El local no era muy grande. Mantenía un ambiente agradable a pesar de la recargada decoración que recreaba la atmósfera de los cafés parisinos de principio de siglo. Reproducciones de Manet adornaban las paredes y el gran espejo detrás de la barra, como un gran ojo silencioso, reflejaba y retenía todo lo que ocurría en el salón. Columnas y biombos estratégicamente colocados y cómodos sillones tapizados en granate proporcionaban pequeños espacios de intimidad.
Tomás no se fijó en la decoración. Se detuvo unos minutos en la puerta hasta que sus ojos se acostumbraron a la semipenumbra en rojo y se dirigió a la barra.
Una de las chicas se le acercó. Le observó con descaro percibiendo su cara descompuesta, la ropa que le venía grande y la sonrisa forzada con la que se obligaba a dar normalidad a su rostro. «Otro desesperado de la vida», se dijo, mientras le preguntaba qué iba a tomar.
—Un güisqui con agua.
La chica le sirvió la copa y se la puso delante.
— ¿Estás de paso?, no recuerdo haberte visto por aquí.
—Sí, viaje de negocios.
La mujer, incrédula, sonrió.
—Pues no vas vestido como para una reunión de ejecutivos.
—Tuve un percance y me prestaron esta ropa. ¿Importa mucho mi indumentaria?, o es que en este local se exige corbata. –respondió Tomás, secamente. «¿Qué cojones le importa a esta tía la ropa que llevo? Y por qué me mira con ese aire displicente, como si de antemano supiera… », pensó mientras vaciaba su copa.
—No, perdona, era simplemente una manera de entablar conversación, pero al parecer no tienes muchas ganas de hablar. ¿Te sirvo otro? —preguntó al observar que el vaso ya estaba vacío.
Efectivamente, no tenía ganas de hablar. ¿Entonces por qué he parado aquí? ¿Qué estoy haciendo aquí? Una voz interior le respondió: No podías continuar; es un lugar como cualquier otro; podría haber sido una gasolinera, un supermercado o una iglesia, daría igual. Tenías que parar porque tenias que salir de ti mismo; frenar tu cabeza, sujetar tu mente, dejar de pensar, Necesitabas tomar una copa, aturdirte, estar con alguien que no tuviera nada que contar, ni nada que preguntar, alguien anónimo, sin historia, alguien que simplemente te hiciera presente .
Vio su imagen reflejada en el espejo y sintió lástima y asco por el hombre que le miraba desde allí: un perdedor, lastrado por sus traumas y por sus miedos. Levantó la copa, en un brindis: «por ti, gilipollas».
Se dio la vuelta y observó el lugar. Era la primera vez que entraba en un sitio parecido. Nunca había tenido la curiosidad, ni la necesidad de pagar por estar en compañía de una mujer, pero ya que esa noche el destino, la fatalidad o lo que puñetas fuera, le había conducido hasta allí, sería que era un buen momento para vivir nuevas experiencias; en cierta manera, esa noche, él estrenaba una nueva vida. Ya nada podría ser igual
Había pocos clientes: en un rincón apartado, un viejo manoseaba ávido y torpe a una rubia madura entradita en carnes. Ella, con suma habilidad, se zafaba una y otra vez del sobeteo. En el extremo opuesto, un hombre joven charlaba y reía animadamente con una morena, mientras la acariciaba el pelo y la cara. Cuatro o cinco clientes más, que por su desenvoltura debían ser habituales, conversaban en la barra con algunas chicas, metidos en un juego de palabras, gestos e insinuaciones que a cada uno le llevaría hasta donde quisiera llegar.
La música suave, en notas de sugerente colorido, se esparcía por el ambiente al tiempo que un halo de humo artificial recreaba una atmósfera irreal de la que surgían sombras, él una de ellas.
En un rincón una mujer joven bailaba descalza con las piernas muy juntas, igual que las de la bailarina de la entrada. Movía su cuerpo al ritmo de la música como si estuviera en trance.
Tomás la observó: no parecía tener más de veinticinco años. Delgada, menuda, el pelo corto, ligeramente ondulado en las puntas, al ras de la nuca, dejaba al descubierto un cuello largo y tentador. Vestía toda de negro. La camiseta ajustada dejaba al aire unos hombros suaves y redondos y marcaba unos pechos libres que se elevaban al compás de los movimientos insinuantes de sus caderas. Bailaba con los ojos cerrados, para ella misma.
-¿Te gusta? -le preguntó la chica de la barra que le llevaba observando largo rato. Tomás no contestó-. Es lo mejor de la casa. Ella elige.
Tomás la recorrió con la mirada, casi podía ser su hija…su hija. Una punzada de dolor le partió de la frente, se le clavó en el pecho y le atravesó el cuerpo hasta llegar a su pierna izquierda. Apretó con fuerza el vaso que sostenía en la mano y se mordió los labios. Apuró de nuevo la copa. Entonces, el dolor se transformó en rabia, la pena, en sed de venganza, y sintió un inmenso deseo de llenar ese gran agujero interior con lo que fuera, daba lo mismo: alcohol, sexo…, porque si no lo hacía, ese agujero se le tragaría y le haría desaparecer. Tenía que llenarse de algo que mitigara la angustia que le arañaba, como si con un rastrillo, le estuvieran despellejando las entrañas.
La música paró, la muchacha abrió los ojos saliendo del éxtasis y se dirigió hacia donde Tomás estaba.
-Sírveme una copa, -pidió a su compañera.
-¿Puedo invitarte? -preguntó Tomás.
-No. -le contestó sin mirarle.
-¿Vas a denegar una invitación, sin mirar si quiera a quien te invita?,
La voz de Tomás sonó triste y abandonada, como la de un niño que pide algo que cree que se merece y no entiende por qué no se lo dan.
Ella se volvió y se fijo en él. Así de cerca, la muchacha parecía más joven. Tenía un rostro dulce, algo aniñado y unos bonitos ojos almendrados. Le sonrió. Tomás no sonreía.
—Perdona, a veces soy un poco brusca. De acuerdo. Puedes invitarme. ¿Como te llamas?
—y ¿tú? —Pregunto Tomás sin responderla.
—Marsola. —La mujer volvió a mirarle fijamente a los ojos, tratando de leer algo más que lo que reflejaba esa cara. Ese hombre no había entrado allí para echar un polvo. Tomás la sostuvo la mirada. Acabado el examen, le dijo: —Si quieres hablar, podemos ir a algún sitio con algo más de intimidad.
La de la barra, le guiño un ojo:
—Has tenido suerte, amigo.
Subieron a una de las habitaciones del piso superior: una cama enorme, un sillón, un mueble bar y un cuarto de baño, proporcionaban al cuarto las comodidades de una agradable habitación de hotel.
—¿Te sirvo algo, otro güisqui?
Tomás asintió, mientras conectaba el mando de la música que se encontraba en un panel al lado de la cama.
Marsola, le ofreció la copa y se tumbó incorporada.
—Ven, ponte cómodo, —le invitó—, pero, antes, —dijo riendo—, quítate esa ropa, te viene grande y pareces un adefesio.
Tomás, después de beber un trago, dejó la copa en la mesilla, se quitó el jersey, los zapatos y se recostó junto a ella.
—No vengo buscando sexo. Sólo quiero sentir un cuerpo caliente junto al mío. Nada más
Marsola le observó. Había conocido muchos hombres. Era inteligente e intuitiva, y supo por experiencia que a ese le atormentaba algo.
—A ver, —le dijo pasándole la mano por el pelo—, ¿dónde te perdiste, dónde está?
Tomás, con los ojos cerrados, contesto:
—No lo sé, no estoy, no soy, Creo que me quedé allí.
—Allí, ¿en dónde?
Tomás, por respuesta, la acarició los hombros. Ladeó su cabeza y la besó en el cuello. Olía bien, olía a limpio. Bajó las manos por sus brazos hasta llegar al borde de su camiseta, las metió por dentro buscando el contacto de su piel, una piel suave, caliente…, las mantuvo allí un momento y luego las sacó de ese espacio cálido, la recompuso la camiseta de nuevo, regreso a su nuca. Ella se dejaba hacer.
Tomás la giró la cara y la besó en los labios. Cerró los ojos, unas lágrimas le resbalaron por la cara mojando las dos bocas, ella las recogió con su lengua, entonces le abrazó como quien abraza a un niño perdido.
—¡Eh!, qué pasó. Estás demasiado triste. ¿Qué te preocupa?, no has sonriendo ni una sola vez.
Tomás la tomó la cara con ambas manos, y sin contestar la besó de nuevo, concentrándose en la suavidad húmeda de esa boca que daba respuesta y acogía a la suya. Sintió que una corriente de deseo se abría paso y con cada beso se hacía más fuerte. No quería sexo, pero… ¿por qué no?, hacía ya tiempo…
-Desnúdate, -la dijo con una voz impropia, estrangulada, mientras que él también se quitaba el resto de la ropa. Ella obedeció.
Cogió el vaso vacío de la mesilla, se levantó, se dirigió al mueble bar y le llenó de nuevo. Dio un largo trago y se volvió hacia la cama; se quedó clavado. Sintió una pedrada en la frente que le hizo tambalear, se apoyó en el mueble bar que tenía detrás. En la cama, esperándole, había dos mujeres desnudas. Tumbada junto a la prostituta se recostaba Paloma, su mujer, incitante, feliz. La piel blanca, lechosa, de su cuerpo, contrastaba con la piel morena de Marsola. Los pechos grandes, llenos, de pezones sonrosados de la una, se oponían a los pequeños pechos coronados por pezones oscuros y provocativos de la otra. Paloma, de cintura amplia, poderosas caderas y largas piernas, transmitía seguridad. Marsola, de cintura estrecha, caderas menudas y finas piernas: fragilidad.
Tomás sacudió la cabeza varias veces y llenó de güisqui la boca que le resbaló por las comisuras. «No puede ser, no es real, es mi inconsciente que me está jugando una mala pasada. Estoy borracho, o esta hija de puta me ha echado algo en la bebida. Es una alucinación». Cerró con fuerza los ojos. Les abrió otra vez. Las dos le sonreían. Paloma, mirándole fijamente, acariciaba el cuerpo de la mujer que se encontraba a su lado
Algo le rompió por dentro y una ráfaga de calor le condujo a un estado de rara excitación. Un estremecimiento, un aullido le rugía y se abría paso, en una mezcla de deseo, de ira y de dolor llevado al paroxismo.
Apenas podía respirar. Cruzó de un salto el espacio que le separaba de la cama. Paloma había desaparecido. Se dejó caer de golpe junto a Marsola. Comenzó a sacudirla, a acariciarla con rabia, con un mal deseo. La mordió los labios con intención de hacerla daño. Apretó con fuerza sus pechos, bajó su mano como una garra por el vientre hasta su sexo que manoseo con brusquedad. Se puso encima de ella y la penetró brutalmente. Ella se dejó hacer, rígida, tensa, esperando que en cualquier momento cesara en sus embates. En ese estado y con lo que había bebido era imposible que mantuviera la erección. A los pocos minutos, jadeando, se desplomó pesadamente sobre ella y rompió a llorar.
Marsola sabía que cuando un hombre llora hay que dejarle llorar sin preguntarle nada. Se hizo un poco a un lado, acopló su cuerpo al de Tomás y rodeándole con sus brazos, le acunó mientras le acariciaba el pelo.
Poco a poco la angustia se fue diluyendo con las lágrimas y fue recuperando la serenidad. Se sintió ridículo, estúpido, avergonzado pero al mismo tiempo reconfortado entre los brazos de esa mujer. Un espacio caliente y seguro del que no deseaba salir.
—Lo siento, —dijo sin moverse, cuando pudo hablar—. No creo que dentro tu trabajo esté prestar consuelo a hombres maduros como yo. Pensaras que soy un gilipollas.
—He tenido que consolar a muchos, no eres nada original: hombres solitarios, abandonados, desesperados, perdidos, la lista es larga.
— ¿Cómo pude estar tan ciego?, ¿cómo es posible que no me diera cuenta de nada? —se escuchó decir Tomás, extraño a la voz que hablaba.
—¿Otro hombre?, —preguntó Marsola, creyendo adivinar.
Tomás sintió que un puño se cerraba fuerte sobre su cuello. El tiempo dentro de la habitación se detuvo. Un silencio viscoso y espeso lo lleno todo y absorbió los demás sonidos, excepto su respiración entrecortada. Con gran dificultad escupió dos palabras:
—Otra mujer.
El tiempo se echó de nuevo a andar. El puño en su cuello, aflojó. Masticando y rumiando cada una de las sílabas, volvió a repetir:
—Mi mujer me engaña con otra mujer.
—Y, ¿lo has descubierto hoy? —Preguntó Marsola sin ningún asomo de extrañeza.
—Tenemos una casa en Somo. Mi mujer llevaba aquí unos días por cuestiones de trabajo y yo venía con intención de darle una sorpresa.
—Y el sorprendido, fuiste tú. ¡Vaya!, lo siento amigo.
Hablaban sin mirarse a la cara. Tomás seguía recostado sobre el pecho de Marsola. Se sentía humillado, pero, ¿qué diferencia había en que fuera un hombre o una mujer? Para Tomás, sí la había, y ¡mucha! Para Tomás era algo incomprensible, imposible de asimilar. Crispado se incorporó y estrujó las sábanas entre las manos.
— ¡Maldita la hora en que vine, maldita la hora!
—Vamos, ven aquí, dijo Marsola, atrayéndole de nuevo, relájate.
Y Tomás se puso a hablar, deprisa, sin pausas, empujado por la necesidad vital de expulsar todo lo que le estaba escaldando por dentro.
—Cuando llegue a nuestra casa, me extraño ver aparcado a la puerta el coche de Isabel, La mejor y más íntima amiga de mi mujer.¿La más intima? —soltó una carcajada nerviosa, amarga que llenó el aire de resentimiento—. ¡Y tan íntima!
Abrí despacio, la puerta no estaba cerrada con llave. No sé porque extraña razón tuve la necesidad de entrar en silencio, de puntillas, como un ladrón en mi propia casa. Pasé directamente al salón. Sobre la mesa al lado del sofá había dos copas y una botella de champán vacía. No entendía nada. ¿Habría ido Isabel a visitar esos días a Paloma? Al parecer habían estado celebrando algo. Me dirigí al cuarto de invitados, pero al pasar por nuestro dormitorio, la puerta estaba abierta, y en la cama, desnuda, apenas cubierta por las sábanas, dormía Isabel abrazada a la almohada. Esparcidas por el suelo ropa y prendas íntimas, algunas de Paloma. ¿Qué hacía Isabel desnuda en nuestra cama?
Un pensamiento me traspasó el cerebro, y una sospecha se abría paso en mi mente a pesar de mi resistencia a hacerla consciente. Estaba aturdido, desconcertado, sin saber que pensar. Trate de tranquilizarme. Seguro que había una explicación lógica a lo que había visto. Quizás Paloma se la hizo tarde y al final durmió en el hotel e Isabel ocupó nuestra cama. Pero, ¿la ropa tirada en el suelo? Sin hacer ruido me dirigí a la cocina, y allí, en la mesa, estaba preparada una bandeja con el desayuno y, encima de la taza, un tarjetón grande con una nota. Reconocí la letra de Paloma y leí:
«Felicidades amor mío. Es nuestro aniversario y quiero decirte, una vez más, lo que ya sabes: eres el amor de mi vida y soy inmensamente feliz cuando estamos juntas. Anoche fue maravilloso. Cada vez llevo peor tener que ocultar nuestros verdaderos sentimientos tras una relación de amistad, pero de momento no puede ser de otra manera, no encuentro la ocasión Las breves conversaciones que habían mantenido esos días fueron tan frías, tan asépticas que decidió no esperar a que Paloma regresara y resolvió él viajar a Santander. La daría una sorpresa de decírselo a Tomás. Te agradezco, como no imaginas, tu paciencia y comprensión. Espérame aquí, en cuanto pueda me escapo. Todavía tenemos dos días más para nosotras. Te quiero, Te quiero».
—En ese momento desapareció el suelo bajo mis pies. Me apoyé en la pared y me dejé resbalar, la nota seguía en mi mano. No sé cuanto tiempo estuve así, ni recuerdo como salí de mi casa. Alguien había rasgado la penumbra que me rodeaba y dejaba salir la luz, pero esa luz, me cegaba, me hacía daño. —Tomás se volvió a Marsola, tenía el rostro descompuesto—. ¿Sabes, cuántas veces ha estado esa mujer en mi casa?, ¿sabes cuántas la he visto abrazar a mi mujer, besarla, sin sospechar si quiera que esas manifestaciones pudieran ser algo más que de amistad? Cuántas veces se habrán reído de este pobre idiota ¿Soy tan estúpido, tan infinitamente estúpido, como para no haberme dado cuenta de nada?
Tomás gritaba. En su rostro enrojecido, los ojos se habían convertido en dos pequeños puntos azules que miraban desde lejos
—Sí, muy estúpido, o quizás, no has querido ver, y has cerrado los ojos para no enfrentarte con la realidad que se paseaba delante de tus narices.
Se levantó, se dirigió al mueble bar, y dio un trago de la botella de güisqui. Se limpió la boca con la mano y volvió hasta la cama donde Marsola le observaba.
—Y tú, no me mires así, le gritó—. Ella como respuesta, le tendió las manos.
Tomás se recostó de nuevo a su lado, dándole la espalda. Marsola pasó uno de sus brazos entre su cuerpo y se abrazó a él.
El exceso de alcohol y el cansancio comenzaron hacer su efecto, y poco a poco se fue introduciendo en un estado de aturdimiento en el que se comenzó abandonar. Todavía su consciente pujaba y se resistía en vaciarse en ese camino que le llevaba al descanso.
Se sintió extraño, como si no fuera él, como si fuera otro hombre distinto al que esa misma mañana conducía, ignorante. Recordó, entonces, a su compañera de viaje: la angustia, en una clara premonición. Oyó desde muy lejos la voz de Marsola, hablándole muy despacio.
—Sí que tienes un problema, pero no lo busques fuera, está dentro de ti. —Marsola, le susurraba al oído, escogiendo con cuidado las palabras—. Los hombres malamente estáis capacitados para razonar que se os deje por otro hombre, pero os quedáis indefensos, desubicados, con la identidad rota, cuando el rival es otra mujer y en realidad, es lo mismo.
—Te equivocas, —respondió Tomás desde muy lejos con una voz pastosa—. No tengo ningún problema, porque ya no tengo nada. Cuando un hombre tiene un problema, hay dos opciones: reaccionar y luchar, o dar marcha atrás, replegarse y dejar que el problema te engulla. Yo no tengo fuerzas para luchar en una batalla perdida de antemano, así que, sólo me queda recular, y lamer mis heridas.
—No es momento de tomar decisiones, —contestó Marsola cubriéndole con las sabanas—, por qué no duermes, mañana verás las cosas con algo más de tranquilidad.
Marsola hizo un movimiento para dejar la cama.
—No te vayas. —dijo Tomás, y se aferró a su cuerpo desesperadamente.
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