domingo, abril 5 2026

Los niños mimados de Nacho Valdés

Los niños son un reflejo de sus padres o, más bien, de su entorno familiar más inmediato. Cuando son pequeños, antes de lanzarse al mundo donde cada cual recibe su ubicación por méritos o deméritos propios, es el ambiente el que moldea su carácter. Es cierto que existen tendencias genéticas y que los hay de natural tranquilos o, por el contrario, con una irrefrenable inclinación hacia el alboroto. En cualquier caso, esto no tiene una relación tan estrecha con algunos usos detectables en los infantes. Resulta indiferente la actividad y la energía de los críos cuando saben de las consecuencias de sus acciones y tienen el valor, o más bien la formación, para reaccionar en consecuencia. En estos casos, asistimos con admiración al momento que muestra el adulto futuro bajo la carcasa de la puerilidad. Somos capaces de reconocer el buen fondo, aunque no siempre se esté ofreciendo la mejor educación o las referencias más adecuadas. Con todo, la maleabilidad en tan tiernas edades puede echar al traste el potencial pendiente de manifestación, pues, como ha sucedido en no pocas ocasiones, podría quedarse en estado latente durante toda una vida.

Decía que el proceso de enculturación en los momentos más tempranos es imperativo para lograr adultos íntegros y satisfechos de sí mismos, algo, esto último, que suele ir acompañado de un beneficio para el entorno; además de para uno mismo, claro está. Es realmente extraño conseguir la satisfacción personal cuando los demás rechazan, ya sea tácita o explícitamente, tu modelo de actuación. Por tanto, los críos deben ser orientados para dominar un temperamento fundado en la inmadurez dado que desde su perspectiva el mundo gira en torno a sus inmaduros intelectos. Con el tiempo todos caemos en la cuenta de que la realidad es mucho más amplia y, por suerte o desgracia, nos topamos con voluntades ajenas que empujan a la colectividad a la consecución de pactos y acuerdos para dirimir las tendencias egoístas incluidas en todos nosotros. Sin embargo, se da el caso prototípico del niño mimado que pretende imponer su apetencia, pues nunca se le ha puesto freno o límite. Quizás en nuestra sociedad actual con familias reducidas y una tasa de natalidad realmente escasa nos encontramos con estos tiranos mínimos dispuestos a amargar la existencia de todos aquellos incluidos en su radio de acción. La soberbia, el narcisismo y la ignorancia, algo esto último connatural a la edad, se vuelven insoportables y se convierten en rasgos definitivos debido al respaldo de progenitores y demás parentela. Cuando los mayores quieren darse cuenta ya es tarde y se ha consumado la transformación: el monstruo resulta imparable e intratable. Entonces se profieren los lamentos, pero ya es demasiado tarde. No hay vuelta atrás.  Así se explican los problemas generados por innumerables adultos talludos e incapaces de volver a desplegar algo de consideración para con los demás. Quizás en estos casos converja la mala educación con inclinaciones personales detestables. Quién sabe. En cualquier caso, somos los demás los receptores de estas tendencias encaminadas al malestar general.

Algo similar podría aplicarse a nuestra clase política ya que es posible establecer un paralelismo más o menos inspirado. En el momento en el que salen a la arena pública se encuentran con la dura realidad de los rivales implacables, de la opinión pública inquisitorial o de la traición desde las propias filas. Sobre esto último podría preguntarse a Pedro Sánchez cuando vio la luz de la alta política por primera vez y le cerraron las puertas de Ferraz para desposeerle de sus cargos con nocturnidad y alevosía. También sería posible preguntarle si no le estaban haciendo un favor a tenor del odio que despierta su figura. En este caso, o al menos esa es la apariencia, recibió algún tipo de educación en una edad temprana que le ha hecho despertar un carácter quizás dormido con anterioridad, pero que actualmente resulta implacable. Hoy por hoy, sus rivales, dentro y fuera de sus filas, han ido cayendo y parece haber aprendido la lección dado que continúa la ruta aniquiladora de propios y extraños. El último, después de Juan Lobato en Madrid, ha sido Luis Tudanca en Castilla y León o Juan Espadas en Andalucía. Es más, al modo de pulgarcito ha ido dejando un reguero de cadáveres políticos que comienzan con Susana Diaz e incluyen a Mariano Rajoy o Albert Rivera, por citar un par de ilustres muescas en su revólver. ¿Es adecuada o inadecuada esta educación? No podríamos aventurar una respuesta definitiva, pero sí podemos confirmar el pragmatismo asumido a base de disgustos y reveses.

La siguiente frontera todavía no se ve, pero se intuye. En este caso, nos encontramos frente a una niña malcriada y egoísta cuyo entorno la ha dejado hacer y deshacer a su antojo. Ahora, como decía hace unas cuantas líneas, es demasiado tarde y no hay vuelta atrás. Isabel Díaz Ayuso es el hueso por roer para Sánchez, ¿será capaz de finiquitar este bocado tan agrio y complejo? No lo sabemos, aunque tengo la certeza de que en el resto de esta legislatura seguiremos siendo testigos de más episodios de este enfrentamiento. Ahora bien, este caso, aunque también lo conocemos desde su nacimiento en la alta política, ha llevado una deriva diametralmente distinta. No olvidemos que Ayuso fue el reemplazo de la defenestrada Cifuentes por sus problemas con las cámaras de seguridad de los supermercados. Sin prácticamente opciones en las encuestas, enfrentándose al colosal Gabilondo, llegó al poder de manera inesperada en coalición con los extintos Ciudadanos. Aquí se cobró su primera pieza, pues el pobre Ignacio Aguado no ha vuelto a levantar cabeza en el ágora pública, ha quedado sepultado de manera irremisible. Sin embargo, lo mejor estaba por llegar y fue capaz de matar al padre, o más bien al tío segundo, representado por Pablo Casado; otro arrojado al olvido por intentar denunciar las sospechosas prácticas de la lideresa madrileña. En ese momento todos se pusieron a temblar, sabían que el tema se había desbocado y no había nada por hacer. Queda por saber cuánto tiempo le queda al intrascendente Feijóo para que la lucha entre nuestros dos niños, a ambos los hemos visto crecer y de esta manera tan compartimentada se entiende la política actual, llegue a su último capítulo. ¿Quién sobrevivirá? No tengo la más remota idea, pero seremos alucinados espectadores de una de las batallas más sucias de nuestra actual democracia.


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