El hombre es bajo y corpulento, de cuarenta y tres años de edad y con un lunar en la mejilla derecha. Ocupa el asiento trasero del taxi y cada movimiento que realiza le corta la respiración. Se afloja el nudo de la corbata y sus ojos se cruzan con los de Él a través del retrovisor. Al hombre se le escapa un sollozo y se cubre el rostro con ambas manos.
—¿Entiende lo que está pasando? —dice Él.
—Creo que sí.
—Póngase el cinturón por favor.
—¿Y qué importa eso? —Pero obedece porque lleva toda la vida cumpliendo los deseos de los demás —. Esto no puede estar pasando. Es imposible. ¡Imposible!
Él guarda un silencio profesional y se incorpora al tráfico con suavidad. Lleva la radio apagada porque entiende que el hombre necesita tiempo para asimilarlo todo. Le estudia desde el espejo retrovisor y lo ve soñar con la vida que sucede al otro lado de la ventanilla, arrepintiéndose, sin duda, de todas las primaveras que ha perdido.
—¿Y ahora qué será de todo? —dice el hombre.
—Todo seguirá igual —dice Él —. Nada ha cambiado. Solo usted.
—Pero es imposible que todo siga siendo lo mismo. Yo… Yo ya no estoy ahí y me quedan tantas cosas por hacer… —Llora en silencio y Él lo agradece. Son más difíciles de controlar los que gritan y golpean el interior del taxi porque creen no merecerse esto.
Encuentran todos los semáforos en verde y el hombre los ve pasar con tristeza. El taxímetro marca uno y Él conduce en dirección a la costa.
—Mi mujer —dice el hombre —. Podría decirla que…
—No. Tuvo su tiempo y su oportunidad. Lo que no haya dicho permanecerá callado para siempre.
—Pero es que la vida ha pasado tan deprisa…
—Cuarenta y tres años es mucho tiempo. Si calcula su número de días le sorprenderá el resultado.
El hombre enmudece y continúa llorando. A Él le da lástima, por supuesto que sí. Pero debe mantenerse firme y dejar claras las reglas que todos conocen desde el principio. Guía al taxi hacia la derecha, a través del puente. La niebla sube del mar y les rodea. Él enciende las luces y la bruma puntúa de humedad los cristales.
—Es curioso, pero no me siento mal —dice el hombre —. Solo tengo tristeza.
—Es lo normal —dice Él —. Pero acabará pasando. —El hombre mantiene la mirada fija en la franja de tierra que aparece al otro extremo del puente, entre la bruma.
—¿Es allí? —dice.
—Aquello solo es un pedazo.
—Parece hermoso.
Él frena al salir del puente y aparca entre los matojos, cerca de la orilla del mar.
—Bueno —dice el hombre. Y la palabra es un suspiro ahogado. Se seca las lágrimas y le ofrece una mano. Él se la estrecha antes de salir del taxi. El aire está quieto y se oye el rumor de las olas al rozar la playa. El hombre se baja del taxi y mira a su alrededor. Está pálido y se aprieta el nudo de la corbata. Entre la niebla empieza a formarse una sombra, una silueta que avanza hacia ellos. Pero el hombre todavía no la ha visto.
—¿Y ahora? —dice el hombre.
—Una moneda de oro —dice Él. Y el hombre, como todos, no le entiende —. El trayecto vale una moneda de oro.
—No tengo…
—Mire en el bolso derecho del pantalón.
El hombre obedece y saca una moneda de oro. La hace girar entre los dedos con fascinación y asombro. La silueta se ha acercado tanto a ellos que Él distingue que se trata de una mujer.
—Gracias —dice Él. Coge la moneda y entra en el taxi. El hombre da un paso hacia Él porque sabe que es lo único que le ancla a la vida. Y al hacerlo descubre la silueta que camina hacia él.
—¿Mamá? —dice. Y Él cierra la puerta del taxi con delicadeza. Mete primera y regresa a la otra orilla. El hombre se pierde en la distancia, cobijado en los brazos de su madre. Él enciende la radio y sigue el estribillo de Don´t Cry. Pone el taxímetro a cero y ya está preparado para ir en busca del nuevo cliente.
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