Volverás a mirar desde las cenizas los rescoldos
de una evaporación flamígera del empecinado error de tu vida.
Buscas con la sonrisa forzada cauterizar la herida que causó la muerte,
de la ausencia que corroe los días de niebla
que juguetean con las ventanas que cerraste
para no permitir que el dolor escapase de tus entrañas.
Caminas con pasos que no marcan huellas en este barro.
Eres la sombra que no tiene cuerpo que la proyecte,
fantasma por el que claman los retoños de primavera,
el tronco que sustenta las vigas del presente
y la tela de araña que teje la falta de lucidez.
Son solícitos los trinos de las pequeñas aves
en la inocencia de haber mamado de tus senos.
Es un clamor el sordo ruido que reivindica que despiertes,
no hay días suficientes para ser vividos con festejo
ni lágrimas válidas para resucitar a los ángeles tras la hégira.
Toma la sangre del que asciende silente las montañas
sin permitir a la queja tener onomástica.
Apoya la debilidad de la noche de desvelo
en las alas de los antepasados guerreros que lucharon por las raíces.
Si la existencia es penumbra con garras
pon farolillos que desgasten el resentimiento inconforme
como cera derretida de una vela insomne.
Merece la pena ser fruta jugosa
que sacie el rosario que amanece
con pertinaz presencia de lunas de sueños e ilusiones por cumplir.
Cuando la pesadilla te cubra como sábana de coraza pétrea,
mírate al espejo, él será el único… al que no podrás negarte.
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