martes, septiembre 1 2026

LA PELÍCULA EQUIVOCADA by Raquel Villanueva

Me desperté de la siesta algo desconcertada, como solía pasarme la mayor parte de las veces que decidía pegar una cabezada a horas no habituales. Estaba aburrida, con mi ánimo tocado y, como siempre, con ganas de ti. Había días así, días en los que las miríadas de mariposas que revoloteaban casi incesantemente dentro de mi estómago, se dormían, se amodorraban llenas de nostalgia.

Mi vida se había transformado en una espera continua, de aquella aún desconocía que la vida terminaría siendo siempre eso: una espera de algo, de alguien, o la mayor parte de las veces, de ambas cosas a la vez.  Mi tiempo era por aquel entonces una cuadrícula regida por el horario de tus llamadas. El sonido del teléfono en las noches era como el volteo de «a vuelo» de las campanas, toque festivo y alegre que precedía, en este caso, a la compañía de tu voz desde la distancia. A lo largo del día el reloj pasaba lento, tal como si sus manecillas se hubieran impregnado de melaza pero, en este caso, agridulce. Manecillas traicioneras que terminaban volando en cuanto mi dedo pulsaba la tecla verde de respuesta a tu llamada.

Decidí aquella tarde dejar atrás el sopor del sueño a destiempo. Abrí mi armario con decisión y encontré el traje de las ganas de hacer cosas, me lo puse y comprobé que me sentaba de maravilla, así que decidí irme al cine sola, algo que había pensado muchas veces pero, todas esas veces, ese mismo traje me había hecho daño en sus costuras, o me había quedado demasiado holgado como para decidirme a vestirme con él. De aquella desconocía también que la vida me iría llenando el armario de trajes a medida, principalmente trajes del desencanto, trajes que terminarían sentándome al cuerpo como guantes a la mano, porque se construirían con el tallaje exacto de las experiencias vividas.

Salí a la calle, el día era un cielo azul interminable de horizonte diáfano. Sentí que la luz del sol reverberaba en mi interior despertando de nuevo a las coloridas mariposas. Un avión dibujaba su blanca estela en el cielo, vino a mí el pensamiento tonto e infantil que me asaltaba últimamente, tú pilotabas una avioneta, cruzabas los cielos de  todos los países que nos separaban en un vuelo sin escalas y aterrizabas definitivamente en mi vida. Hoy en día pienso en la inocencia perdida, en la mujer que era yo entonces y que nunca volví a ser. Todo cambia, todo muta, nada permanece, nosotros no somos una excepción, y si regresáramos en algún momento sobre las huellas del tiempo por el deseo de hallar lo perdido, comprenderíamos de inmediato que todo evoluciona, nosotros más que nada, y que lo que fuimos, o lo que fueron los otros, ya no existe más allá que en el recuerdo.

Envuelta como siempre en mis pensamientos, llegué a la sala de cine, deseando sentarme a tu lado sin poder hacerlo. Había elegido una película nada romántica, una película de acción, de aventuras, una película que pudiera darle tregua al deseo insatisfecho de mis sueños.  Sabía que, al menos, durante un par de horas podría abandonar la mar arbolada sobre la que trataba de mantenerme a flote.

Las luces se apagaron, eché un último vistazo al teléfono, por si algún mensaje tuyo hubiera entrado. Un extraño empiece precedió a la película que yo pensaba iba a ver, tan extraño como que me había equivocado de sala. Siempre tan despistada, hoy lo sigo siendo, tanto cambio y es este un rasgo que no me ha abandonado.

Un romántico musical dio comienzo. Y canción a canción fui alejándome de aquella mar arbolada, para contemplar mi vida y nuestra relación desde lo alto de un acantilado. Nota a nota las mariposas fueron dando paso al vértigo, al miedo a perder pie desde aquella altura en la que tus manos, tu boca, tu cuerpo y ahora tu voz en la distancia, me habían llevado. Aquel día, delante de aquella pantalla, con aquella película, con aquellas canciones, lloré. Lloré, sin saber entonces que aquellas serían las primeras lágrimas de todo un océano que habría de llegar, lágrimas que terminarían por borrar a la indecisa, a la tímida, a la apocada mujer que un día fui. Lágrimas que con su goteo, terminarían erosionando mi condición caliza, terminarían por construir a la mujer que escribe, a la mujer que ahora soy.

 


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