«Demasiado» es, por naturaleza, una palabra negativa.
El muñequito de torta, a imagen y semejanza del homenajeado, debía ser comestible. El entusiasmo por sus noventa y siete años (¡y ni siquiera usa bastón!) contagió a la pastelera de “La Europea” quien, tras arrojar un sincero “¡lo que sea por don Ángel!” se entregó al arte de alumbrar a mi abuelito de mazapán. Lo retiré el mismo domingo, minutos antes del evento. Los demás clientes, en su mayoría conocidos, me ofrecieron saltar la fila a cambio de un vistazo al figurín.
“Le va a encantar” mintieron con deleite mientras lo magreaban con los ojos. Estaba demasiado bien hecho, demasiado realista, con demasiado amor. Lo entendí terríblemente tarde.
—¿Así me veo? —preguntó el abuelo ante la torta de dulce de leche y crema. Apenas le quedaron fuerzas para soplar las velas.
“Así me ven” nos esquivó su mirada apaleada de huida al baño.
Los espejos de la casa, embadurnados por sus lechosas cataratas, lo consolaron con una imagen familiar: de adulto mayor, sí, pero todavía joven. En vano procuró palparse la supuesta joroba.
Volvió por los anteojos y esa fue la última vez que lo vimos.
Desconozco a la persona que regresó por segunda vez y rechazó el postre. Se fue a dormir sin batirnos el café. Nadie tuvo el estómago para comerse al muñequito. Lo envolví en una servilleta de papel y desde entonces vive en mi cartera, a la espera de un veredicto.
Al abuelo lo enterramos dos jueves después de su cumpleaños. Dicen que murió de viejo. Yo sé que lo matamos de viejo.
NATALIA DOÑATE
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