Anoche me soñé contigo, fue un sueño muy lindo. Estábamos tú y yo en un inmenso jardín, nos encontrábamos sentados en unas sillas metálicas de color blanco, alrededor de una mesa del mismo color y material, en ella había un delicioso desayuno servido.
Había jugo de naranja, leche fresca, fruta, panquekes, tocino y huevos revueltos y café. Nunca mis ojos vieron tanta comida en un desayuno para dos. No recuerdo de qué hablábamos solo recuerdo que estamos disfrutando de ese momento, del desayuno, de nuestra compañía. Fue especial ya que nunca se nos había presentado la oportunidad de compartir un momento así los dos solos. En nuestros rostros se reflejaba tanta alegría.
El prado estaba verde, el sol iluminaba todo el jardín, rodeados de flores de muchos colores y especies. Pero lo que llamó mi atención fue una planta de maracuyá, sus frutos esféricos y amarillos como el oro invitaban a devorarlos.
Al mirarme que aquella planta estaba robando mi atención, colocaste tu mano suave y cálida sobre la mía. Tus ojos que emitían la luz de la propia luna, me preguntó en tono de susurro — ¿Quieres tomar alguna maracuyá?. -Quizá luego lo haga. Le respondí sin dejar de mirar ese brillo de luna en sus ojos.
En aquel sueño tuve tantas ganas de robarte un beso, moría por probar sus labios. transcurridos unos minutos me paré de la mesa y me dirigí a la mata de maracuyá. Cuando me coloque de puntas para intentar alcanzar uno de ellos, pues todas las maracuyá estaban en la copa de la mata. De pronto percibo sus manos sujetando mis caderas por detrás. —¿Te ayudo?. Me susurró cerca del oído. Por un momento la piel se me erizo al sentir su aliento cálido cerca de mi cuello.
Yo acepté su ayuda con agrado. Al haber bajado algunas cuantas maracuyá, nos sentamos sobre el césped; él sacó de su bolsillo trasero una navaja suiza. Tomó en su mano una y la partió a la mitad, ofreciéndome una de las mitades, por un impulso introduje mi dedo índice en la pulpa y empecé a dibujar pequeños círculos. Luego con mi dedo pulgar y el índice forme una pinza y extraje un poco de pulpa y la coloque dentro de mí boca.
Él me observaba sin parpadear. Cuando menos lo espero ya tenía sus labios pegados a los míos. Su lengua dentro de mi boca saboreando la acidez de la fruta. Sus besos tenían un sabor agridulce.
No nos separamos enseguida. Fue como si el beso hubiera sembrado raíces invisibles en el aire y nos mantuviera unidos por un hilo delicado. Sentí aún el pulso de tu boca sobre la mía, como una música que no se apaga cuando termina la canción. Bajé la mirada, un poco tímida, un poco sonriente, y vi la maracuyá abierta entre nosotros, derramando su aroma como una promesa.
Tomé la mitad que me habías ofrecido y la sostuve con cuidado, como si fuera algo frágil, sagrado.
—Nunca había probado algo así —murmuré—. Es dulce… pero también despierta.
Tú sonreíste, de esa forma tranquila que no intenta impresionar, sino acompañar.
—A veces lo que despierta es lo que más se parece a la vida —respondiste.
Nos recostamos sobre el césped, mirando el cielo que se filtraba entre las hojas. El jardín parecía más amplio, más luminoso, como si hubiera decidido abrirse también. Sentí tu brazo rozar el mío, sin prisa, sin exigencia. Solo presencia. Y comprendí que lo que más me conmovía no era el beso, sino la paz que vino después, esa calma profunda que solo aparece cuando el alma se siente a salvo.
Cerré los ojos un instante. El aroma de las flores, el canto lejano de algún pájaro, el calor suave del sol… todo parecía decirme que no había urgencia, que no hacía falta correr. Que el amor, cuando es verdadero, no empuja: invita.
Abrí los ojos y te miré.
—Este momento… —susurré— quiero recordarlo siempre.
@Joaquín Lourido
@Imagen Pinterest
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