No es posible. Yo soy aquí el jardinero. Durante mi infancia y mi adolescencia, durante mi desastrada juventud me detuve en el estudio riguroso de las Ciencias Físicas y Matemáticas, de la Botánica y la Heráldica… mientras los otros se despelucaban en Versalles o Aviñón.
La gallinita ciega o el rigodón fueron mis espectáculos más excitantes, mientras los otros accedían al misterio, lleno de blancuras y de encajes, de los saltos de cama.
No es posible. Que anteayer traspasasen los umbrales del último parterre, de su último sueño, de mi última obra; que nieguen la ruina definitiva de los magnolios o las anémonas, de los nuevos grutescos o los macizos de fresas y jazmín… Acabarán con lo poco que quede de mi salud debilitada.
Ahora vendrá el Rey, se dignará a pisar mis aposentos, y yo no sabré cómo agradecérselo. Fingirá que me despacha, mientras repara en algún punto incógnito del orbe de caoba o en los pomos de alabastro de la vidriera. Mañana, en presencia de los Pares, firmará el decreto que anula las visitas al jardín de las jerarquías menores al vizconde, y yo no sabré, Majestad, cómo agradecérselo.
Qué distinta la Reina. Se descalza, habla mirando a los ojos. Suele acompañar el suave dictado de sus sueños —otros dirán sus caprichos— con finísimos acordes de clavicémbalo.
Yo siempre la he amado. Cuando la dejo, tras la costosa reverencia, ingreso en mi quebranto, en el mundo pequeño y silencioso de las maquetas imposibles. La tortura delicada y el artificio atroz me ensombrecen. Otra vuelta en el lecho y ya me encuentro con la hilera de cedros y hayas blancas que llevan a su sueño. Me despiertan los pasos veloces del amante en la noche propicia (qué me disgusta más: su amor correspondido; su pasión, destrozo de glorietas y parterres… Desde cuando yo sé lo que ni el Rey sospecha…)
A plena luz del día los he visto a los tres, en su quieta armonía de gallardas y polvos de arroz. El Rey recibiendo los elogios; el amante dándoselos, como corresponde a su cargo y posición en la Corte; el jardinero, el humilde artesano, oscuramente interpelado y agradecido, siempre agradecido por todo, aun sin saber, Señorías, cómo agradecerlo. Y entonces la Reina me ha llamado, con esa seña del índice y del medio que solo yo comprendo.
Que resuene un clavicordio en el lejano pabellón, acompañando a una voz suave, dulce, a un francés urdido en recepciones y banquetes; que yo regrese, solo y silencioso, absorto en el transcurrir de los guijarros… Todo va siendo un cotidiano sacrificio, ofrecido al crepúsculo insomne del jardín.
Pero lo que me pide es imposible. Y no porque complique —como otras veces— la geometría y el seto hasta el infinito (yo he trazado sus gárgolas, sus fuentes, sus peinadores, sus faunos, sus doncellas…), sino por esos pasos, veloces, que hacia aquí se encaminan. Y las noches propicias.
Trabajaré, pero van a ser otras mis figuras, no las del torpe retablo, vagamente oriental, que ella me dicta. Durante el día mi corte de operarios dispondrá las semillas y los esquejes, formas que esperan, silenciosas. Y por las noches yo iré trazando sus misteriosos nacimientos. Sé que habré de encontrarme con el rostro o la sombra del amante, expectante o gozoso. Pero él sabe que yo soy aquí el jardinero, y aprenderá a evitarme.
Y vendrá, tras la noche final, el día en que el Rey se digne a visitarme. Me hallará sin peluca y sin polvo de arroz, desgreñado, desabotonado. No pediré perdones ni ensayaré disculpas; no le daré las gracias esta vez. Habrá de ser el sol más hiriente que nunca, a pesar de la calma pasmosa; de los maestros pirotécnicos que trabajen en la sombra, mezclando todavía los colores y la pólvora; del aire de fiesta, con cientos de fogones dilatando el olor penetrante del asado de buey.
Avanzaremos. El Rey y la Reina. Yo. El amante y la Corte. Y en el último parterre se mostrará mi obra —ya no su sueño o su capricho, sino su pesadilla—.
No quiero ver sus rostros espantados. Me conformo con admirar sus rostros esbozados en sus cuerpos de tuya. Y en el centro de todos, esculpida en la tuya más gigante, refulgirá, por vez primera ante sus ojos, alta y afilada, la Diosa de Justicia que invocan los franceses en sus plazas, más allá de la gavota y el nenúfar; del minué y el injerto de rosa.
© félix molina, Relatos falaces, 2026

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