Era por Saint―Germain―des―Prés y el sol iluminaba con su optimismo. Las terrazas de los cafés estaban repletas y junto a la iglesia una mujer vendía geranios rojos como labios con carmín. A su lado un chulo engominado camelaba a una joven criada:
―¡Guapa! Vaya dos ojazos que tienes ―y mirándole a esos ojazos azules añadió muy despacito― Tu mirada es el aire vestido de domingo.
La chica le dio airada la espalda y después sonrió.
Los sombreros parían a señores bigotudos y sonrientes que iban y venían por la acera saludándose continuamente con cortesía. Por allí paseando juntos fue que le dijo al hongo la chistera:
―Esté atento, amigo mío, porque hoy vamos a dar un original paseo. Marcharemos observando el mundo de las sombras, estas siamesas nuestras que por la fuerza de la costumbre hemos terminado ignorando.
Y juntos bulevar abajo caminaban sorprendidos de ese nuevo París de dos dimensiones poblado de siluetas locas que parecen tener vida y autonomía propias. Y cada una con un secreto guardado para descubrir. Por suelo y por paredes vieron sombras tumbadas tranquilamente a la bartola, sombras licuándose con otras formando divertidos monstruos de varias cabezas, sombras cobardes escondidas de la luz bajo los muebles… Alzando luego la vista al bulevar se fijaron también en las personas que les daban sentido: un cura que paseaba y cuya sombra más bien parecía su reflejo, el loco de múltiple personalidad cruzando contento la calle con sus tres estampas pegadas a los pies… De aquel hombre que salía del café dijo el hongo:
―Mire, su sombra es más oscura que las del resto.
―Esconderá sin duda su dueño una mala conciencia.― respondió su amigo.
Pasando por una silueta clara y difusa se apiadaron del muchachín apocado e indeciso que la proyectaba y que llevaba rato dudando si deslizar su poemita en el bolso de aquella chica o no. En una terraza sentado un hombre feo fumaba y se consolaba pensando que por lo menos su sombra no había heredado su fealdad. Al paso de una señorona rolliza y su marido intercambiaron ambos una mirada divertida.
―Esa señora debe ser bastante espesa de inteligencia―dijo la chistera.
Y en efecto debía serlo puesto que su sombra, por pesada y contundente, iba dejando limpia a su paso la acera.
En la esquina con el bulevar Saint―Michel se detuvieron los dos amigos y se quitaron ambos el sombrero ante la sombra del entierro de la última vanguardia. Las siluetas de luto de los pintores, artistas y poetas que acompañaban al difunto iban llorando todas de la risa.
Torcieron luego los dos amigos hacia el río y dijo entonces sorprendido el bombín:
―Fíjese allí.
Junto al puente un viejo ciego tocaba tranquilamente el acordeón. Las notas se elevaban por el aire y a sus pies, sobre la negra silueta tendida, en la sombra de sus ojos había luz. Ante el músico pasaron charlando de vedettes un caballero fino junto a un dibujo de Picasso.
Cruzaron el puente chistera y hongo bajo la tarde tranquila y civilizada. Apoyada en la barandilla una pareja se daba un beso más apretado que un retratado y su fondo. El Sena arrastraba también las miradas de los melancólicos que sobre su corriente se posaban.
Ante Nôtre―Dame se detuvieron los dos sombreros.
―¿Se da usted cuenta, amigo mío―concluyó el bombín― de que son las sombras las que al proyectarse sobre París dan la luz?
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