El directo de Loquillo y Trogloditas del año 1989 grabado en Barcelona rezaba en su portada ¡A por ellos…! que son pocos y cobardes. De este disco, que creó escuela y mantiene en su repertorio clásicos atemporales, el título siempre me llamó la atención. Ofrecía, o más bien dejaba intuir, una serie de elementos de los que despiertan la imaginación cuando comienza a asomar la adolescencia: suficiencia, arrogancia, superioridad y desprecio se conjugaban magistralmente en una frase lapidaria y contundente. Con el tiempo caí en la cuenta de otros aspectos quizás no tan evidentes, aunque igualmente implícitos en la proposición referida. Con el paso de los años te vas dando cuenta de que lo que realmente quieres es llevar una vida plácida y feliz dedicada a tus asuntos y, sin embargo, en muchos casos es la alteridad la que marca el paso a los problemas. Ya lo decía Sartre cuando anunciaba en su obra A puerta cerrada que “El infierno son los otros”. Estos conflictivos personajes son una minoría, pero hacen un ruido ensordecedor que termina por contaminar el ambiente.
Es claro que necesitamos de los demás, pues el ser humano en soledad carece de sentido, aquí podríamos referenciar a Aristóteles cuando indicaba que el ser humano es un zoon politikon y solo los dioses y las bestias pueden vivir en soledad. Ahora bien, también es cierto que buena parte de nuestros problemas se derivan de la convivencia entre extraños. Algo, por otro lado, que ha cambiado mucho desde el tiempo clásico del Estagirita cuando en la polis de Atenas era bastante probable que se conociesen la mayoría de ciudadanos; de las mujeres, esclavos, extranjeros y niños no hablamos, pues tenían un régimen diferente y no participaban en la vida pública. En este contexto, la solidaridad mutua y los conflictos se daban la mano en un día a día en el que el entorno permitía la supervivencia, pero también la caída. Si no que le pregunten a Sócrates y su improcedente condena a manos de sus propios conciudadanos.
Meleto, Anito y Licón fueron algunos de los convecinos que llevaron ante los tribunales al filósofo ateniense. El resultado del proceso es por todos conocido y provocó la muerte, según Platón, de la persona más justa que jamás había conocido. Según las fuentes clásicas, entre las que se encuentra el propio Platón, Jenofonte y alguna comedia (la filosofía y el quehacer intelectual siempre ha sido motivo de cierta mofa), parece ser que sí se trató de una persona honrada y ajena a los excesos que vivía con lo justo y se dedicaba al cultivo de la reflexión junto a sus discípulos y amigos. ¿Qué podría llevar a sus vecinos a urdir una trama contra un personaje público y querido por gran parte de la población? Todo parece indicar que el problema se encontraba en las incisivas preguntas realizadas por el pensador y por su incapacidad para supeditarse a ninguna facción o grupo. Estos rasgos le convertían en alguien peligroso, un individuo con criterio propio que, por añadidura, contaba con un gran influjo entre muchos jóvenes. Esta ascendencia se veía como una contrariedad entre ciertos círculos que decidieron yugular su actividad intelectual de manera definitiva. Aunque por un lado consiguieron su objetivo, pues Sócrates pasó a mejor vida, es patente que sigue presente entre nosotros y se ha convertido en una referencia mientras que sus acusadores son un ejemplo de oprobio y vergüenza histórica. Así se resolvió la cuestión, aunque los protagonistas no tuviesen la más mínima sospecha acerca de las consecuencias de sus actos.
Lo curioso de toda esta historia es que se cumplieron los requisitos legales y, si bien el viejo filósofo no se plegó a los requerimientos del tribunal y se negó a solicitar clemencia, en todo momento se aceptaron las reglas de la constitución ateniense. Esto es lo que precisamente tratan en su última obra, La dictadura de la minoría, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt. En este sentido, hablan de los políticos leales y de los desleales. En el primer caso, queda clara su defensa de la democracia cuando se alejan de cualquier manifestación violenta, condenan los actos ilegítimos, se niegan al pacto con fuerzas de dudosa ascendencia democrática y, por encima de todo, aceptan los resultados electorales en tiempo y forma; requisito fundamental en el juego político fundado en la soberanía popular. Los políticos desleales son aquellos que condenan solo algunos tipos de violencia, no de manera explícita cuando nace de sus filas o de organizaciones satélites, y son capaces de acercarse a grupos antidemocráticos si es necesario para agarrarse al poder y al cargo. Nos situamos, por tanto, ante una dicotomía que divide a la clase política entre los fieles a ciertos valores superiores, incluso a sus propias ideas particulares, y, por otro lado, nos encontramos frente a la mediocridad de los que carecen de un trasfondo moral adecuado para el ejercicio de la vida pública. Meleto, Anito y Licón pertenecían a esta última clase e hicieron lo que estamos viendo en las democracias actuales: fueron capaces de retorcer hasta el extremo las reglas del juego para llevarlo a su terreno. En este camino decidieron asumir la violencia, en este caso la muerte de Sócrates, como un mal necesario o incluso como una ventaja táctica para alcanzar las metas propuestas.
¿Qué tiene que ver esto con Loquillo y Trogloditas? De manera evidente nada, pero si volvemos al título de su álbum el paralelismo queda más claro: los políticos desleales y sus agrupaciones afines son una minoría, de ahí el título del ensayo de Levitsky y Ziblatt. Ahora bien, en momentos de crisis perpetua, pérdida de poder adquisitivo y dudas sobre el porvenir de la colectividad son los Milei, Trump, Musk u Orbán los que parecen asumir la dirección del conjunto dado que su populismo ofrece respuestas rápidas y en apariencia contundentes. Sin embargo, esta gente se aprovecha de nuestro sistema para desmantelarlo desde dentro, se acercan a la violencia y son una muestra indudable de la infame deslealtad de su ejercicio político. Realmente representan a una minoría y, aunque parezca que arrastran enormes masas, esto es una simple muestra del uso de los nuevos medios de información y los resortes instrumentalizados gracias a su poderío económico. Volviendo a las primeras líneas son pocos y cobardes, que no nos quepa duda de que podemos con ellos.
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