Para viajar de Montevideo a Pando (Uruguay), en pleno siglo XIX, se usaban las diligencias (carruajes de pasajeros tirados por caballos o bueyes).
Eran sólo treinta kilómetros, pero debido al estado de los caminos (de tierra y fangosos en los días de lluvia) podía tomar una jornada completa para llegar (dependiendo de las condiciones del tiempo).
Lo curioso, y realmente cierto, aunque parezca mentira, es que había pasajes de primera y segunda clase. Estos últimos mucho más económicos.
Los que no conocían el sistema no entendían el porqué de esa diferencia, ya que dentro de la diligencia todos los asientos eran iguales. Entonces sacaban de segunda creyéndose inteligentes.
Pero, cuando el vehículo se atascaba en el barro, el conductor gritaba:
―¡Pasajeros de segunda bajen a empujar!
Y los pobres incautos se tenían que meter dentro del barro para sacar el transporte del lugar en que se había atorado.
Esto, repito que es realmente cierto, detalle por detalle.
¡Cosas de antes!
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