Ningún día es igual frente al mar, aunque sea el mismo lugar, la dársena de la marina con sus bellos veleros.

La luz cambia en el cielo y lo hace también el mar con sus reflejos.

Junto al Castillo de San Antón un remanso de paz, un color y el vaivén sereno de la marea que parece acunar las pequeñas lanchas.

Sentado en las rocas del Castillo de San Antón, miro y siento que todo está en calma. Bajo el cielo cambiante, la torre de control marítimo y el mar como un plato acariciando la piel de cada embarcación.
@Carlos Cubeiro
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