Llevaba horas observándola. Con deseo. Mientras el sol caía a plomo y fuego sobre sus cabezas. No podía apartar sus ojos de ella. Lucía hermosa, fragante, deseable entre todas las demás. Se deleitaba imaginando sus labios y su lengua sobre aquella piel tersa y dorada.
Tras varias horas conteniendo su deseo, se abrió paso hacia ella y la tomó entre sus manos. Absorbió su aroma, la acarició y con deleite clavó sus dientes en su piel. Y en la boca le explotó un refrescante sabor a manzana prieta.
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