En estos días, los medios de comunicación se han llenado de opiniones, diagnósticos y noticias —muchas de ellas apocalípticas— sobre el desarrollo de la inteligencia artificial. El asunto tiene una complejidad notable y merece la pena que los gobernantes presten atención a lo que dicen los expertos: en su mayor parte, lo que recomiendan es que se establezcan medidas internacionales de seguridad, tal como se hizo en su día con la investigación sobre la bomba atómica.
Dos consideraciones vienen a mi memoria. La primera, la inolvidable escena de la película «2001: Una odisea del espacio» —que pude ver con gran emoción en su estreno en 1968— en la que el comandante Bowman va extrayendo una a una las tarjetas de memoria de HAL —el ordenador de la nave que se había rebelado— hasta desconectarlo. Me parece que siempre podremos hacer eso con las máquinas: desenchufarlas.
La segunda consideración —trivial, por otra parte— es que el peligro realmente no está en la IA, sino en sus dueños y en sus usuarios. Si estos quieren hacer el mal, la IA potenciará enormemente los daños. El problema no está en la IA, sino en las personas que la manejan.
Hay mucho ruido de fondo, pero de lo que se trata realmente —como decía León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas — es de «desarmar la IA» (n. 110). Como me escribe Jacin Luna: «Los algoritmos nunca podrán con los latidos del corazón».
Barcelona, 19 de septiembre de 2026.
Ilustración: Fotograma de «2001: Una odisea del espacio» (1968).
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