ASÍ SE HABLABA Y ASÍ SE HABLA by Esther Bajo

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Estaba tan delgada como una biafreña, con pantuflas y embutida en su bata de boatiné y hablando como si no estuviera en sus cabales; yo me quité el gabán y estaba dabuten, riéndome a mandíbula batiente, hasta que llegó la ñoña de su hermana, guapa como un querubín pero una auténtica sabandija dada a los tejemanejes, así que me dije que mejor cada mochuelo a su olivo y me largué a la francesa. Es el tipo de frase de la que mis hijas no entenderían ni media palabra.

  • ¿A mandíbula batiente?
  • Sí, a carcajadas
  • ¿Y qué es largarse a la francesa?
  • Pues irse sin decir adiós.
  • ¿Era biafreña… o sea, de dónde?
  • Biafra era una parte de Nigeria que se independizó durante algunos años, en una guerra que causó una hambruna terrible.
  • ¿Y cómo dices que llevaba la bata?
  • De boatiné o sea, guateada o acolchada. Y antes de que me preguntes, las pantuflas son zapatillas de andar por casa y cuando alguien parece no estar en sus cabales es que no parece estar en sus completas facultades mentales.
  • Qué parece un chiflado, ¿no?
  • También se decía a carta cabal para expresar al máximo.
  • ¿Dabuten es lo mismo?
  • No, dabuten o dabuti es estupendo.
  • ¿Y el gabán también es una bata?
  • No, un abrigo de hombre.
  • ¿Y cómo dices que era su hermana?
  • Ñoña, o sea, timorata, pacata…
  • ¿Qué?
  • Remilgada… un poco así como sosa, pija…
  • ¡Ah, vale!, pero guapa como no sé qué.
  • Como un querubín, es decir, un espíritu celestial de belleza suprema; se suele representar como un niño pequeño con alas… pero también era una sabandija, es decir, un mal bicho.
  • ¿Un bicho tipo mochuelo?
  • No, cada mochuelo a su olivo quiere decir que cada uno se va a su casa o a su sitio; también se decía “sacudirse el mochuelo o quitárselo de encima” para significar que no querías hacerte responsable de algo.
  • ¿Y qué dijiste que tejía?
  • Nada, que era dada a tejemanejes, que son actividades turbias o enredosas.

Lo mismo sucede si les cuento que mi madre quería llamarme Fabiola pero desistió cuando, a raíz de la boda de la reina de Bélgica se puso de moda la barra de pan con ese nombre, o les digo que se pongan una rebequita para salir de casa. ¡Y qué decir si les cuento que su abuela usaba combinación y sostén, pero su bisabuela llevaba refajo y yo, de pequeña, hacía gimnasia con pololos!

Es más, tampoco entenderían la mayor parte de los jóvenes el nombre de mi blog, Club de Cabales (https://clubdecabales.blogspot.com/) y eso me da especial pena porque la palabra cabal me encanta en todas sus acepciones: preciso, completo, moralmente íntegro, entendido, exacto y hasta “que conserva toda su potencia sexual”, aunque no pensaba en ello cuando elegí el nombre. “Don Mario era un hombre cabal –dice Delibes en su Cinco horas con Mario– y hombres cabales entran pocos en kilo”.

 

Imagen aportada por la autora

¡Es impresionante la cantidad de palabras y expresiones que van cayendo en desuso, normalmente sustituidas por otras, aunque no siempre, también hay palabras que se pierden con su propio concepto, es decir, en cuerpo y alma! Por eso me encanta el Diccionario del español actual que acaba de publicarse, incluyendo una edición digital (https://www.fbbva.es/diccionario/). Recoge el léxico documentado en España desde 1950 hasta este mismo año de 2023, con ejemplos extraídos de cerca de tres mil libros y quinientas publicaciones periódicas. Los autores son Manuel Seco (por eso se le conoce comúnmente como el Diccionario Seco), Olimpia Andrés y Gabino Ramos, quienes han contado, claro está, con otros colaboradores. Y no es una actualización, sino una obra que parte de cero, que ha supuesto un esfuerzo ímprobo y que era absolutamente necesaria, porque definir una palabra sirve de poco si no se dice cómo funciona esa palabra dentro de una frase, cómo y cuánto condiciona esa palabra el contexto, qué tiene que ver con otras palabras de la frase, cómo las influye. Y para ello, resulta también fundamental ver cómo funciona la palabra en obras literarias o periódicos, cómo escritores y periodistas la han utilizado y dado uno u otro sentido, como ya habían hecho los académicos en el siglo XVIII con el Diccionario de autoridades.

Pues bien, ese tipo de diccionario, que existe desde hace mucho en todas las lenguas occidentales, no lo había para una lengua de tanta importancia cultural y tan universal como la lengua española. El genial filófogo y lexicógrafo colombiano Rufino José Cuervo lo intentó en el siglo XIX, con su Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, una obra realmente monumental que quedó truncada con su muerte cuando apenas había llegado a la letra D. Ya en el siglo XX la Real Academia Española se puso, por fin, a hacer ese necesario inventario léxico con su Diccionario histórico que, como tantas cosas, terminó con la Guerra Civil. En los años 60, Julio Casares y Rafael Lapesa volvieron a intentarlo, pero, como señala Manuel Seco, “la indiferencia ambiente llenó de obstáculos la andadura y viabilidad de la empresa”.

 

Ahora, por fin, culmina este diccionario que comenzó a realizarse en 1970, sin la ayuda de la informática hasta veinticuatro años después, cuando ya se había hecho una primera versión de todo el texto. ¡Un trabajo realmente abrumador! Gracias a él podemos conocer y podrán conocer las generaciones futuras, palabras que se han quedado anticuadas, como ye-ye; palabras que designan realidades que ya han quedado lejos en el tiempo –cosas del pasado- o en el espacio; palabras de uso u origen regional, como ertzaina o paleta (albañil en catalán); palabras que son de uso coloquial, literario, vulgar, eufemismos o infantiles, como miau para decir gato. Asimismo, palabras despectivas o burlonas –tan abundantes- o que son rurales, juveniles o jerga marginal; y palabras de argot, como mates, tarugo (inicialmente, comisión pagada por un laboratorio farmacéutico por recetar sus productos), penene o chusquero.

Gracias a sus autores por recordarnos a algunos y enseñar a otros, junto con otros 83.000 términos, lo que es un lazarillo, el blanco de España, la túrmix, pasarse algo por el sobaco o ir en el coche de san Fernando. ¡Por los clavos de Cristo que es ésta una gran obra!

Esther Bajo


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