Están desnudos. Solos. El piano solo sirve para que los carboncillos no se agrieten en el suelo. Sueñan, cada uno su sueño: él con mujeres delgadas como Anna, ella con Amedeo.
Está el gato, revoloteando entre la sábana común y la olvidada almohada, pero también un libro abierto justo en la página sobre la que tanto discutieron. Una palangana duerme en las sombras las últimas horas de la noche pasada, y hay un jarrón sin flores, que miente sobre el quicio de la ventana.
Los dibujos tapizan el oscuro escalón que conduce a la cama: ella posando junto a un gato, ella como una odalisca, en el jergón que hace de sofá, ella mirando al vacío… Y en todos desnuda, como ahora.
En el sueño de ella no habitan aún las budiónovkas en punta de la Revolución, con los ojos encendidos y las uñas negras, tampoco las madres rusas de muchos años después, agonizando en las colas de Stalin.
En el de él no viven las botellas finales, la pobreza, el dolor y la fiebre de la meningitis de diez años después.
Ella le ha escrito un verso en ese trozo de papel que se arruga en el bolsillo de la solapa, y que todavía él no ha leído. Es el secreto mejor guardado de la única silla de la habitación.
Él la mira, recortada en aire que los va a despertar, atento y detenido en el amable caballete de la nariz.
Es entonces cuando el gato maúlla. Y todo flota por última vez.
Anna Ajmátova (1889-1966), prendida aquí junto a un pintor italiano –en una troquelación que ha intentado el desnudo frágil de los retratos y la transparencia cristalina de la poeta– escribió una poesía primero acmeista, modelada en Mandelstam, y después poderosamente suya. Su tono es suave y elegíaco, incluso en los desgarros, como Réquiem o el Poema sin héroe, pero donde más la encuentro, aterrizada del dolor, es en esos poemas suyos breves, epigramáticos. No ganó finalmente el Nobel, ahora tan mediático, pero parió poéticamente al poeta Joseph Brodsky, que sí lo ganó, en 1987. Ha sido traducida, entre otros, por Rafael Albertí y María Teresa León.

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