martes, septiembre 1 2026

«De cómo acabé siendo esclava de mis pestañas (y otras historias de terror estético)» Por Emecé Condado

Hay una cárcel de la que nadie habla, y no, no es el grupo de WhatsApp del colegio. Es una más
sofisticada, con barras hechas de pestañas de visón, suelos de esmalte semipermanente y muros de
bótox que prometen eterna juventud pero entregan un perpetuo asombro en tu expresión. La
prisión de las nuevas modas estéticas.

Todo empieza inocente, como una cervecita un jueves: «Voy a hacerme las pestañas, solo por probar». Ahí estás tú, tumbada en una camilla mientras alguien con más precisión que un cirujano
cardiovascular te pega pelos individuales a tus pestañas naturales. «Esto te va a cambiar la vida», te
dicen. Y lo hace, porque ahora no puedes llorar tranquila sin miedo a que se te caiga media cara en
el proceso.

Luego viene la manicura semipermanente. Te prometen uñas perfectas durante semanas, y es
cierto. El problema es que esas semanas pasan, y de repente tienes unas uñas que parecen una
metáfora de tu vida: bonitas en la superficie, pero con raíces de caos y desidia.

El bótox merece capítulo aparte. Aquí la idea es que la gravedad deje de ser tu enemiga, pero,
sorpresa, no sabías que también dejarías de poder fruncir el ceño. Ideal para la paz mental, fatal
para regañar a tus hijos o mostrar indignación en reuniones de trabajo.

Lo peor no es el gasto económico, sino el emocional. ¿Qué clase de sociedad es esta donde un
hombre puede pasar la vida con un desodorante roll-on y una cuchilla desechable, mientras nosotras
necesitamos un máster para entender el orden de los serums? ¿Y por qué el iluminador no ilumina
nada más que mi capacidad de sentirme estafada?

Al final, el verdadero problema no son las modas, sino la idea de que tenemos que estar perfectas.
Yo digo basta. Voy a liberarme. Bueno, después de esta última cita de pestañas, porque ya las tengo
como escobillas de parabrisas y eso no es vida.

Así que aquí me tienen, desde la cárcel de lo estético, enviando esta carta al mundo exterior. Si la
reciben, mándenme acetona pura y un poco de sentido común. Gracias.

Firmado:
Emecé Condado, esclava estética rehabilitada.


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