Fausto, el hijo de un amigo muerto, me contó la historia de las cartas secretas de su padre, halladas al azar en el fondo de un ropero que había visto morir a cuatro generaciones. El ropero tenía en el centro un espejo con la forma inequívoca de una luna ardiente, que reflejaba todavía los miles de rostros que lo habían visitado, incitados por esa antigua tradición humana, la vanidad de los hombres.
Otro amigo en común del muerto, Neco, el alquimista, me confesó con cierto temor a que lo tome por loco, que la noche que todo ocurrió soñó que el muerto le hablaba sin saber que se estaba muriendo en realidad, y al despertar se enteró de la noticia aciaga y tardía que nunca hubiera querido escuchar.
Ahora los dos, Fausto, el hijo del muerto y yo somos presos del mismo secreto que nunca podremos revelar, del que jamás podremos escapar y se enquistara lentamente en nuestras vidas como un reloj blanco, huérfano de números y agujas, que nos cubre con un manto invisible para protegernos del tedio y el desamparo.
Pero entre las miles de cartas que dormían el sueño eterno del olvido, hubo una escrita por mi que sobrevivió al encierro oculto de los cajones secretos con pretensiones sobradas de inmortalidad y que Fausto, el hijo del muerto, me leyó lentamente para que podamos sentir el poder sobrenatural del silencio que nos acosaba y nos había puesto contra la pared, como tantas veces había estado su padre en el mismo lugar.
Hablaba de una isla lejana, remota para esos tiempos, olvidada casi por los caprichos de la geografía, adónde sólo llegaban los héroes exhaustos de las pasiones, los que hicieron levitar romances locos a las mujeres con flechas tan certeras que una vez incrustadas en los corazones solo podrían sangrar felicidad y temor.
Pero solo una de esas flechas poseía el veneno del amor, ese amor tan profundo como salvaje, tan sobrenatural, que sabe emocionar y electrizar la piel del miedo que sean posibles.
Y la voz de Fausto, el hijo del muerto, que se quiebra cuando mis palabras se hacen lágrimas de sal en los ojos del recuerdo y así fuimos viajando sobre la flecha para conquistar viejos misterios de la distancia y recordar que no existe en el mundo fuerza que pueda derrotar el enigma del deseo ni mujer que pueda resistirlo y la flecha seguirá su vuelo y no habrá magia ni destino, solo la emoción de un guerrero valiente del otro lado y una mujer de luz, temblando en el espejo del río.
@Jesús María Cello.
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