jueves, septiembre 17 2026

EL IDIOMA INFINITO (2) by Alberto Quero

Hace mucho tiempo vivió en una pequeña ciudad, un hombre muy sabio. Tan grave era, que decidió ocultar su nombre, y por ello todos los habitantes de la ciudad le llamaban solamente “el Profesor”

La tarea a la que él dedicó su vida fue la creación de un nuevo idioma. La lengua que él proyectaba debía eliminar los sustantivos por considerarlos insuficientes y poco precisos; éstos serían sustituidos por un par de adjetivos o, en el peor de los casos, por un adverbio y un adjetivo. Así, juzgaba el letrado, las realidades serían nombradas por grupos formales específicos y objetivos.

Animado por tal idea, convocó a sus colegas de todas las disciplinas del saber y les comunicó su idea. Los otros eruditos, entusiasmados por el nuevo lenguaje, empezaron a establecer los nuevos modos de denominar las cosas. Pero eran tantos los intelectuales y tan desbordado era el fervor con el que habían acogido el proyecto que no fue posible hallar orden ni concierto.

Por ello el Profesor propuso una manera para hacer mejor las cosas y trabajar en silencio y armonía: el método consistía en que cada quién escribiera en un papel la definición que proponía para cada realidad específica; todos estuvieron de acuerdo.

–La primera palabra que debemos sustituir –dijo el Profesor- ha de ser la palabra “sol”.

Los presentes manifestaron su aprobación y cada uno escribió en su papel cómo debía rebautizarse al sol. Cuando todos hubieron terminado se procedió a la lectura pública de los resultados.

–Alto llameante –dijo alguien. El resto de los presentes aplaudió el neologismo

–Caliente luminoso –propuso otro, y su planteamiento también fue calificado como un gran acierto

Así pues, cada uno de los numerosos letrados fue exponiendo su explicación de la realidad del sol. Cuando el último de ellos hubo pronunciado su sentencia el docto grupo notó que había tantas definiciones como asistentes, ya que cada uno había contribuido con una declaración diferente a la de los demás.

Tal hecho no hizo sino aumentar el entusiasmo de la selecta asamblea, ya que –según se daban cuenta en aquel momento- habían creado un idioma totalmente variable, debido a los múltiples nombres que podía tener la misma cosa.

Por la misma razón, en aquel instante también acordaron escribir un manifiesto que sería difundido universalmente. Cada país, cada comarca del planeta y aun cada persona se comprometería a contribuir con aquella obra: todo habitante del planeta tendría la obligación de depositar su definición personal de todas las cosas conocidas por el hombre; incluso quienes entonces aun no habían nacido debían ser preparados, apenas vinieran al mundo, para contribuir en la empresa definitoria. De tal modo pretendían crear un idioma que no sólo fuera nuevo sino también infinito, ya que con cada nuevo ser la lengua se diversificaría y crecería en progresión geométrica.

Se decidió, además, redactar un diccionario universal que contuviera todas las formas que ellos imaginaran para designar todos los objetos que el ser humano conoce. También dejaron suficiente espacio en blanco para las combinaciones que producirían las generaciones futuras.

Embriagados con aquella emoción siguieron seleccionando nuevas sustancias y registrando su nueva definición biadjetival. Nuevas y emocionantes discusiones surgieron cuando, por ejemplo, el concilio de intelectuales analizó la palabra “amor”

–Bello absoluto- promovió uno de los convidados y muchos otros le secundaron.

Pero inmediatamente otro saltó de su asiento alegando que aquello era completamente relativo, ya que no todo el mundo veía la misma cosa con los mismos ojos. Y propuso su definición del “amor”

–Falaz absurdo –dijo- y otros tantos, misántropos también, prefirieron esta nueva declaración.

Ante la evidente disyuntiva, intervino, pacificador, el Profesor y propuso incluir ambas definiciones en el gigantesco diccionario. Agregó que justamente de eso se trataba: de buscar el mayor número de posibles interpretaciones de la misma situación, el mayor número de ángulos del mismo plano porque justamente allí residía la infinitud y la riqueza del nuevo idioma. Una vez más, la aprobación fue unánime.

Las siguientes palabras fueron un éxito absoluto debido a la cantidad de reescrituras que podían tener y, por consiguiente, era manifiesto el vertiginoso crecimiento del ambicioso diccionario. “Nube”, “bosque”, “cielo”, “hombre”, “luna”, “mujer”, “sombra”, “niño”, “pájaro”, “agua” fueron sólo algunas de las palabras que fueron nuevamente estructuradas y escrupulosamente anotadas en el glosario general.

Y entre más vocablos estudiaban y más nuevas formas concebían, más crecía el empeño que los doctores le prodigaban a la titánica tarea de reconstruir un idioma y de hacerlo universalmente válido.

Para hacerse más fácil y rápido el trabajo, habían también confeccionado una lista con los términos primordiales en la vida del hombre y se la habían distribuido entre sí de manera que cada uno poseyera una. De este modo evitaban discutir sobre cuál sería la próxima palabra para ser sustituida; al actuar así no sólo se ahorraban tiempo y esfuerzo, sino que trabajaban más ordenada y silenciosamente.

Sin embargo, llegó un momento en que el Profesor notó cómo, lentamente, cada uno de los ilustres contertulios se sumía en un estado que parecía de profunda decepción, dejaba de lado su trabajo y, cabizbajos y sigilosos, abandonaban la sala de trabajo para nunca regresar.

A pesar de su fuerte impresión, el sabio calló y continuó trabajando en la escritura de las reglas básicas para el uso de la nueva lengua.

Cuando la sala se hubo vaciado del todo y cada uno de los doctores hubo huido, el Profesor se acercó hasta los papeles que uno de ellos había abandonado. Empezó a hojearlos, tratando de encontrar la causa de la deserción colectiva de los letrados. Todo le pareció en orden y, sobre todo, completamente inofensivo: el proyecto apenas requería un poco de ingenio y de creatividad y, teniendo en cuenta el altísimo coeficiente intelectual de los ausentes, le pareció incomprensible el motivo de tal decisión.

Entre sorprendido y decepcionado, el Profesor tomó, una vez más, la lista de sustantivos que iban a ser reemplazados y la examinó cuidadosamente: al lado de cada palabra, todos los sabios habían escrito su redescubrimiento, a cuál más excéntrico, de la realidad en sí.

Se detuvo a cotejar cada una de las palabras. Todas las escrutó y el resultado fue siempre el mismo: una súbita interrupción se notaba en las páginas, siempre en el mismo punto de la lista, en la misma palabra.

Y fue en ese instante cuando lo entendió todo: comprobó que todos los doctores se habían detenido en la palabra “muerte” y que, tras sólo verla, ninguno quiso continuar.

Notas:

[1] Tomado de «Aeromancia» (2006) Universidad Católica Cecilio Acosta. Maracaibo.

 

 


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