No comprendo por qué no me tocas.
Tal vez creíste que ciertas cosas existen para nosotros del mismo modo que existe la noche: sin pedir nada, sin sentir nada, sin esperar nada.
Te sientas a mi lado. A veces apoyas la espalda contra mí y cierras los ojos, y yo pienso que has venido a verme.
Pero no. Has venido a descansar.
Y yo, que conozco desde hace tanto la diferencia entre ser elegido y ser necesario, guardo silencio. No te reprocho nada. Quizá el amor verdadero consista en eso: en no reclamar aquello que el otro no puede dar.
Sin embargo, hay algo que no logro comprender.
Dices que me quieres. Lo dices cuando alguien amenaza con destruirme. Entonces hablas de defenderme, te indignas, discutes; juras que no permitirás que me hagan daño. Es extraño. Quieres salvarme de la muerte, pero nunca has pensado que también puedo morir un poco de soledad.
No necesito que me defiendas.
Necesito que me toques.
Una vez. Nada más.
Lo he imaginado tantas veces… Tu mano. El peso leve de tus dedos. El reconocimiento de una presencia que no necesita palabras. Entonces sabría que no he esperado en vano.
Pero los días pasan y sigues sin tocarme.
Cuando llega el invierno, la soledad se afila. Hay una crueldad en el frío que solo conocen quienes no pueden moverse. Tú llegas buscando calor; te acercas, te refugias, y yo te cobijo. Y nunca adviertes que también estoy temblando.
Tal vez ese sea uno de los errores más antiguos del hombre: creer que aquello que lo protege no necesita protección.
Una tarde lloré. No sé si fue una tarde verdadera o una de esas que inventamos después para poder explicar una tristeza. Lloré. Tú viste mis lágrimas y te alejaste. Quizá te incomodó descubrir que yo también podía estar triste; quizá necesitabas creerme invulnerable. Buscaste refugio en otro lugar.
Yo me quedé. Como siempre.
Hay destinos que no consisten en llegar a ninguna parte. Consisten en esperar. Durante mucho tiempo pensé que esperaba tu regreso. Hoy sospecho que esperaba otra cosa: que alguna vez pudieras verme.
A veces imagino que camino detrás de ti. Sería una escena absurda: tú avanzando por la ciudad y yo siguiéndote, entrando en los cafés, cruzando las calles, subiendo las escaleras de tu casa. Quizá te reirías. Quizá tendrías miedo. Quizá entonces comprenderías que el amor que permanece inmóvil puede ser más profundo que el que persigue.
Pero no puedo caminar. Algo antiguo me retiene, algo que yo no elegí. Mis brazos son largos y aun así no alcanzan. Los extiendo cuanto puedo, pero entre nosotros hay una distancia que ninguna voluntad consigue atravesar.
Muchas veces he pensado en la muerte. No como un deseo: como una posibilidad. A veces quisiera caer. Dejar de sostenerme, dejar de esperar, dejar que el viento haga con mis restos lo que quiera. Pero mis pies insisten. Hay una fuerza debajo de mí que no comprendo. Tal vez sea la memoria. Tal vez sea Dios. Tal vez sea solo la obstinación de aquello que ha vivido demasiado para aceptar que todo termina.
Y sigo aquí. Quieto, aunque no muerto. Esa diferencia nadie parece conocerla.
Hay silencios que piensan. Hay piedras que recuerdan. Hay casas que extrañan a quienes las abandonaron. Hay árboles que esperan y que, después de una vida entera, descubren que esperaban una caricia que nunca llegó.
Algún día volverás. No vendrás a buscar refugio; no tendrás frío ni necesitarás esconderte de la lluvia. Vendrás porque recordarás que aquí había alguien. Te acercarás y, por primera vez, apoyarás tu mano sobre mí. No dirás nada. No hará falta: hay verdades que llegan tan tarde que ya no necesitan palabras.
Entonces comprenderás que nunca te pedí que me salvaras. Nunca te pedí que me defendieras. Nunca te pedí que te quedaras.
Solo quería que supieras que, mientras tú descansabas en mí, yo también esperaba descansar en alguien.
Estar inmóvil no me impidió enamorarme. Guardé tus secretos entre mis hojas. Sostuve tu espalda cansada contra mi tronco. Permanecí de pie mientras la ciudad corría para olvidar.
Y ahora que por fin sabes quién soy, quizá entiendas la pregunta que durante tantos años nadie supo responder:
¿Por qué no me tocas?
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