(Artículo escrito en enero de 2022)
El pasado mes de octubre llamó mi atención un artículo del conocido premio Nobel de economía Paul Krugman, columnista habitual del New York Times, en el que reflejaba su entusiasmo por la película de ciencia ficción Dune que se acababa de estrenar. Según contaba en el artículo, era la primera película que veía en un cine después del confinamiento de la pandemia y, además, la novela del mismo título en la que se basaba la película de Denis Villeneuve había sido una obra literaria clave de su juventud.
A los pocos días, Alexia Tefel, una valiosa alumna nicaragüense, me dijo que ese fin de semana había ido al estreno de la película Dune en una sala de cine de Pamplona y que le había gustado mucho. Me añadió que, si no leía antes el libro, no entendería realmente la película o al menos no la disfrutaría tanto como ella, pues se trata de una magnífica adaptación de la primera parte de esa saga. Como tenía programada una seria intervención quirúrgica para finales de noviembre a la que seguirían cincuenta días de baja para recuperarme, encargué el libro a través de Abebooks.
A la semana me llegó un hermoso libro de 740 páginas, publicado en 1998 por el Círculo de Lectores. Su autor es Frank Herbert (1920-1986) y se publicó originalmente en 1965. En el prólogo de esta edición castellana el profesor Miquel Barceló —recientemente fallecido— califica a Dune como «una de las más famosas novelas de la ciencia ficción de todos los tiempos, una obra que se empareja con la mítica Fundación de Asimov o las Crónicas marcianas de Bradbury. […] En una encuesta de agosto de 1987 se destacaba a Dune de Herbert como la novela más popular de ciencia ficción de todos los tiempos» (p. 5).
Pues bien, he leído esta novela en la primera semana del nuevo año y puedo decir que me ha gustado. No soy capaz de resumir una compleja historia situada más allá del año 10000, centrada en lo que ocurre en el desértico planeta Arrakis, poblado por los fremen, pero traduzco dos líneas de la descripción de Krugman en el New York Times: «Se trata de una brillante sociedad jerárquica sacudida por la intriga y la guerra, un joven héroe de noble cuna que puede ser el mesías profetizado, una siniestra pero seductora hermandad de brujas, feroces guerreros del desierto y, por supuesto, gusanos gigantes». Y Barceló añade: «Dune ofrece un continuo desfilar de intrigas políticas de ámbito galáctico, poderes paranormales, sectas religiosas femeninas, y una revolución y una cultura (la de los fremen) muy inspirada en la jihad islámica» (p. 7).
Pero a mí lo que me ha impactado no han sido todos esos conflictos, que tantas veces llenan lamentablemente las vidas humanas: odios, violencia, celos, venganza, etc. No. Lo que me ha impresionado es la capacidad de Frank Herbert de diseñar con su imaginación un mundo alternativo. Quizá me impacta más porque tengo poca imaginación, pero en este caso, además, —como señala Krugman— impresionan la sutilidad y riqueza del mundo creado por Herbert, que tan bien queda reflejado en la película de Villeneuve. La película dura dos horas y media y solo abarca la mitad de la novela: la película es mejor que la novela —indica Krugman—, los recursos visuales que emplea sobrepasan con creces su imaginación como lector y los actores confieren a los personajes una profundidad mayor que la que tenían en el libro.
Me han llamado la atención también su riqueza religiosa y a la vez la ausencia de computadoras (o de sus sucesoras) en ese espacio futuro en el que los hombres serán libres porque habrán desarrollado sus mentes por encima de las máquinas: «Hubo un tiempo —explica una vieja mujer en las páginas iniciales cuando adiestra al protagonista— en que los hombres dedicaban su pensamiento a las máquinas, con la esperanza de que ellas les harían libres. Pero esto solo permitió que otros hombres con máquinas les esclavizaran. […] La Gran Revolución nos ha librado de nuestras muletas [las máquinas]. Ha forzado a las mentes humanas a desarrollarse. Fueron fundadas escuelas para adiestrar los talentos humanos» (p. 31).
La enseñanza que saco del libro es que debemos cultivar nuestra imaginación y tratar de compartirla: otro mundo es posible. Se trata de potenciar el talento humano en el que reside la creatividad. Venía a mi memoria aquel grito de mayo del 68 «¡La imaginación al poder!» que contrasta lamentablemente con la observación de cómo la mayor parte de los que mandan en este país —o en tantos otros— no tienen ninguna imaginación o, si la tienen, quizá la han concentrado en tramar sus planes para acceder al poder: no son capaces de ilusionar a sus electores con un mundo mejor.
No pretendo animar a mis lectores a que lean Dune —la ciencia ficción requiere afición— pero sí a que cultiven su imaginación, que es el motor o la palanca de nuestra creatividad. Para vivir una vida creativa hace falta ser capaz de convertir lo ordinario en una aventura en la que disfrutemos. Además, la imaginación —tal como hace Villeneuve en su película— crea espacios de encuentro con los demás, proyectos comunes capaces de ilusionar a otros: por eso leemos novelas y vemos películas.
Nota del Editor:
Dune: Parte Dos (2024)
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