Estimado Javier,
Empujado por su adaptación televisiva y por mi ignorancia casi virginal respecto de tu obra, Anatomía de un instante es el primer libro tuyo que me echo a los ojos. Sospecho que tu talento natural no está en la ficción, sino en ese territorio intermedio donde el periodismo se pone corbata y pide que lo llamen literatura. Lo que comparece en estas páginas no es tanto el narrador como el fiscal: un hombre empeñado en exponer, ordenar, demostrar, insistir. Narrar, lo que se dice narrar, bastante menos.
Y eso, Javier, se nota desde el principio. Te lanzas a un prólogo tan largo y justificativo que uno no sabe si va a leer un libro o asistir a la comparecencia de su autor para explicar por qué el libro existe. Cada vez desconfío más de las obras que llegan con manual de instrucciones, casco y chaleco reflectante. Javier, déjame entrar al texto sin ujieres, sin advertencias y sin tanta pedagogía previa. Ya somos mayores para perdernos solos. Una vez dentro, sin embargo, hay que concederte algo importante: el artefacto engancha. Tiene algo magnético esa operación de volver sobre un episodio que el país cree conocer, no para contarlo otra vez, sino para desmontar la tramoya. Ahí Anatomía de un instante se vuelve incisivo. No tanto porque revele secretos inauditos, sino porque reorganiza los gestos, las lealtades, las cobardías y las vanidades hasta dejar el decorado de la Transición con las costuras al aire.
Tu retrato del emérito, por ejemplo, no es el del monarca providencial que acudió a salvar a la democracia en bata y pantuflas, sino el de una figura bastante más turbia. Quizá no lo hayas querido narrar así, pero la lógica del relato empuja a ver que el Rey es un pintamonas con corona que jugó con materiales inflamables y terminó compareciendo con el disfraz del jefe de bomberos. También está Suárez, a quien presentas no como héroe de bronce, sino como criatura política usada por muchos y comprendida por pocos, un hombre útil mientras obedecía el guion y peligrosamente incómodo en cuanto quiso escribir una línea propia. La lección, bastante española por lo demás, es impecable: al títere se le tolera mientras acepta los hilos; cuando pretende moverse por su cuenta, el único acomodo posible es el cajón del olvido. Y luego comparece Carrillo, y con él ese gran teatro nacional en el que los antagonistas se necesitan más de lo que se soportan. El pacto entre Suárez y Carrillo para la legalización del Partido Comunista, y la lealtad heredada del secretario general, sirve para recordar que la política rara vez es épica; casi siempre es escenografía, cálculo y administración del gesto.
Ahora bien, donde el mecanismo empieza a chirriar es en tu incapacidad para renunciar a la tesis. No te basta con sugerir, necesitas remachar. No te basta con mostrar, necesitas glosar. No te basta con confiar en la inteligencia del lector, quieres dejarle el pensamiento pelado, troceado y listo para el consumo. Y así el libro incurre en un pecado que en un ensayo ambicioso resulta particularmente fastidioso: se repite con la devoción de una letanía. Las mismas biografías vuelven, las mismas intuiciones regresan, las mismas conclusiones comparecen una y otra vez con disfraz distinto y el mismo fondo de armario. Da la impresión de que no terminas de fiarte ni de tu material ni de nosotros. Como si sospecharas que, si no repites cuatro veces la misma idea, el lector medio pudiera extraviarse en mitad del argumento y salir del libro sin haber entendido su importancia histórica.
Hacia el final expones que ese vodevil de tricornios, ese fallido golpe de Estado, fue en realidad la forma de madurar la democracia española y cerrar por fin el capítulo de la Guerra Civil. Te compro la poesía sociológica. Pero a mí me gusta pensar en términos más de fontanería histórica: cuando en la alcantarilla fluye demasiado lodo, acaba inevitablemente por salir a la calle. El problema de nuestra democracia no es que no haya conocido ese lodo, sino que empieza a olvidar su olor. Y mucho me temo, estimado Javier, que el día que pidamos a la Inteligencia Artificial que nos ayude a identificar la peste, ya será demasiado tarde.
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.