UN PUÑETAZO EN LA MESA by Beatriz Abad

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Un puñetazo en la mesa, que en ningún momento pretendía ser violento, puso punto final a una relación que hacía mucho tiempo había dejado de serlo. Fuimos felices, muy felices, sin embargo, desde meses atrás algo se había roto en nuestras vidas que no fuimos capaces de recomponer. Tampoco lo pretendíamos. No supimos en qué momento se transformaron nuestras rutinas para dejar de serlo, sencillamente, ninguno quería ser el primero en dar el paso, dejando que fuera el azar quien tomara la decisión por nosotros.

Nos acomodamos a una vida anodina, falta de entusiasmo, de ilusiones, de placeres remotos. Dejamos de salir a cenar, a bailar, a la playa, dejamos de lado todo cuanto nos había unido en el pasado y nos había hecho felices. Porque de lo que no tengo duda es de que en algún momento de nuestras vidas fuimos felices. Fueron años maravillosos, no me importa reconocerlo aun a riesgo de parecer un poco ñoña. Habíamos cumplido sobradamente con los cánones marcados por la sociedad. Era lo que tocaba.

Pero hasta el tiempo se cansó de nuestras indecisiones y, demostrándonos una cobardía mal entendida, inició un recorrido que nunca fuimos capaces de imaginar. Nos vimos, de pronto, como dos extraños, compartiendo una casa que hacía mucho que había dejado de ser un hogar, unos hijos que habían volado del nido, unos padres a los que solo llevábamos flores el 1 de noviembre…

Hasta que sucedió lo inevitable. El cansancio mental dio paso a nuevas experiencias aun por explorar, dejamos de preguntarnos cómo estábamos, aunque la respuesta hubiera sido sencilla: aburridos.

De pronto, los cafés de media tarde comenzaron a tener un sabor diferente, los atardeceres se tornaron brillantes, los paseos a la luz de la luna resultaron imprescindibles. El pelo revuelto en cada amanecer sacudió mi pasividad mostrando un nuevo recorrido que ya no tenía marcha atrás.

Salí de casa dando un portazo, que en ningún momento pretendió serlo. Ligera de equipaje, me alejé sin mirar atrás. Pasaron muchas horas antes de que mi teléfono comenzara a sonar de forma pertinaz y machacona, un teléfono que no estaba dispuesta a descolgar.


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