Van Gogh perteneció a un movimiento pictórico conocido como postimpresionismo, el cual viene de la anterior categoría pictórica, llamada impresionismo. Esta, fue acunada así alrededor de 1850 por pintores como Monet, Degas, Renoir y Pissarro en la Exposición de La Galería Nadar en 1847 cuando sus obras resultaron desafiantes a las normas de la academia clásica: abandonando los temas mitológicos, pastorales o religiosos, buscaban la inspiración en lo cotidiano, cuyo primer objetivo era captar las impresiones de los objetos tal y como el ojo los percibe en un primer instante, sin prestar atención a los detalles y minimalismos de sus antecesores. De esta manera se puso al aire el movimiento plein air, en el que los pintores salían al aire libre a pintar para captar estas impresiones.
Es en la época de Van Gogh, cuando ciertos autores encuentran algunos hándicaps en la tendencia impresionista y optan por usar de nuevo el delineado, colores más contrastantes entre sí, más profundidad entre sombras y luces y haciendo del color el elemento principal de toda la obra, siendo este más un canalizador de la impresión del mundo desde el interior de uno mismo y no tanto desde
lo que capta la vista. De esta manera, el postimpresionismo no pretendía manifestarse en manera de antítesis al impresionismo, sino como una forma de superarlo en cuanto a placer estético; el
camino de lo cotidiano de los impresionistas, era la vía para llegar hasta el subconsciente del espectador, incluso alcanzando una percepción algo naíf, más auténtica, más entusiasta.
Enraizándose con las tendencias artísticas de otras artes, a los postimpresionistas les empezó a llamar la atención el concepto de la sinestesia (el cual aún no tenía ni nombre), tratando de, con sus obras, alcanzar al mismo placer y efectos que la música.
La “creación” de una experiencia sensitiva alcanzada por el sonido bajo la expectación de una experiencia visual por los colores de manera simultánea, idearía las primeras hipótesis fundamentadas de que existía un concepto capaz de definir este cómputo sinérgico, al cual, Van Gogh, como llevamos viendo, estaría muy vinculado, sin pretenderlo, sino de manera innata.
A pesar de que sus contemporáneos tratarían de perseguir los motivos de Van Gogh a nivel de conexión entre música y pintura, los verdaderos intereses de Van Gogh venían desde un motivo más sentido, más espiritual, más desde el interior, más para algo consigo mismo que para conseguir de los demás. La exacerbada perceptibilidad de Vincent le hacía tan único que obtenía cierta ventaja sobre el resto de sus compañeros.
Él nunca quiso “pintar música”, para él, “pintar” era como hacer música. Y en esta pintura musical, nuestro querido pintor encontraría dos elementos clave, imprescindibles, determinantes y característicos que lo acompañarían en muchas de sus grandes producciones y que serían uno de los ejes por los que se entendería el arte a través de sus ojos.
Cap. 4 próximamente…
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