Desde que me hallo en este recóndito lugar una foto en blanco y negro preside mi habitación, colocada estratégicamente en el centro de la cómoda. No entiendo la razón. Cada sábado vienen a visitarme unas personas que no conozco de nada y se quedan mirándola. Dicen que son mis hijos, pero no los conozco, aunque no me atrevo a decírselo porque tal vez se enojen conmigo y no vuelvan. En este lugar me encuentro muy sola y un ratito de charla con ellos me agrada y me entretiene. A veces vienen con los niños y ese día me agotan porque no paran de correr a mi alrededor. ¡Abuela, mira lo que he crecido! ¡abuela, se me ha caído un diente y el ratoncito Pérez me ha dejado un regalo bajo la almohada! ¡abuela, Pedrito me hace rabiar mucho! —dice una niña rubia con tirabuzones rubios cayendo por su frente. Reconozco que son una delicia, pero no sé quiénes son. Yo me callo y sonrío. El paseo por los jardines de este lugar es más triste cuando ellos no están.
Pues dicen mis hijos que la de foto soy yo, cuando tenía unos dieciséis años, y que estoy de espalda porque me daba mucha vergüenza que se me viera el rostro. Según cuentan, a esa edad tenía ganas de comerme el mundo, solo aspiraba a bailar sobre un tablao flamenco, pero una fea cicatriz surcaba mi mejilla derecha hasta descansar en la comisura de los labios. Y eso me frenaba. Yo no sé, pero miro la foto con frecuencia y creo que me están engañando. No me acuerdo de nada, tampoco de que me gustara bailar. ¡Qué mona estaba con ese mantón de Manila lleno de flores bordadas y un clavel en el pelo, sujeto a mi melena! ¡Mamá, de mayor quiero parecerme a ella!
Esa cicatriz… ¿será como la que cubre mi rostro? A veces me miro en el espejo y veo una fea marca disimulada entre las arrugas de la vejez. Sé quién me la hizo y por qué, pero, ¡le quiero tanto!
Manuel, ¿por qué no me llevas a dar una vuelta en tu moto? Ya te perdoné el dolor que me provocaste en la cara con la navaja por culpa de esos celos que sientes cada vez que me ves hablando con algún chico del barrio. ¡Desde hoy solo tendré ojos para ti! ¡Anda, Manuel, no seas rencoroso y ven a buscarme!
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