martes, septiembre 1 2026

ADELINA por Beatriz Abad

No hace mucho tiempo que Adelina comenzó a sufrir alucinaciones. Todo comenzó tras el nacimiento de su pequeña Clarisa. Una grave depresión postparto la llevó a confundir el día con la noche, lo real con lo irreal, la vida con la muerte. Se pasaba las noches vagando por las habitaciones de la casa en un constante ir y venir que la dejaba extenuada. Ni siquiera escuchaba el llanto de Clarisa cuando lloraba porque tenía hambre o se había manchado el pañal. Lucas, su marido, con infinita paciencia, salía cada noche a rescatarla de las tinieblas, pero siempre se encontraba con su mujer en un estado agresivo, dispuesta a golpear e insultar. Miles de veces quiso llevarla al médico, confiaba en que si le recetaban tranquilizantes su situación mejoraría, pero Adelina se negaba sistemáticamente. La situación derivó en un estado de locura transitoria incapaz de controlar. Ante el evidente deterioro de su mujer, Lucas no tuvo más opción que abandonar la casa, llevándose a su hija. Solo así podría mantenerla a salvo. Antes de salir hizo una llamada a la clínica psiquiátrica de la ciudad, poniéndole al tanto de los hechos. Poco después llegaron varios hombres al domicilio, redujeron a Adelina con una camisa de fuerza y le administraron varios sedantes. Antes de media hora ya ocupaba la parte trasera de una furgoneta blanca. Con los ojos en blanco hizo el recorrido hasta la clínica. Al llegar, la subieron a una camilla y la trasladaron a una habitación de la planta baja. Una cama pequeña y un armario más pequeño aún era todo el mobiliario de aquella habitación que se convertiría en su hogar durante una larga temporada. Ah, y una cámara en una esquina en el punto más cercano al techo desde la que Adelina estaría controlada las veinticuatro horas del día. Cerraba el círculo una ventana con rejas y vistas a un jardín de rosas y abetos, esa sería su única conexión con el mundo real.

Mientras dormía unas voces se dirigieron a ella dictándole la que debía ser su conducta de ahí en adelante. Así transcurrieron varios meses, tal vez años, sin que ninguna terapia de choque fuera capaz de sacarla de su estado. Cada noche las voces la visitaban y dictaban órdenes que ella se encargaba de cumplir a rajatabla.

Una mañana el comedor apareció con todo el menaje roto y tirado por el suelo, algunas noches visitaba las habitaciones de otros internos y garabateaba frases diabólicas en el armario o en las paredes, uno de los internos amaneció desnudo en su cama y no encontró su ropa, pero nadie sabía quién se dedicaba a llevar a cabo todo eso, las cámaras de vigilancia mostraban a Adelina durmiendo plácidamente, quedando así fuera de toda sospecha.

Después de mucho tiempo su comportamiento parecía que se comenzaba a normalizar hasta el punto de que fue evaluada positivamente por el grupo de psiquiatras. En un breve período de tiempo le darían de alta. Con el informe en la mano regresó de nuevo al mundo exterior. Encontró su casa deshabitada y vacía, su hija y su marido no estaban allí. ¿Cuánto tiempo hacía que no les veía? No podían estar lejos, apenas unas horas antes había estado hablando con ellos. Aún recuerda el llanto de la niña taladrando sus sentidos. Tenía que buscarla y abrazarla. Seguro que tenía hambre. Dio vueltas por la casa sin control, hasta que llegó un momento en el que, desesperada, se dijo a sí misma que no tenía razón alguna para seguir viviendo. Sin pensarlo salió a la terraza de su casa, subió a la barandilla y se lanzó al vacío. En su caída aún pudo escuchar las voces felicitándola porque al fin iban a lograr lo que siempre se habían propuesto. Llevarla con ellas.

 

 


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