El juicio
—¿Podría sentarse por favor? —dice el Hombre.
Raúl ocupa la única silla que hay en la estancia. Cruza las piernas y golpea por accidente el cable del teléfono que cuelga de la mesa.
—No se preocupe por eso —dice el Hombre —. Según su historial ha llevado una vida dentro de lo habitual, sin riesgos excesivos ni demasiados sobresaltos. Es católico practicante, lo que juega a su favor, y ha intentado ser justo dentro de sus posibilidades. Estuvo casado en una ocasión, sufrió con el divorcio y nunca tuvo hijos.
—Por eso mismo nos separamos.
—Lo sé. Ha practicado deporte con regularidad, ha respetado los límites de velocidad y pagado sus impuestos. Ha cometido errores, por supuesto que sí, pero son faltas tan leves que no se le tendrán en cuenta. Salvo el de aquella joven. ¿Recuerda su nombre?
—La verdad es que no sé de qué me está hablando.
—Eva Corzo. ¿Sabe de lo que le hablo ahora?
El nombre trae hasta Raúl el recuerdo de una muchacha de ojos grandes, asustadizos y tan tímidos que no podían mirarle a la cara. Era menuda y siempre apretaba una carpeta gris contra el pecho.
—Ahora la recuerdo. Estuve… Bueno, creo que estuve enamorado de ella.
—Alabo su sinceridad, pero lo cierto es que fue ella la que estuvo enamorada de usted. Le amó y usted la despreció porque comprendió que no la quería. Pero no se inquiete, no se le está juzgando por eso. Actos así ocurren todos los días. Nadie está obligado a corresponder a ningún tipo de sentimiento. Son a causa de sus burlas por lo que se le juzga aquí.
—¿Mis burlas? No entiendo lo que quiere decir.
—Usted se burló de Eva Corzo en numerosas ocasiones. Y cito sus propias palabras: Eva, ¿cómo voy a enamorarme de alguien como tú? ¿Lo recuerda ahora? ¿Recuerda esas palabras y el momento en que las dijo?
—La verdad es que no.
—Es comprensible haberlas olvidado. Han pasado demasiados años. Pero no por eso el pecado deja de existir. Las palabras parecen aire, pero no se desvanecen. Y cuando duelen no se olvidan. ¿Por qué se cree merecedor de entrar ahí? —Señala la puerta azul que hay tras Él.
Raúl medita sus palabras porque entiende que la respuesta es crucial. Tampoco puede dejar de observar las otras dos puertas: la blanca a la izquierda de la azul y la roja a su derecha.
—Creo haber llevado una vida recta y respetable —dice —. Igual demasiado gris y aburrida, pero he intentado ser fiel a Sus valores y enseñanzas. He hecho obras de caridad, ido a misa y rezado. He respetado a los animales, a mi familia y a cualquier ser humano. —Hace una pausa —. No sé qué más añadir.
—De nuevo alabo su sinceridad. Pero se le juzga por sus actos, no por sus palabras. —Descuelga el teléfono y marca un número que Raúl no puede ver —. Haz pasar a Eva por favor.
La puerta blanca se abre con delicadeza y Raúl percibe un aroma que le arrastra hacia sus días de instituto y juventud. Es el perfume de Eva, denso, pastoso y más popular que ella porque era la colonia más barata del mercado.
—Hola Raúl —dice Eva. Cierra la puerta a sus espaldas y se sitúa entre Raúl y la mesa.
—Hola Eva —dice Raúl. Eva no ha envejecido nada y continúa siendo la adolescente que él conoció. Viste el mismo tipo de ropa desgastada por el uso y su pelo está tan grasiento que parece húmedo.
—He tomado la decisión de que sea ella quien le juzgue. ¿Le incomoda eso?
—Supongo que no tengo elección.
—Me temo que no la tiene.
Eva mira a Raúl con la timidez y el miedo de siempre. Y aunque no se refugia detrás de la carpeta gris mantiene los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Qué pasó con Sara? —dice Eva.
—¿Cómo?
—Sara, la chica con la que te fuiste después de lo nuestro.
Raúl se mueve en el asiento. Lo nuestro suena demasiado íntimo, demasiado intenso, y él no recuerda algo así.
—Nos casamos —dice —. Pero hace un año que nos hemos divorciado. Ella quería tener hijos y yo no.
—¿Y por qué no querías tener hijos?
—No lo sé. —Pero sí que lo sabe.
—Raúl, le ruego que mantenga la misma sinceridad que ha demostrado hasta ahora.
—Un día entendí que Sara no era la mujer de mi vida. Fui incapaz de ver un futuro con ella y mucho menos teniendo hijos. No sé cómo pasó y me resulta difícil explicarlo.
—Creo que te entiendo —dice Eva —. ¿Sufriste con la separación?
—Obvio. Llevábamos veinte años juntos.
—Exactamente diecinueve años, seis meses y siete días —dice Eva —. ¿Te preguntaste alguna vez qué fue de mí? ¿Pensaste en mí durante todo ese tiempo?
—No Eva. Ni siquiera te recordaba.
—Me suicidé Raúl. Durante las vacaciones de verano, mientras que todos estabais en la playa o en el río me tomé unas cuantas pastillas de más. —Le guiña un ojo como si estuviera compartiendo un chiste.
Raúl no sabe qué decir.
—¿No tiene nada que decir?
—Que lo lamento mucho. Eras buena chica y no merecías algo así.
—No puedes saber si lo era o no Raúl. Estuvimos saliendo durante dos días y es imposible haberme conocido tan bien en ese tiempo. Pero yo te amaba Raúl. Te amaba como si fueses el centro de mi mundo porque me hiciste ser la mujer que nunca fui capaz de ser. Me hiciste real.
Raúl guarda silencio.
—No te culpo por dejarme —dice Eva —. En realidad no te culpo de nada. Es difícil amar a quien no te ama. Tus palabras fueron duras y me hicieron daño porque es horrible sentirse despreciada por la persona que amas. Eso te destruye desde dentro.
—Lo siento mucho Eva. Lo que menos quise fue hacerte daño.
—Lo sé. No me querías. ¿Cómo puedo culparte de algo así? Yo te amaba y aún te amo Raúl. —Da un paso hacia Raúl y él se encoge en la silla —. Por eso te perdono. Perdono todo el daño que me hiciste y deseo que estés a mi lado para toda la eternidad.
—¿Está segura de eso?
—Lo estoy.
—Raúl ¿tiene algo que añadir?
Raúl supone que es imposible que Eva ocupe la puerta roja. Tiene que estar al otro lado de la azul porque es a donde van las personas buenas.
—No —dice Raúl.
—Entonces no me queda más que dictar sentencia: Raúl, pasará toda su eternidad junto a Eva Corzo detrás de la puerta roja.
Raúl se levanta con tanta brusquedad que empuja la silla hacia atrás.
—¡Es…! —Pero la risa de Eva le interrumpe.
—¿Qué es lo que sabías de mí Raúl? —dice —. No me conocías en absoluto. Nadie en el instituto lo hacía. Solo veíais a la pobre chica solitaria, al bicho raro.
—Eva Corzo fue juzgada y condenada el día de su muerte no por suicidarse, sino por los crímenes que cometió en vida.
—Aquellos niños que desaparecían Raúl. ¿Tampoco les recuerdas? Las noticias hablaban de ellos y la gente pegaba sus fotos en las farolas. ¿De verdad que no los recuerdas?
Niños perdidos, recomendaciones de no ir con desconocidos colgando del tablón de anuncios del instituto, carteles anunciando la desaparición de niños y niñas…
—Era una necesidad matarlos —dice Eva —. Me hacían sentir que existía, me convertían en alguien vivo y real. Me hacían sentir lo mismo que sentía a tu lado.
—Raúl, tenga la amabilidad de acompañar a Eva Corzo al que será su nuevo hogar.
Raúl grita y huye de Eva. Tropieza con la silla y rueda por el suelo. Eva se inclina sobre él con ojos afligidos.
—Seremos muy felices Raúl —dice —. Me besarás y haremos el amor para siempre. Para siempre. —La puerta roja se abre y el calor de las llamas les quiebra la piel.
FIN.
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