Mi maldita e ilegible letra está por todas partes. La que decían que no se podía entender, la que me salvaba de prestar mis apuntes a los gorrones que se saltaban las clases, cubre las paredes de todo el edificio.
Parece una línea de castigo repetida, un rezo, una salmodia que acaba por encogerse en las esquinas más inaccesibles. Es un aullido de sílabas que rellena las vigas y los techos. Está en el suelo, en el interior de los armarios, sobre la superficie de las estanterías. Recubre todo el espacio disponible.
Mi maldita e ilegible letra, que comparaban con la grafía de la futura médico que nunca fui, pinta la cara de los espejos, una pizarra que he encontrado y la redondez de varios bidones y cubos de basura. Por fin las combinaciones de letras que aspiraban a imitar a los jeroglíficos se explayan a placer, sin que nadie las critique y se tengan que corregir. Se agigantan, se reducen a letras nerviosas que quieren llamar la atención como si fueran palmas de manos, que alzadas se agitan y piden ayuda. No importa que no se entiendan, no importa si falta un acento o un signo de exclamación la ausencia de correctores me han convertido en el sumo representante de la real academia de la lengua.
Recuerdo que en las pantallas las letras eran todas iguales. Su tamaño, grosor, el subrayado definido y claro. La tipografía se bautizaba con nombres como calibri, arial, times new roman que encerraban una letra limpia, evidente, transparente y sin matices. La familia Helvética se impuso como una suerte de cadena montañosa que había que escalar y conquistar hasta que descubrí realmente a lo que se refería y que se había registrado como una propiedad caligráfica en Suiza.
Los espacios entre los renglones eran equilibrados y rectos. Sin tachones, a no ser que se quisieran ver, las idas y venidas de los comentarios y correcciones, con el control de cambios. Los huecos eran ausencias gemelas, totalmente armónicos, en la estructura y forma definidos dentro del esquema de la introducción, el nudo y el desenlace.
Por no hablar de la religión impuesta a través de los márgenes, el interlineado y la sangría francesa, necesaria para empezar un texto bien educado. La numeración al pie fue el controlador de los saltos de página para mantenerlos todos dentro de un orden creciente pero siempre hacia el infinito. Cada párrafo, y conjunto de párrafos, quedaban bien enmarcados, el cambio de capítulo se diferenciaba con un título en negrita sin olvidar los índices y glosarios, los sacerdotes salvíficos que terminaban de poner en orden los temas desarrollados.
Miles y miles de folios digitales, guardados en cajas fuertes del tamaño de una uña llamados memorias. Una broma de mal gusto dadas las circunstancias. Ahora son sólidos fragmentos de Alzheimer porque no hay nada que rescate sus recuerdos. En los momentos de mayor desgana los miro a contraluz antes de aburrirme y guardarlas por si acaso algún día se les pueda sonsacar algo. Se han convertido en las cajas negras de un mundo ruidoso que se ha quedado brutalmente mudo.
¿Y adonde me lleva esto? ¿Qué espero, qué hago? Y con una extraña seguridad insisto con mi maldita e ilegible letra, perturbando versos con colores y escribiendo mayúsculas que caen en picado de los muros y columnas de la antigua autopista. He dejado un mensaje, por si alguien viene, en la lona que cruza el puente, la publicidad previa se ha borrado, como tantos otros, dejando a mi voluntad que añada lo que quiera a aquellos carteles de anuncios, paneles informativos y marquesinas de autobuses abandonados. Es una llamada, un aviso de que todavía queda alguien, con la dirección indicada por si tiene la necesidad de buscarme y encontrar compañía.
Lejos, muy lejos quedan los cuadernos Rubio, las correcciones de niña por escribir las primeras vocales al revés. Ahora podría volver a las viejas andanzas o podría imitar efes y eles alargadas, simular las maneras de un escribiente pulcro y elegante. Tengo mucho tiempo para practicar, una paleta en la que mezclar botes de pintura, combinaciones primarias para encontrar un tono nunca hallado en el pantone del Word pero me falta la voluntad de mejora. Simplemente quiero escribir por todas partes. Dejar mensajes para que catalejos ajenos puedan ver que algo se está moviendo todavía por aquí abajo.
Los cuadernos que colecciono y ocupan el espacio del portal y las escaleras que suben a los pisos de arriba, se han quedado como sueños pequeños para mis ansias. Siguen acumulándose, sin embargo, copio libros de recetas, me imagino algunas nuevas, antes de obsesionarme con otro tema, el volumen cinco de un curso de puericultura, y mezclar la transcripción con la inventiva. Son ya tantas las columnas que he creado un templo dentro de otro templo. Con los paquetes de folios hice revivir temporalmente una máquina Olivetti abandonada en una oficina, pero ahora no queda ni siquiera tinta para seguir usándola. Es el esqueleto de un animal a punto de morir de inanición, con varillas metálicas con una t, una a, una p, una s que quieren estampar su marca, aunque su saliva no se lo permita.
Pero no vayamos a caer en la desesperación, mi reducto conquistado es minúsculo y aún quedan muchos edificios disponibles por los que expandirme y explorar su contenido y continente. La manzana, el barrio, la ciudad entera con su extrarradio disponible en altura y garajes subterráneos. Me quedan parques, bancos, farolas, una torre, puertas y escaparates para ser escritos. Aún queda mucho mapa en blanco para seguir escribiendo con mi maldita e ilegible letra, aunque sólo yo la entienda.
Anabel
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