Ceguera por Ángela de la Fuente

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– Ya no deberías estar aquí. Hace meses, semanas, días, que deberías haber desparecido de aquí. No sé con qué derecho te crees que puedes seguir aquí.

Hablaba con tanta frialdad que se me hacía hasta cortante el sonido de cada “s” en lo más hondo de mis oídos. No entendía cómo se creía con el derecho de hablarme así. Yo había sido lo más importante de su vida. Lo único por lo que ella, sin realmente percatarse o querer admitirlo, peleaba sin descanso por mantener a su lado.

– ¿Tienes idea de a dónde irás? – preguntó, a lo que yo respondí que no con la cabeza – Me lo suponía, ¿quién demonios te va a aguantar a ti? Mientras tú con suerte encuentras una manera de subsistir, yo estaré envuelta en nubes de algodón y amor… ¡Pobre de ti!

Era irónico que ella me dijera que iba a estar rodeada de amor y compasión. Creo que no era consciente de que todo el amor que creía respirar, la estaba envenenando por dentro. Yo sabía perfectamente que eso no le convenía. Y sabía que no iba a escucharme, sobre todo si él también escuchaba… Pero aún así no dejé de luchar.

– La vida no te ha tratado bien, no ha sido justo y no ha sido merecido. Pero ahora que crees que está todo bien, ¿por qué sientes que necesitas vengarte de mí? ¿Por qué me estás castigando? ¿Me desprecias tantísimo como para abandonarme?

– Me pregunté, más que en términos de tristeza, en términos de duda.

– No es que te desprecie – hizo una pausa, cogió aire y lo contuvo unos segundos

– Es que ya no me haces falta. Hubo un momento en el que no éramos felices, pero nos dábamos calor, y eso es lo que me mantenía a salvo. No es que no te lo agradezca, pero es que ya no necesito que estés aquí. Para mí ya eres un lastre. No quiero reconocer que alguna vez estuviste.

La manera tan vil que tenía de decirme que “no quería reconocer que yo alguna vez estuve” me hizo caer en la cuenta de que ella no era la que hablaba. Esas palabras las habían puesto en su boca. Eran sus dientes, labios, lengua y boca quienes la configuraban, pero la raíz de su pronunciación emanaba desde otro bosque. No la culpaba por las cosas que me estaba diciendo, lo que no quitara que me hiciesen daño.

Yo no pretendía que cargara conmigo como si fuese una mochila de piedras. De hecho, es que lo único que tenía que hacer, era aceptar que formaba parte de ella, sin tener que llevarme a cuestas. Se había empeñado en separarnos y en llevarme a rastras consigo, en vez de afirmarme y reconocerme para que fuera yo misma la que caminase de la mano a su lado.

– Creo que no eres consciente de lo que estás diciendo. Creo que no te estás escuchando bien – pese a que seguía sin culparla por todo esto, ya no lo aguantaba más.  Tenía que decírselo.

–Te he visto llorar desconsoladamente tantas veces que hace años que perdí la cuenta. ¿Quién estaba ahí? Te he visto rogar amor a más de una persona. ¿A por quién volvías, al final? Te he visto incluso escondida debajo del escritorio movida por el miedo y la ansiedad. ¿Quién se hacía un ovillo para acompañarte? Dime, ¿¡quién?! ¿Acaso estaba él? ¿¡Acaso estuvo alguna vez en todo este tiempo desde que apareció?! ¡Responde! Cuando se hizo el silencio, me di cuenta de que bajo la expresión triste de su rostro había un subtono emocional de reconocimiento. Las lágrimas empezaron a brotar
de sus ojos, y como si estas tuvieran color, me parecieron casi hechas de sangre. Algo dentro de ella se había roto.

– No lo entiendes… – balbuceó – yo no quiero que las cosas sean así.

– Aproveché ese momento de vulnerabilidad para acercarme más a ella. – Pero es que si no, nunca podré avanzar. Necesito que me dejes seguir… con él… si no nunca saldrá bien… Nunca podré tener lo que tanto ansío.

– Sí que lo entiendo. Y en el fondo tú también lo entiendes. Si él realmente te amara, dejaría que fuese contigo. Porque decir que te ama, pero que no quiere saber más de tu pasado, que no necesita tu pasado y que no le importa, es sinónimo de artificio. No puedes amar a alguien si no amas los pedazos del tiempo que le convirtieron en la pieza que es a día de hoy. No puede decir que te ama si no acepta que yo existí, porque soy tan parte de ti como tú de mí. Es más: no estás tan lejos de mí como él te quiere hacer creer. No eres tan diferente a mí como él te quiere hacer creer. En el fondo… Sigues siendo una igual a mí.

Extendí la palma de mi mano a la altura de su pecho, esperando que ella reposara la suya en la mía. Temblorosa y dubitativa, acabó yaciendo la suya encima. El tinte rojo venoso que coloreaba sus ojos empezó a blanquecerse. De manera casi biológica, su mano y la mía se entrelazaron y conjuntaron dedos y nudillos como si siempre hubieran estado ahí. Al cerrar las dos los ojos, de repente empecé a verlo todo en primera persona. Y ya no la vi a ella. Pero sabía que estaba conmigo. Más bien, quien veía en primera persona era ella, y ya no me veía a mí, pero sí sabía que estaba con ella.

Estaba claro que todo esto no había nacido como tal de ella. Pero también era la única capaz de ponerle solución. Negarme, negar lo que había sido, sólo la convertía en la misma persona débil a la que miraba a los ojos cuando me dio la mano. Negarme, negar lo que había sido, lo que seguía siendo, sólo provocaba una innecesaria escisión que hacía a ambas partes más endebles. Negar lo que habíamos sido, lo que éramos, fue el primer error que cometió desde el principio.

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