Siempre se debe llamar
a cada cosa por su nombre,
pero, si uno no se atreve,
debe poder hacerlo en un cuento.
(Hans Christian Andersen)
Érase una vez un país muy pequeño, con cientos de islas flotando sobre el mar; con larguísimos puentes (y pronto el túnel sumergido más largo del mundo), bosques, praderas, bajas colinas, playas y dunas de arena pero, sobre todo, parques de atracciones por todas partes y parques infantiles con juegos para trepar por los árboles, atravesar estanques o hacer pompas gigantes de jabón. En ese país los niños pueden perderse en laberintos vegetales; internarse en un mundo de juguete hecho con pequeñas piezas de construcción; navegar por lagos limpísimos y pasear en bicicleta por calles, caminos, carreteras o autovías sin correr ningún peligro ni tener que ascender ninguna cuesta pronunciada. Como todo país de cuento que se precie, está sembrado de castillos, casitas con jardines llenos de flores y, al menos, una sirenita. La capital del país, atravesada por bellos canales por los que se pasean cisnes y barcas, tiene grandes parques y en sus principales calles abundan los artistas de circo, músicos de jazz y magos. La gente es educada, amable, sonriente, libre, honesta y hospitalaria, y cuando llueve o hace frío se sienta en una bonita cafetería con una jarra de café y un gran trozo de pastel a leer un. Se trata, obviamente, de Dinamarca, el país más feliz del mundo, según la ONU, y el paraíso de los niños, que propongo como alternativa a Eurodisney, porque éste es un país de verdad, uno de los países más ecológicos –si no el que más- del mundo y, en definitiva, un país en el que, además de divertirse muchísimo, pueden también aprender a ser ciudadanos ejemplares.
Una de las ventajas de veraneo familiar en Dinamarca es que la diversión puede ser compartida por niños y padres: los parques de atracciones, con bellos jardines o enclavados en medio de un bosque, son también lugares de paseo y observación; los parques infantiles son zonas muy activas para los niños, pero de relax para los padres; los muchísimos museos tienen zonas infantiles tan interesantes como divertidas; los pueblos y ciudades revelan a las dos generaciones una forma de vivir y convivir de la que ambas disfrutan y aprenden.
Fui con mi hija mayor (cuando era pequeña) y tengo delante su pequeño diario de viaje, que sirve de testimonio: “Los parques de atracciones son súper divertidos: La gente habla sin gritar, no se enfada si alguien se equivoca al hacer algo o conduce mal, visten como les da la gana y se desnudan en los vestuarios y en las playas sin que a nadie le parezca mal. Hay muchos gigantes de viento y granjas y huertos y mercados de frutas, verduras y flores llenos de colores y de cosas ricas, y hay mucha música en las calles. Las casas son bajas y por todas, todas partes, hay carriles para bicicletas; y también hay museos con juguetes, las cafeterías son muy bonitas y los wáteres están limpios. Se come mucha comida ecológica y, aunque se toma mucho pescado, que a mí no me gusta, en todas partes dan unos sándwiches muy ricos y helados blandos”.
Si añadimos que, en verano, oscurece a las 11 de la noche y amanece a las 3 de la mañana, sólo cabe poner una pega a este país de cuento: los precios. No obstante, hay trucos para contener el presupuesto, al menos a un nivel similar al de otras alternativas, y permitirse evitar “la memoria de lo que nunca llegamos a vivir”, que es como Andersen definía la tristeza, viviendo unas vacaciones inolvidables.
La palabra más danesa es “hyggelig”, que significa algo así como “acogedor”, una sensación de bienestar que forma parte de la filosofía de vida de los daneses, confortable, segura y relajada. Supongo que en esa sensación tan placentera influye una conciencia tranquila porque el fuerte sentido cívico de los daneses hace que nadie desconfíe de nadie: la gente compra fruta o flores y deja el dinero en una cesta sin necesidad de ser observado.
No pretendo hacer una guía turística –en Internet hay información más que de sobra- pero sí mencionar los tres parques de atracciones más singulares, empezando por el famoso Tívoli, en pleno centro de Copenague, con atracciones –que incluyen una de las montañas rusas más antiguas del mundo, pero también espectáculos de pantomima- diseminadas entre bellos jardines con especies vegetales de todo el mundo en torno a un lago espectacular, que es parte del foso que rodeaba la ciudad fortificada antigua. Cerca de Copenague, el Baken es el parque de atracciones más antiguo del mundo y, por supuesto, está Legoland, construido con más de cuarenta y cinco millones de piezas de Lego.
Y está la huella de Andersen, el autor de La sirenita, El patito feo, La princesa del guisante, La reina de las nieves, Garbancito, El soldadito de plomo y tantos otros cuentos, cuya huella puede seguirse en Copenague pero, sobre todo, en su ciudad natal, Odense. Y para los adultos, otra cuentista –tal como ella se definía-, Isak Dinesen, cuya casa está cerca de Copenague: Rungsted, donde nació, murió y está enterrada, al pie de un haya centenaria, en medio de un bosque que ella convirtió en refugio de aves. Dinesen es la autora de “Memorias de África” o “El festín de Babette”, obras que muchos han conocido en el cine, pero sobre todo de “Cuentos de invierno” y muchos otros cuentos que, en palabras de Javier Marías, “constituyen uno de los conjuntos más originales de la literatura del siglo XX”. Aunque fue una gran aventurera, en ella estaba también ese espíritu de “hyggelig”, que se refleja en algunas de sus frases más celebradas, como: “La cura para todo es siempre agua salada, la del sudor, las lágrimas o el mar” o “los tiempos difíciles han ayudado a hacerme comprender mejor lo infinitamente rica y maravillosa que es la vida y que muchas cosas que nos preocupan no tienen la más mínima importancia”. Me quedo, sobre todo, con esta recomendación: “Todas las penas pueden soportarse si se meten en una historia o se cuenta una historia acerca de ellas”.
Esther Bajo
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