Algo sucede con la voz de Frank Sinatra que, cuando aparece, crea el silencio a su alrededor. Allá donde suene una de sus canciones es habitual ver, si no a todos, a más de uno callar. Era, y sigue siendo, puro magnetismo. Fue siempre así, incluso cuando su música ya sonaba a algo de otra época y él se esforzaba por mantenerse arriba. Fue siempre así, incluso cuando se fijó en otros más jóvenes y cantó alguna de sus canciones, caso de los Beatles. Fue siempre así, hasta casi el final.
Frank Sinatra, querido y amado por generaciones enteras fue sin embargo repudiado por su madre al nacer, la cual esperaba una niña. Al verlo, después de un parto tan duro que incluso tuvieron que utilizar fórceps para sacarlo, causándole de paso unas lesiones en la cara que le acompañarían de por vida en forma de cicatrices, la madre se llevó el chasco de su vida: un niño de casi seis kilos en lugar de esa niña para la que ya tenía todo comprado.
Sinatra vivió la vida de una manera que, en sus propias palabras, con una vez le bastaba. Se le relacionó con la mafia por sus evidentes amistades con personalidades importantes dentro de la misma, formó parte del disparatado y magnífico Rat Pack que, además de películas, representaciones y empujar a Kennedy a la presidencia de los Estados Unidos, se peleó con cualquiera de los locales que no permitiesen actuar a uno de sus integrantes, Sammy Davis Jr., por ser negro, ayudando así a que muchos de los casinos de Las Vegas dejaran de tener políticas segregacionistas.
Pero Sinatra era también un tipo difícil. Tan pronto estaba de buenas como más cabreado que una mona. No soportaba que las mujeres fumasen y bebiesen en exceso, no toleraba los perfumes fuertes ni en hombres ni mujeres, o los olores extremadamente intensos. Pero, por encima de todo, lo que La Voz no toleraba era la falta de higiene. Su obsesión por la limpieza alcanzó unas cotas que en los últimos años de su vida hacía que llegara a ducharse hasta doce veces al día. Lo han leído bien: doce (12) veces. Prueben a hacerlo durante una semana y, si no enloquecen por el camino, vengan a los comentarios de este artículo y explíquennos su experiencia.
Pero en 1994, la voz de Sinatra fue callada. Esa voz que, irónicamente, se paseaba por las palabras con la agilidad y la delicadeza de un gato, fue silenciada por aquello que le había dado una vida, la suya: la música. En los Grammys de aquel año Sinatra iba a ser homenajeado, y Bono fue el encargado de dar el obligado discurso introductorio. Los dos habían entablado una amistad a raíz del disco Duets, un álbum en el cual Sinatra cantaba con algunas personalidades de la música entre las que se encontraba el irlandés. En ninguna de las canciones Frank estuvo en la misma habitación que el resto de cantantes, ellos tan sólo recibieron la voz del artista y grabaron la suya. Pero con Bono hubo más de un encuentro para, entre otras cosas, grabar el videoclip del tema que habían compartido y que fue la puerta de entrada para toda una nueva generación a la voz de Sinatra, I’ve got you under my skin. La amistad entre dos personalidades nocturnas y amantes de la música y el alcohol era inevitable por muy grandes que fuesen sus diferencias, tanto musicales como estilísticas.
Bono y Sinatra se cruzaron justo antes del discurso y el irlandés pudo notar su confusión cuando Frank le preguntó qué era lo que estaban haciendo allí. Sinatra, aquejado por un alzheimer que, al parecer, ya había dado algunos signos apenas un par de años antes, no estaba en su mejor forma. Después del discurso de Bono y cuando era él quien estaba delante del micro, conmovido por la ovación, aquel gigante de la música se vio en cierto modo más pequeño de lo que había sido nunca antes. Frágil, perdido, dice algunas incoherencias ante el desespero de los organizadores, que le piden a Bono que vuelva al escenario a por él. Pero Bono se niega a callar a La Voz y les espeta que de ninguna manera. ¡Dejadlo hablar!, dicen que gritó. Pero a los cuatro minutos fue el director quien silenció a Sinatra subiendo la música y enviando la emisión a los anuncios. Sinatra, solo y perdido en medio del escenario, se agarra a Bono cuando éste llega y lo abraza. Hora de irnos, Frank, le dijo. Y se marcharon.
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