miércoles, septiembre 2 2026

ORGULLO by LUIS NELSON RODRÍGUEZ CUSTODIO

González era bancario.

     Cajero del gran Banco Interamericano de Desarrollo Industrial, desde hacía veinte años.

     Y estaba orgulloso de eso, tal vez demasiado. Tanto que se lo hacía saber a quién quisiera, y a quién no, también.

      Se sentía superior. Despreciaba a la clase obrera, a los que se ganaban el pan con el sudor de su frente y de todo lo demás.

     El era un intelectual, ¡faltaba más!

    Me dan asco esos obreros sucios ―comentaba con un compañero―. No saben hablar más que de mujeres, fútbol y vino.

      Pasan la vida sin siquiera enterarse de que existen otras cosas. Y para colmo creen saberlo todo.

     ¿Sabes lo que pasa? Es el precio de la pereza y la comodidad.

     Mientras yo me mataba estudiando, ellos andaban de parranda, emborrachándose todos los días y riéndose de mí, que no tenía tiempo para tales barbaridades.

   Ahí está la diferencia con ellos, la pereza. Tan simple como eso, Gómez, si no son nadie es por vagos.  

    ¿Sabes lo que se merecen? ¡El desprecio de nosotros!

¿No se te está yendo la mano? ―opinó su colega―. Si piensas un poco, nosotros también somos trabajadores, y dependemos del sueldo que nos dan.

¡No tenemos comparación con ellos! ―levantó la voz González, y con una mueca de desprecio se dio media vuelta, dando por terminado el casi monólogo.

    Pasaron unos meses, y una tarde de verano fue llamado urgentemente a la oficina del director del banco.

    Apenas entrar al despacho de su superior, se sorprendió de ver dos extraños sujetos, que no parecían hombres de negocios, acompañando a su jefe.

¡Siéntese! ―bramó el director, sin ninguna cortesía.

¿Qué…pasa? ―dijo el cajero, asustado.

―Pasa que usted nos está robando ―contestó el aludido, apoyando ambas manos sobre el escritorio y levantándose unos centímetros de su asiento.

¿Robando? ―repitió González, cada vez más nervioso―. ¿De dónde sacó ese disparate?

―Lo venimos controlando desde hace tiempo. Alguien nos informó que su nivel de vida no concordaba con su sueldo.

    Un contador constató las irregularidades en los libros, y dos y dos son cuatro, como usted que “era” el cajero bien sabrá.

―Pero yo no…

―Es inútil que lo niegue ―habló uno de los visitantes―. Somos policías, y con el permiso del gerente colocamos cámaras. Está todo filmado.

    Considérese detenido. Nos tiene que acompañar.

    Fue llevado sin miramientos a un obligado viaje en tres etapas: comisaría, juzgado y por último a la cárcel. Y en esta quedó por varios años.

    Pasó un largo y penoso tiempo encerrado, hasta que al fin recobró la libertad.

   De esto ya hacía tres meses. Cambió mucho allí dentro.

     Ya no tenía aquel porte orgulloso. Caminaba lento y ligeramente encorvado, mirando hacia el suelo.

     Pero estaba trabajando de nuevo.

     Un rayo de sol bañó su rostro, acentuando aún más el blanco de su pelo.

     Sintió calor, y por reflejo instintivo que los años no habían logrado atenuar, llevó sus manos al cuello para aflojar el nudo de la corbata.

      Pero no, ya hacía mucho tiempo que no la usaba. Y menos ahora.

      Todo el mundo sabe que los cuidadores de autos no la necesitan.

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               https://facebook.com/luisnelson.rodriguezcustodio3


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