cuerpo de mi padre a cuestas. Me daba la espalda al hablar, al mandar que corriera a por el párroco, y su voz me sonaba acuciante y extraña, una voz que intentaba mantener la calma, pero que había empezado a quebrarse. Solo años después vi en su único ojo lloroso (el otro lo perdió a resultas del golpe) lo que intentaba hurtarme con el cuerpo: a su mujer y a su hija en el suelo, mi abuela por una apoplejía que la sorprendió de madrugada, mi madre con una aureola de sangre alrededor de la cabeza, igual que una mártir. Desquiciada por la muerte de mi padre, trastornada y ciega, ató varios anzuelos con hilo de pesca y se los tragó con un vaso de agua que le temblequeaba en la mano. Tiró llorando antes de que mi abuela pudiera hacer nada, un tirón seco, con rabia. Otro más, desgarrándose por el dolor. Mi pobre abuela, que tuvo que ver cómo su única hija se ahogaba sin poder hacer nada, cómo vomitaba sangre y se meaba encima, retorciéndose entre espasmos hasta que por fin dejó de respirar.

Durante los meses que aún vivió, mi abuela no abrió los ojos ni pronunció palabra alguna. Parecía dormida. Parecía, todo, una pesadilla.

 

 

3

La luna se asoma curiosa entre nubes de tormenta, y rápidamente se oculta. El gran cauce del río avanza rizado por el viento. Si uno se detiene para contemplarlo da la impresión de estar asistiendo, en su movimiento pesado y solemne, al desfile de un ejército de soldados de terracota, todas las personas que vivieron en sus riberas, arrastradas por las aguas. El pescador se levanta, recoge los útiles de trabajo. La perra menea el rabo, impaciente por volver a casa, bien por el hambre o por el chaparrón que se acerca. Clemente bosteza, se estira y empieza a desvestirse. El Ebro, padre prolífico y poderoso, ha marcado durante siglos la vida de sus riberas. A veces sube, arrasa con todo, se lleva por delante las casas, anega los sembrados, ahoga al ganado, a todos aquellos que se quedaron atrás. Sus habitantes han aprendido a vivir con resignación en la orilla de la desgracia.

Desnudo, sintió las primeras lenguas frías tirar de él, llevarle de la mano, mientras avanzaba por el lecho viscoso con cuidado para no resbalar. La lluvia llegó pronto. Cayó sobre la perrita solitaria durante el resto de la madrugada.


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