

Es domingo, 19 de julio, una fecha que me lleva a otro 19 de julio, el de 1936, que dio al traste con el triunfo del golpe de Estado fascista llevado a cabo contra el gobierno legítimo y constitucional de la Segunda República española. Y fracasó, fundamentalmente, porque las masas anarquistas y libertarias de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), salió a las calles con las armas en la mano para defender la libertad. Dicho esto, vamos a volver a lo que quiero contar.
El domingo, como casi siempre, comienza de una manera muy agradable. Paso a recoger a mi hija Alma en su casa, para comer juntos en la mía. Por supuesto, enseguida hablamos de lo que nos espera por la noche. Me comenta que lleva una semana muy nerviosa por la final del mundial. Yo no me atrevo a confesarle que a mí me pasa algo parecido. Ella sabe que mi selección es Brasil, pero también sabe que me gustaría que ganara España. Ya me pasó en la final de 2010 donde los españoles dieron merecida cuenta de la violenta y agresiva selección holandesa. Ya he contado, en el texto que escribí para “Masticadores”, sobre Brasil, que experimenté en la calle, en concreto en la Plaza de Cibeles, donde se había colocado una enorme pantalla, aquella final y aquella felicidad que derramaron las masas.
Ahora, en este caluroso domingo de julio, tengo alguna idea de qué hacer para vivir esa final. Mi hija tiene pensado ver el partido en su casa, con su grupo de amigas más cercanas. No permite que hablemos de esa final con Argentina: sigue muy nerviosa. Yo le digo que no quiero, ni por asomo, que gane la selección de aquel país: “un país de mierda dirigido por fascistas”, que es la respuesta que da uno de los interpretes de la magnífica película de Ken Loach Riff Raff, al ser entrevistado al salir del estreno de la película. Lo que era válido para el gobierno de Margaret Thatcher, lo es también para el gobierno de Javier Milei.
Después de una tarde maravillosa, en la que aprendo tanto con lo que ella me cuenta, la acompaño hasta su casa para que prepare la llegada de sus amigas. Las espectadoras (Diez) incluida su madre, serán todas mujeres. Estoy super seguro que lo van a pasar en grande. Sin embargo, la tensión sobrevuela esa espera. Yo, en cambio, voy a refugiarme en mi amada biblioteca del Círculo de Bellas Artes que está abierta, aunque sea domingo. Y lo voy a hacer por motivos literarios y porque no tengo la suficiente presencia de ánimo para plantarme delante de un televisor y ver qué sucede en el partido.
Los motivos literarios son de lo más interesante, bajo mi humilde punto de vista. Tras haber devorado, en días precedentes, la maravillosa novela de Borís Pasternak El doctor Zhivago, que tiene una extensión de 700 páginas, de las que he disfrutado desde la primera a la última, y coincidiendo con lo que le escribe el editor Gian Giacomo Feltrinelli al propio Pasternak en 1958, una vez que ha llevado a cabo su publicación en italiano, en primicia mundial, en 1957: “Gracias por El doctor Zhivago, por todo lo que nos ha enseñado. En una época en la que los valores humanos son relegados, los seres humanos se ven reducidos a robots y la mayoría de las personas sólo piensan en huir de sí mismas y resolver los problemas de su propio ego, apresurándose y matando lo que queda de su sensibilidad humana. Zhivago ha impartido una lección inolvidable. Ahora sé que cada vez que no sepa cómo seguir adelante podré volver a Zhivago y aprender de él la mayor lección de mi vida. Zhivago estará siempre a mi lado cuando esas cosas me parezcan perdidas para siempre, para ayudarme a encontrar de nuevo los valores sencillos y profundos de la vida…” Sin embargo, Feltrinelli no fue fiel a sus propias palabras y se olvidó de la lección de Zhivago, de otro modo hubiera sido algo más precavido a la hora de elegir cómo actuar en la política. Amo a Gian Giacomo, conozco muy bien su vida y todo el “affaire” para sacar de la Unión Soviética el texto de Pasternak; sin embargo, no voy a hablar ahora del editor milanés: tal vez lo haga en otro momento.
Volvamos a esos motivos literarios que me llevan a enclaustrarme en la biblioteca. Había comenzado a leer meses atrás una más que fascinante biografía sobre Franz Kafka. Esa biografía, escrita de una manera increíble por el matemático, filósofo y literato alemán, Reiner Stach, consta de dos volúmenes, muy bien editados por “Acantilado”, y mejor traducidos por Carlos Fortea. Vine a saber de esa edición el año pasado, en una conferencia sobre el centenario de la muerte de Kafka, a la que asistían todos los traductores que habían participado en el proyecto de publicación de las obras completas del escritor checo, que ha llevado a cabo desde el final del siglo XX, hasta la fecha de hoy, la editorial “Galaxia Gutemberg, Círculo de Lectores”, y que tengo la suerte de poseer en mi biblioteca. Decía que uno de esos traductores, del que no recuerdo su nombre, porque no eran ni el nonagenario Miguel Sáenz, ni tampoco Carlos Fortea, hace alusión a la citada biografía. Al finalizar la conferencia, me acerco hasta él, le pregunto más en concreto sobre ese libro y me dice: “son dos volúmenes que abarcan 2300 páginas, pero si lo compra se va usted a divertir muchísimo”. Palabras más que certeras, porque en los días de atrás he acabado de leer el primer tomo, que consta de 1220 páginas, y cuando acudo este domingo a la biblioteca del Círculo, ya he iniciado el segundo volumen. Apenas hay gente en la biblioteca: son las 19,30 y hay tres personas, contándome yo mismo. La paz que se respira, siempre es así, ayuda a la concentración en la lectura, y también aleja los fantasmas sobre la final del mundial. El primer volumen acaba con una intensidad, apenas soportable, en el buen sentido, claro está, en la relación que están llevando a cabo Felice Bauer y Franz Kafka. Pero cuando inicio el segundo, con la entrada en escena de la amiga de Felice, Grete Bloch, con la que se cartea Kafka, tras hacerle creer que está haciendo sólo de mediadora, las cosas se elevan a un nivel, esta vez sí, insoportable y desgarrador. Traigo a colación esta parte de la biografía porque por más que muchos lectores o lectoras puedan pensar que esa historia de amor pertenece a una época que ya no existe – cosa que es cierta –, y que por ello no tendría ninguna relevancia para nuestras vidas de sujetos del siglo XXI, diré que se equivocarían. Las actitudes de ese triangulo epistolar, aunque no sólo, son como las que podrían darse en la actualidad, en cualquiera de las historias de amor en las que podamos pensar, incluida las nuestras. Se traiciona la confianza en alguien que escribe cartas a una persona particular y esa misma persona entrega esa intimidad epistolar a otra de las que forman parte de ese triangulo; pero, además, también, como hoy en día, aunque el término no se utilizara como hoy lo utilizamos, se practicaba el “ghosting”.
Sigo inmerso en la lectura de esa biografía, mientras un runrún interno me va corroyendo, sin prisa, pero sin pausa. Cuando llega la fatídica hora del comienzo, trato de concentrarme en la lectura, aunque no lo consigo del todo. Como la biblioteca la cierran a las veintidós horas, no la voy a abandonar hasta unos minutos antes de su clausura.
Estoy ya solo en esa sala rectangular, en una de las mesas del fondo, donde siempre me sitúo. De vez en cuando, miro de reojo mi teléfono móvil; el marcador permanece inmóvil: 0-0. Está a punto de concluir el primer tiempo y nada se mueve. Pienso que igual deben de estar desarrollando un mal juego y tal vez, Argentina está jugando muy bien. A pesar de no haber visto ningún partido de esa selección sudamericana, he leído que está pasando a trancas y barrancas, llegando a darle la vuelta a un partido adverso en los últimos minutos del encuentro. En fin, me hago un sinfín de preguntas en medio del silencio de la biblioteca y de la biografía de Kafka, que abandona esa relación amorosa tan especial de la que hablaba, porque comienza la “Gran Guerra” de 1914-1918.
Son las 21:55 cuando abandono ese recinto y empiezo a bajar las espectaculares escaleras del Círculo, como hago siempre, para salir a la calle. Aún tengo tiempo de acercarme a uno de los bedeles de la entrada – que conozco de sobra, porque alterna ese puesto con la vigilancia de la biblioteca – para preguntarle qué demonios está pasando con el partido. A una de mis preguntas llega a decirme que no están jugando nada bien (cosa que ya comprobaré mucho más tarde, en mi casa, que no se atiene a lo que realmente está pasando), lo que hace que mi cabeza se llene de pensamientos negativos.
He dejado de señalar que otro domingo, el de 2023, fecha en la que se celebraban elecciones generales, también me refugié en la biblioteca del Círculo de Bellas Artes, no queriendo saber nada del recuento de las papeletas cuando se cerraron los colegios electorales. Sí llamé a mi padre, al inicio de ese recuento, y me dijo que el Partido Socialista iba algo por delante. Sin embargo, una amiga con la que había estado unos minutos antes tomando café en una de las terrazas en los aledaños de la estación de Atocha-Mediodía, me manda un audio diciéndome que la izquierda va a “palmar” las elecciones. Me lo dice en un tono algo sibilino que no me extraña, porque la conozco bien, a pesar de que no me guste nada su audio, porque sabe lo mucho que me fastidiaría que la derecha extrema española (PP-VOX) pudieran gobernar nuestro país.
Pero ahora estoy abandonando el Círculo y saliendo a la calle de Alcalá; intuyo, por el modo en el que se mueven algunos aficionados con sus banderas y camisetas por las aceras, y por la calzada, que reina una cierta apatía y desánimo: lo veo reflejado en sus caras. No hay mucha gente; es lógico, estarán llenando bares y cafetería, así como la cercana Plaza de Colón, donde hay instalada una enorme pantalla para poder seguir el partido.
Me encamino – sé perfectamente hacia donde me van a llevar mis pasos – hacia la Plaza de la Cibeles, donde desde el día anterior han comenzado a instalar una estructura de andamios y un escenario que intuyo pueda ser para celebrar la consecución del trofeo de campeones del mundo. Sin embargo, me asalta una cierta duda, y pienso que, con todos los eventos, de todo tipo, que organiza el señor Martínez Almeida, regidor de la villa y corte, tal vez, ese entramado de tubulares metálicos, vayan a ser la parafernalia para alguna misa propiciada por alguno de los grupos religiosos recalcitrantes que ese alcalde apoya. No puedo, en ningún momento, pensar que es para la celebración de un posible triunfo de la selección española, puesto que todo está en el aire. ¿O es que el señor Martínez Almeida ha podido viajar al inmediato futuro y ha sabido el resultado del encuentro?
En las inmediaciones de la portentosa, siempre me lo parece, Puerta de Alcalá, hay bares y locales que exhiben enormes pantallas de televisión donde se agolpan aficionados engalanados con toda la parafernalia correspondiente. Paso deprisa y miro de soslayo, como no queriendo mirar, para no encontrarme con alguna sorpresa imprevista. Mis pasos, como ya suponía, me conducen hasta la enorme entrada, que se asoma a esa plaza, donde está situada la Puerta de Alcalá, del Jardín del Buen Retiro. Penetro, y descubro que apenas hay viandantes que recorran su interior. La oscuridad empieza a envolver todo el recinto; la arboleda comienza a ser – como en otras ocasiones – algo inquietante. Cuando llego a la altura del estanque, sus aguas oscuras apenas rompen la espesa inmovilidad, sino es porque alguno de los barbos que pueblan ese estanque hace alguna pirueta saltando en el aire. No hay nadie, ni siquiera gente apostada en las escalerillas del conjunto escultórico que está enfrente y que siempre miro al pasar por la barandilla de la parte opuesta, que es por donde voy caminando. Se respira una paz y un silencio atronadores. De tanto en tanto, se rompe, mínimamente, por el sonido algo exótico que proviene de algún pájaro que se ha refugiado en la parte más alta de las copas de los árboles.
Mis pasos, como decía anteriormente, me llevan a un lugar concreto, en el que siempre me gusta descansar un rato, porque es un sitio aún más aislado que el resto de la zona central del parque, incluso en los días que hay mucha gente. Esta noche de domingo, plenamente veraniego, jugándose la final del campeonato mundial, el aislamiento es total. Me he situado en las escalerillas del Palacio de Velázquez, situado enfrente de otro palacio, el de cristal. Me apoyo contra esas escaleras, de espaldas a esa construcción de ladrillo rojizo, protegido por las dos figuras de leones alados que lanzan una mirada intimidatoria a quien pase por sus inmediaciones. Siempre ha sido uno de mis refugios favoritos, desde hace muchísimos años, cuando viajaba hasta sus dominios, incluso en invierno, en mi vieja bicicleta holandesa Vederlicht de luxe, que aún conservo impecable, y me reposaba en esas mismas escalerillas, dejándome adormecer por esos cantos exóticos que emiten siempre algunos pájaros del parque al anochecer.
Pero en este domingo 19 de julio, no logro reposarme; mis nervios y mi estado de excitación me lo impiden. Ha empezado ya la segunda parte y el resultado no varía: el 0-0 parece un absoluto hegeliano. No paro de dar vueltas en torno a ese palacio. En un cierto momento sale del recinto un vigilante que me ve como poseído por algún tipo de entidad extraña, porque no consigo estar quieto. Le digo que las cosas que hay apoyadas en las escalerillas son mis pertenencias, a lo que el responde que ya se lo imaginaba. Ha sido producto de mi nerviosismo, como si yo hubiera imaginado que mis cosas pudieran ser, para él, un bulto sospechoso.
Después de su ronda de vigilancia, vuelve al poco, y me saluda. Yo vuelvo a justificarme y le digo que estoy a la espera de oír un gran rumor, proveniente del exterior del parque, que me indique que algo ha pasado. El vigilante nocturno, me asegura que sí, que en ese momento sabré que habrán marcado gol.
El calor es insoportable, incluso dentro del parque. Sólo siento algo de alivio, cuando se ponen en marcha los aspersores que riegan la hierba y otras vegetaciones. Miro, de nuevo mi teléfono, y nada cambia. Debo decir que en algún momento llega hasta mi oído algún rumor fuerte, pero al acudir a mi móvil, veo que el marcador no se mueve. Mucho más tarde comprenderé a qué se debía ese rumor tan estruendoso.
Para ser completamente sincero con los lectores y lectoras, diré que el partido anterior contra la selección francesa – las semifinales – también lo pasé en el Retiro, en las escalerillas del mismo palacio en el que me hallo esta noche. La diferencia, no obstante, es notable, porque cuando salgo del Círculo de Bellas Artes, España ya ha marcado un gol, y al poco de estar en torno a ese palacio, vuelvo a escuchar ese rumor de fondo ensordecedor que me indica que han marcado un segundo gol. La tranquilidad, a pesar de ser la selección francesa contra la que se enfrenta España, es total. Salgo del parque cuando el triunfo es absoluto. Luego, en mi casa, veré el partido y podré darme cuenta del buen juego desarrollado por la escuadra española; también con la templanza y seguridad que lanza el penalti, como si no fuera con él, Oyarzabal.
Miro mi teléfono móvil y veo que los argentinos van a jugar la prorroga con un jugador menos, por tarjeta roja a uno de los contendientes. Han pasado ya los noventa minutos, los dos tiempos reglamentarios del partido, me digo, y todo sigue igual. La prorroga puede ser la antesala del precipicio de los penaltis.
Son ya las 23:45 y debo encaminarme hacia la salida, porque el Retiro lo cierran, a cal y canto, aunque sea verano, a las 00:00 horas: cosas del señor Martínez Almeida. Me dirijo a una de las salidas, la que da frente a las antiguas Escuelas Aguirre, que está enmarcada en su parte central por una columna de estilo jónico, que lleva adosado a su estructura un brazo de cinco faroles que le dan un cierto empaque. Me pilla lo suficiente retirada de la parte donde estoy para hacer tiempo y que se completen los dos tiempos, o casi, de la prórroga. Atravieso, de nuevo, el estanque oscuro y vacío y encamino mis pasos hacia esa salida. Siento una especie de ansiedad que se me posa en el estómago, porque todo está en silencio y ningún murmullo llega del exterior. Efectivamente, miro el móvil, y el 0-0 permanece. Acaba de concluir el primer tiempo de esa prórroga.
Tengo que indicar que el deseo grande que tengo de que seamos campeones del mundo, es sobre todo por mi padre (cuya vida ha estado vinculada desde siempre al fútbol y al baloncesto, ocupando algún que otro cargo, a veces, importante) y por mi hija; y sí, un poco también por mí, a pesar de que mi selección, como ya saben los lectores y lectoras, sea Brasil. Mientras estoy ya en el “paseo de coches”, completamente vacío, a una cierta altura que me lleva hasta esa puerta de salida de la que hablaba, pienso que habría podido ser una final con otro equipo; por ejemplo, el mismo Brasil; podría haber sucedido, si la selección brasileña no se hubiera arrojado al precipicio, sin que nadie la empujase, en el partido contra Noruega. Si la final hubiese sido entre Brasil y España, mi gozo hubiera sido total, infinito. Porque, aunque Brasil no hubiera conseguido su sexto título, alejándose un poco más del resto de selecciones que tienen estrellas, y España hubiera alcanzado su segundo campeonato del mundo, eso también me habría hecho feliz. Ahora, que seguramente estarán a punto de iniciarse los últimos quince minutos de juego, la incertidumbre es total.
Diviso ya, a lo lejos, la puerta que da a la calle O’donell, y nada sucede. De pronto, cuando estoy a unos doscientos metros de la salida, el silencio de la noche se rompe con un estruendo bestial. Miro el móvil, pero el 0-0 permanece. Sin embargo, cuando oigo al otro lado de la puerta de salida, ya en la calle, un claro “¡gol, gol!!”, no tengo ninguna duda. La disfunción entre los tiempos reales del suceso y el teléfono, de unos pocos segundos, ya se ha producido, y al mirarlo puedo ver el 1-0 favorable a España. Cuando salgo, veo a dos chavales que tienen aparcado el coche frente a la puerta del parque y les pregunto: me confirman el gol y su autor, Ferran Torres.
Al igual que he ido haciendo dentro del parque, caminar lento para que terminase el partido, lo hago ahora en la calle. Comienzo a zigzaguear, porque de otro modo llegaría en un abrir de ojos a la Plaza de Colón; y todavía no quiero hacerlo. Inconscientemente, mis pasos me van a llevar hacia una calle, tras atravesar Serrano, que tiene un gran significado para mí. Aún me detengo unos segundos en una terraza atestada de jóvenes que miran el partido en una pantalla bastante grande. Están silenciosos, porque nada ha vuelto a cambiar el resultado. No obstante, antes de llegar a ese lugar, había vuelto a escuchar un estruendo que no tiene confirmación cuando miro el teléfono, en cuanto a que se haya modificado el 1-0. Cuando vuelva a casa y pueda ver el partido con mis propios ojos, entenderé el porqué de ese rumor que había escuchado en mi deambular.
Los minutos no parecen querer pasar nunca. Cuando llego a la altura de la calle del Cid, un cierto temblor me recorre el cuerpo. Es hasta ahí donde mis pasos, de manera consciente o no, querían llevarme. Es en esa calle donde estaba alojado un “fantasma” que me ha perseguido durante muchos años: El Frontón Recoletos, obra de mis admirados Secundino Zuazo Ugalde y Eduardo Torroja. Siendo considerada, por todos los entendidos en la materia, como la más excelsa obra arquitectónica contemporánea española, uno de los últimos alcaldes fascistas, García Lomas, para más señas, ordenó echarlo abajo, en medio de justificaciones espurias, como hacían siempre los franquistas. Y eso que él mismo era arquitecto. Ahora, cuando mi corazón late con fuerza al atravesar esa estrechísima y pequeña calle, puedo observar un grupo de jóvenes que lucen la camiseta de Argentina, que están medio derrengados por las aceras y la calzada de la calle. Por supuesto, no tendrán ni pajolera idea de lo que había estado allí en su día. Esa escena, me produce una cierta calma porque indica que los argentinos no están logrando empatar el partido.
Enseguida estoy en el Paseo de la Castellana desde donde diviso la cercana Plaza de Colón. Pregunto a unos y a otros, pero parece que, al igual que yo, no quieren saber nada, porque no logran decirme cuánto tiempo falta para que todo acabe. Al final, una pareja – todavía joven – en torno a la cuarentena, me confirma que faltan cinco minutos para el final. “¡Cinco minutos, todavía!”, exclamo yo de manera tan rotunda, que provoco una carcajada en la mujer. Bordeo la Castellana y decido subir por una de las calles paralelas a la plaza, que va a dar a las Salesas, a la Audiencia Nacional y al Liceo Francés. Dos chicas me confirman que acaba de terminar el partido: ¡Ya somos campeones! Estoy feliz, y algo nervioso todavía. También mis pasos me van a llevar, muy conscientemente, a la esquina de la calle de Genova con la calle que estoy transitando, donde en su chaflán, ¡aún!, se alza el símbolo que homenajea al dirigente y fundador de la Falange (el partido fascista español), José Antonio Primo de Rivera, que había nacido y vivido en esa casa. Supongo que muy pocas de las personas que disfrutan de esta noche tan especial, sabe de su existencia.
Cuando bajo la calle para introducirme directamente en la Plaza de Colón, me sorprende que no haya tanta gente como yo hubiera esperado. Tiempo al tiempo, porque es sólo una falsa impresión. La gente exulta de alegría; ni un signo fascistoide en ninguna de las banderas o camisetas que se ven. Tampoco escucho ningún grito contra el presidente del Gobierno. “Vamos bien”, me digo a mí mismo. Después de algunos minutos contemplando la alegría desbordante y el buen rollo imperante, decido atravesar la plaza y me dirijo por la calle de Goya para toparme con la calle de Serrano. De ahí, en un pispás, a la Puerta de Alcalá, y bajar la calle para encontrarme con otra plaza, la de Cibeles. Pero antes, observo en una de las terrazas, siempre repleta de “guiris” cualquier otro día, en una pantalla, la entrega de medallas y trofeos. Puedo ver a Donald Trump que sonríe, no sé muy bien por qué, y al Rey Felipe, éste con toda la justificación, cuando se va abrazando a casi todos los jugadores. Cuando le entregan la copa del mundo – debo de decir que un bonito trofeo, por su diseño – al capitán español, “Rodri”, todo se desborda. En un cierto momento, el presidente Donald Trump pretende quedarse para la foto de familia. Sin embargo, no lo consigue, porque un jugador español le invita a que salga del encuadre de la cámara que va a sacar esa foto para la historia.
Bajo desde la Puerta de Alcalá hasta la Plaza de la Cibeles, y sigo extrañándome de no ver las masas que hubiera esperado ver. De nuevo, tengo que escribir que tiempo al tiempo. Es verdad que la final acaba de concluir y, tal vez, la gente guarde energías para el recibimiento a los jugadore al día siguiente. Oteo y disfruto, sintiéndome integrado en ese barullo festivo. Mi hija que ha visto el partido desde su casa con el grupo de amigas, también se va a echar a la calle. De hecho, nada más marcar el gol Ferran, me llama, cuando yo acababa de salir del Retiro. Yo la había llamado al final del tiempo reglamentario, abandonando el Palacio de Velázquez, y apenas podía contener su preocupación. No logro sacarle ni una sola palabra de como está yendo el partido: es evidente, está muy nerviosa.
Cuando decido retirarme a mi barrio, en la periferia, en Vicálvaro, antes de que cierren el metro, es cuando lo que he venido diciendo de tiempo al tiempo, se materializa. Riadas y riadas humanas se dirigen hacia Cibeles. Al llegar, de nuevo, a la Puerta de Alcalá, observo algo que me deja bastante perplejo: varias unidades de antidisturbios, de la policía nacional, hacen su entrada y se detienen justo ahí. Enseguida se ponen sus cascos, sacan sus escudos y sus fusiles para disparar pelotas de goma o botes de humo. En realidad, no hay ningún tipo de disturbio; la gente disfruta de todo con absoluto civismo. Sin embargo, suenan algunos disparos provenientes de los fusiles de esos policías. Me pregunto, indignado, quién demonios habrá dado la orden para que aparezcan así, de pronto, sin que nadie los haya llamado. También me pregunto, muy indignado, quién demonios ha dado la orden para que empiecen a circular coches y más coches, poniendo en peligro la vida de los confiados transeúntes que están ajenos a que el tráfico rodado se ha vuelto a reanudar. ¿Está el señor Martínez Almeida detrás de esta última orden? No tengo ni idea. Lo que sí sé, es que la siniestra clase media no puede permanecer ni un solo segundo sin sus vehículos privados.
Según avanzo por Alcalá, hasta la estación de metro de Príncipe de Vergara, que es donde cojo la línea nueve para volver a mi casa, la riada humana es cada vez mayor; me cuesta verdadero trabajo avanzar. Cuando ya estoy subido en el vagón, los que vienen en dirección contraria, para bajarse en esa estación que he indicado, desde donde pueden dirigirse caminando hasta Cibeles, los trenes van completamente petados, llenos a rebosar de un gentío que no para de gritar y de cantar.
Cuando llego a Vicálvaro, aún hay jóvenes que siguen celebrando la victoria, atreviéndose incluso a cortar la calzada con sus banderas de España; no me hubiera imaginado que también en mi barrio hubiera fiesta. Son casi las dos de la madrugada cuando entro, por fin, en mi apartamento. Me tomo muy rápidamente un tente en pie y me pongo delante del televisor para ver el partido completo, lógicamente en diferido.
Enseguida me doy cuenta que los españoles desarrollan un juego rápido e interesante. Se pasan la pelota con inteligencia y penetran en el campo contrario con suma facilidad. Por momentos, creo estar viendo jugar a Brasil, cuando esa selección desarrolla un juego como sólo ellos saben hacer. Sin embargo, esa alegría mágica que sale de las botas de la “canarinha”, ni la tiene España, jugando como los ángeles, ni ninguna otra selección. Es eso que, en otros ámbitos, se denomina “duende”. Dicho esto, casi obligado para un entusiasta de esa escuadra, como saben los lectores y lectoras, que soy yo, sigamos con esa final. Por supuesto que los dos goles anulados, lo son de manera harto discutible. No hay falta al jugador argentino, que se tira al suelo el solo, antes de que Lamine Yamal marque un gol espléndido. Tampoco veo esa supuesta foto “finish” que en el ciclismo es bien clara, o incluso en el atletismo, cuando marca su segundo gol Ferrán Torres: el brazo del jugador argentino sobresale un poquito más que la del español.
Pero volvamos al partido; la selección hispana sigue desarrollando un juego magnífico, a pesar de lo cual no logran que el gol suba al marcador. Los argentinos, erráticos, sin ideas, y sin ninguna profundidad, apenas logran arañar algún disparo sin ningún tipo de consecuencia. El astro que responde al nombre de “Messi”, es un muñeco roto, al que la defensa española le ha hecho saltar la cuerda. Está claro que quieren ir a la prórroga y, más allá de ella, a los penaltis. No tienen más cartas que mostrar: y eso que es la vigente campeona del mundo.
Me congratula escuchar al comentarista de la televisión pública española, un tal Juan Carlos Rivero, al inicio de la prorroga que ha logrado conquistar la selección argentina, decir que: “somos un país unido en la diversidad”; exacto, eso es lo que somos, o deberíamos ser, si la maldita derecha española, toda autoritaria, cuando menos, nos dejara vivir en paz.
Pero sigamos con el partido; se ataca por parte española, pero nada de nada. Nada más comenzar la segunda parte del tiempo suplente, las cosas cambian de manera drástica. Todavía sigo dándole vueltas – lo he visto una decena de veces, por lo menos – a cómo demonios se le ocurrió a Pedro Porro bombear ese balón al área izquierda, muy pasado, al que llega Nico Williams con la cabeza, golpeándolo, antes de que salga, hacia atrás, para que llegue como una exhalación Ferran Torres, y con la pierna izquierda lance el balón al fondo de la red de la portería argentina. Cada vez que lo veo, me parece una ocurrencia genial. Lo digo, porque se menciona, continuamente, como es lógico, al autor del gol, e incluso el cabezazo de Williams, pero nada se dice de la genialidad mágica de Pedro Porro.
Viene después, casi inmediatamente, el segundo gol de Ferran, anulado injustamente, bajo mi humilde opinión de espectador – esa irreal foto “finish” – y los minutos finales de angustia donde los argentinos, en realidad, no logran poner en apuros a los españoles. ¡Somos campeones del mundo, por segunda ocasión!
Me voy a la cama, tardísimo, casi cuando la hora digital de mi teléfono móvil señala las cinco de la madrugada. ¡Qué más da!, ha sido una noche emocionante y gloriosa, desde mi “confinamiento” voluntario en el parque de el Retiro. El lunes habrá que ir a esperar a estos chicos tan jóvenes que han vuelto a hacer historia en la ciudad de New York, que me tengo prohibida, como tantas otras, porque me dan pánico los aviones: ese modo “inhumano” de trasladarse de una parte a otra del planeta. Pero eso son mis paranoias y mi neurosis.
Al día siguiente, por la tarde, antes de ir a esperar a la selección española, campeona del mundo, me espera la magnífica biografía de Reiner Stach, que ya he citado, sobre Kafka. Entro de lleno en el capítulo de la “Gran Guerra”, en el que, de manera muy inteligente, Stach incluye parte de la introducción al folleto de Sigismund Borkheim, de Friedrich Engels, de 1887, en el que décadas antes del desastre mundial, el compañero de Marx, predice de manera bastante inquietante lo que está por venir: “Y por fin ya no es posible para Prusia-Alemania otra guerra que una guerra mundial, y una guerra mundial de una extensión y virulencia insospechadas hasta ahora. De ocho a diez millones de soldados se estrangularán entre sí, y devastarán Europa como ninguna plaga de langosta lo ha hecho nunca…”
Continúo leyendo la biografía en la biblioteca del Círculo de Bellas Artes, que aparece medio desierta, como acontece en los últimos días, en los que el pleno verano ha hecho desaparecer, inclusive, a los opositores y opositoras que la pueblan en los meses otoñales e invernales. No resisto mucho tiempo, porque quiero lanzarme a la calle, donde las masas – ya lo he podido contemplar cuando iba camino de la biblioteca – se están apoderando “pacíficamente” de un amplio territorio de la ciudad. Antes de ir a la biblioteca, me he sorprendido a mí mismo con una sorpresa inesperada. Antes de entrar en las profundidades del suburbano, me pasa por la cabeza una idea algo incongruente con mi forma de pensar en términos políticos. Recuerdo que existe una vieja mercería – si la especulación predadora no ha acabado con ella – en la calle del Conde de Peñalver, cercana a la estación de metro de Goya, que es donde yo lo cojo para ir hasta el Círculo de Bellas Artes. ¿Pero qué es lo que se está abriendo paso en mi cabeza, se estarán preguntando los lectores y lectoras? Pues muy simple y, al mismo tiempo, tratándose de mí, un poco raro. He pensado comprar un trocito de cinta, con los colores de la bandera nacional, que sé que la venden en ese tipo de establecimientos, y hacer una especie de lacito con ella, trenzada con un imperdible. Dicho y hecho. La mercería sigue estando en su sitio, como siempre. Le digo al dependiente, que debe de ser el dueño, ya que hay una muchacha también detrás del mostrador, si puedo comprar eso que acabo de describir, y el señor, muy amable, confecciona ese lazo y me lo prende de mi camiseta, que es roja oscura, para no desentonar del todo con las miles y miles de camisetas que portan las masas. Mientras escribo, contemplo esa pizca de enseña nacional. Salgo seguro, incluso contento, portando sobre mi camiseta ese trocito de banderita que me permitirá, de manera clara, identificarme con la masa de aficionados y aficionadas. Por fin, por primera vez en mi vida – soy republicano y marxista, para más señas – me he atrevido a permitirme este mínimo gesto: incluso, desde un punto de vista estrictamente estético, no se la puede comparar a la bandera tricolor, con esa conjunción “cuasi” perfecta de colores: rojo, amarillo y morado.
He decidido ver la caravana que sigue al autobús de los jugadores, en las inmediaciones de Alonso Martínez, eso hará que la espera no sea tan larga, como si hubiera decidido encaminarme hacia Colón o Serrano. No obstante, no va a ser tan así, como yo pienso. Callejeo por el barrio de Chueca para ir acercándome hasta esa zona que he decidido para ver pasar la comitiva. Hay muchísima gente deambulando por las calles. De tanto, en tanto, escucho la radio en mi teléfono móvil para poder calibrar cómo se mueve todo ese cortejo. Sé que ya ha terminado la recepción en el Palacio de la Zarzuela, por parte de la familia real, y que están a punto de ser recibidos por el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, que haciendo una auténtica sesión maratoniana, nada más bajarse del avión que lo traía de New York, por la mañana, donde había asistido, la tarde anterior, junto a los reyes, al partido, viaja hasta Argelia, para firmar importantes acuerdos de suministro de gas, y vuelve a Madrid, a tiempo, para recibir a la selección.
Según me voy acercando a la calle de Sagasta, al lado de la glorieta de Alonso Martínez, empiezo a darme cuenta de la cantidad de gente que ha salido a las calles de la ciudad. Cuando estoy ya situado en una de las aceras, puedo divisar perfectamente la continuidad, como una línea recta infinita, de esa masiva presencia humana. A lo lejos, la glorieta de Bilbao aparece repleta. Se habla en la radio de 100.000 personas, luego, de 200.000, 600.000 y, más tarde, un millón. Sin embargo, esas apreciaciones se quedarán cortas, cuando se tengan todos los datos. Al final, hay en las calles una marea de 2.000.000 de personas. Ya le gustaría a cualquier partido, movimiento, e incluso revolución, contar con una masa de ese calibre.
La espera se hace larga, no sólo a mí, sino a los miles de personas que aguardan el paso de la comitiva. Aunque me he situado en una zona donde hay sol y sombra, el astro rey es implacable. No sopla ningún tipo de brisa, y aunque son ya casi las nueve de la noche, no acaba de bajar para esconderse en otras latitudes.
En ningún momento escucho insultos contra el presidente del gobierno; no solo, entre los miles de enseñas nacionales que veré a lo largo de toda la noche, no descubro ninguna fascista con el águila, el yugo y las flechas. Tal vez, me digo con cierta seguridad, la crispación y el enfrentamiento esté en los más-media, muy interesados en alimentar la estrategia que ha puesto en pie la derecha española – toda extrema – desde que fueron desalojados, tras la moción de censura exitosa, del gobierno de la nación.
Por fin, a lo lejos, intuyo lo que pueden ser los autobuses del cortejo, precedidos por furgones celulares de la policía, que lanzan al cielo el parpadeo azulado de sus faros. La gente, pequeña, mediana y mayor está nerviosísima, porque el ansiado momento se acerca ya de manera inexorable. Cuando están a mi altura, el griterío y los aplausos son un enorme estruendo atronador. Me emociono al ver a esos chavales tan jóvenes que han conseguido algo tan especial, que unifica las miradas y el pensamiento. Cuando han traspasado el lugar donde me encuentro, como sé que avanzan con suma lentitud, me incorporo a otros cientos que corren desbocados por las calles adyacentes, para tratar de volver a verlos pasar. Queriendo, o sin querer, me vuelvo a situar, como la noche anterior, en el chaflán de la casa donde vivía José Antonio Primo de Rivera; miro hacia el ángel que custodia las palabras: “aquí nació…” y le hago los cuernos con mis dos manos; un tipo me mira con desdén, tal vez no sabiendo hacia quien va dirigido ese gesto, o tal vez sí, y de ahí su mirada despreciativa; me importa un carajo, claro está.
No sólo contento con volver a verlos pasar por segunda vez, atravieso la plaza de Colón y subo por el lateral de la Biblioteca Nacional, para salir a la calle de Serrano. La masa de gente, que aún espera a la comitiva, es inimaginable. Yo, ni corto, ni perezoso, porque sé que hay policías que vigilan en la calzada, oso cruzar la calle para pasarme al otro lado de la misma. Ninguno de los cuerpos de seguridad del Estado detiene ese atravesar mío. No lo hago por ningún tipo de extravagancia, más bien por un gesto cariñoso hacia mi hija. Es fácil entenderlo; en el lado derecho del autobús de los jugadores, que es donde siempre he estado situado, he podido otear que no está colocado Ferran Torres. Sé cuanto le gusta ese jugador a Alma, mi hija; como está fuera de Madrid y le he prometido mandarle fotografías del evento, voy a tratar de hacer la que me falta desde la otra acera, de ahí mi osado atrevimiento. Cuando el autobús vuelve a pasar, el estruendo aún es mayor, si cabe, porque la calle de Serrano es mucho más ancha que la de Sagasta, donde yo los había visto pasar la primera vez. Hago las pertinentes fotografías y huyo a todo correr hacia el parque del Retiro. La puerta de Alcalá, y sus aledaños, está repleta: sería misión imposible quedarse a verlos desde ahí; no obstante, ya he tenido bastantes visiones anteriormente. Me voy hacia ese parque, para poder salir por una de sus puertas, la que da al Casón del Buen Retiro, donde estuvo colgado, al principio de recalar en Madrid, El Guernica de Picasso, recién traído del MOMA de New York. Me voy hacia la calle Antonio Maura, para bajar sin el agobio de la masa, aunque también hay personas que han decidido tomar esa vía para poder llegar hasta las inmediaciones de la plaza de la Cibeles, que es donde va a tener lugar la ceremonia final, con la aparición de los jugadores sobre el escenario.
Siempre que paso por la calle de Antonio Maura, mis ojos se van hacia el palacio maravilloso, sito en el número 9 de esa calle, con las heridas de la guerra civil, en forma de trozos de granito arrancados por disparos de mortero, o de lo que sea, porque en ese palacio estuvo, durante la contienda, la sede del Partido Comunista de España. Existen fotografías en las que se puede ver en el balcón de ese palacete a Dolores Ibárruri y a José Díaz, dirigentes de ese partido. Siempre me he dicho que no eran nada tontos los dirigentes de ese partido estalinista al elegir como sede ese edificio.
Enseguida estoy en el Paseo del Prado, muy cerca de la plaza donde hay montado un atrezo espectacular para que todo se desarrolle de manera perfecta. Sin embargo, a los pocos minutos, decido que ya he disfrutado suficiente de la fiesta y decido volver a mi barrio de Vicálvaro. Ya en mi casa, veo algunas imágenes del evento, que aún sigue desarrollándose. Después, todo ha concluido. España ha conquistado su segunda copa del mundo, en medio de la alegría desbordante de millones de personas, que en lo que yo he podido observar, ha prevalecido el respeto y la educación. Durante dos días, España ha sido “un país unido en la diversidad”, Juan Carlos Rivero, dixit. Puedo afirmar, sin lugar a dudas, que he disfrutado muchísimo, incluso más que en lo que aconteció en Sudáfrica, en 2010. Quizás, también, porque yo mismo me he despojado de ciertos prejuicios que aún mantenía en aquella época. Seguramente, incluso, porque ahora soy un poco más viejo: sonrío.
La imagen de la izquierda retrata a la selección española celebrando la conquista de su segunda estrella mundial. La alegría es desbordante en todos ellos, como se puede ver.
Notas:
La imagen de la derecha, en blanco y negro, es una foto icónica de Felice Bauer y Franz Kafka. Transparentan que es una relación asentada y feliz. Sin embargo, nos engañaríamos si llegásemos a esa conclusión. Los casi cinco años de relación, más epistolar que otra cosa, con escasos encuentros presenciales entre los dos, representan la imposibilidad que a veces se produce entre los seres humanos para que el amor pueda abrirse paso entre ellos. En el caso de Felice y Franz, confluyen demasiadas cosas para que eso hubiese podido llegar a pasar; a pesar de que en algún momento pareció que eso podría ocurrir, sabemos a estas alturas, que no podía pasar, incluso por una cuestión de atracción física y sexual, que no se produjo jamás entre ellos.
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