El hombre se internó en el monte sufriendo el hacha en su hombro.
No era leñador, pero el frío lo convenció de serlo.
También su mujer, claro, que le reclamaba leña para la estufa.
Por eso, un poco a regañadientes, se encontraba en aquel frío lugar. El viento soplaba continuamente a través del bosque.
Se encontraba a unos cuatrocientos metros de la casa y rodeado de abundante vegetación y desafiantes árboles.
Eligió uno, no demasiado grueso, y comenzó su sacrificada tarea.
Ésta le llevó mucho más tiempo del que esperaba, ya que el obstinado filo se trababa en el tronco, que resultó mucho más grueso y duro de lo que parecía.
Finalmente, cubierto de sudor y con las manos doloridas y sangrantes, vio como el árbol se inclinaba lentamente en majestuosa reverencia hacia su trabajo. ¡Lo había derrotado!
Se apartó de la trayectoria del tronco, que vengativo, intentó aplastarlo. Pero no contó con sus ramas.
Una de ellas, bastante gruesa, cual tentáculo de un gran pulpo, llegó a él.
Sintió su “caricia” como un fuerte ardor en el costado derecho.
Instintivamente se llevó la mano a ese lugar y miró, todo al mismo tiempo.
Observó la palma de su mano, y horrorizado la descubrió pintada abundantemente de carmín.
Entonces llegó el dolor, frío, implacable; que lo hizo doblarse sobre si mismo, apretando la herida cubierta con jirones de camisa, con las dos manos.
A los tropezones se encaminó hacia la casa, con intenso miedo de no llegar (quedaba tan lejos).
Para colmo estaba llegando la noche y él comenzaba a marearse.
Algunos gritos de animales lejanos le parecieron burlas.
Los árboles, ¡esos malditos enemigos!, se cerraban a su paso dificultándole el avance.
No obstante, recurriendo a todas sus fuerzas, trataba de caminar, cayó dos o tres veces, pero siguió. ¡Ni pensar en morir en ese monte!
Un rastro carmesí iba quedando tras sus pasos.
Al fin, ya casi sin fuerzas, vio la casa en un claro.
Pensó en gritar, pero se dio cuenta de que ya no le quedaban energías para eso.
El aire le faltaba y el obstinado dolor, más que ceder, aumentaba.
A duras penas logró llegar hasta la puerta. Antes de abrir miró hacia atrás, al espeso monte que casi lo atrapa.
—¡Te derroté! ―masculló complacido.
¡Marta! ―intentó gritar, pero más que grito fue un susurro. Estoy lastimado.
La mujer llegó a la sala alertada más por el portazo que por el débil grito, y al ver a su marido en tal estado, corrió hacia él, angustiada.
—¿Qué te pasó? ―fue la inevitable pregunta.
―La rama…de un árbol. Perdí mucha sangre. Pero a mí no me mata… una simple rama.
―Siéntate ―suplicó ella ayudándolo a hacerlo―. Voy a traer algo con que curarte.
Se encaminó rápidamente al botiquín del baño y el frustrado leñador quedó solo por unos momentos.
—¡Qué desgracia! ―habló en voz alta―. Cuando me cure voy a ir al pueblo a comprar leña. El monte no es para mí.
Sonrió por la ocurrencia y notó que se sentía un poco mejor. ¡El milagro del hogar!
De improviso un fuerte dolor nació en su pecho.
Sintió un mareo y se tomó del mantel. Cayó prendido de éste y rompió el jarrón preferido de la señora.
Pero él nunca se enteraría.
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