Seres voraces pueblan los campos mundanos,
crean canciones que crepitan por las esquinas
en busca de un tesoro que nunca culmina
porque los sueños de grandeza son, solo eso,
sueños de una noche de verano.
Gritan y presumen de libertarios,
libertinos con cadenas que no permiten salir de la inmundicia.
Son rapaces que anhelan ser el otro,
sentarse en el banquete de los creativos,
mamar de la fuente del saber, sin sentir sed,
y rezar con palabras huecas.
La noche los envuelve en la diáspora de la inteligencia,
flagela la estupidez labrada con esmero durante una vida de sequía.
El trueno los aturde y el rayo los disipa.
No hay cura para el cerebro en barbecho,
solo la carnaza, colma el despropósito.
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