A las personas que nos gusta escribir a veces nos surge un problema: la falta de comunicación o entendimiento con nuestro personajes. Esos que la mayoría de las veces surgen de nuestra imaginación, de nuestro deseo de sacar fuera de nosotros algo que nos bulle en la cabeza. Pero muchas veces ese “parto” no nos sale bien. De repente dejas de sentir esa comunión con el, no sabes por donde tirar, en que camino ponerlo, por donde echarlo a andar, te frustras y la novela se para.
Hay dos soluciones posibles: o bien aniquilas el personaje en cuestión u ocultas todo lo escrito en un cajón a la espera de poder resucitarlo algún día y poder así continuar escribiendo. Pero también existen otros personajes; los que te regala la vida, esos que tienes ahí cerca de ti y no te has parado nunca a enamorarte de ellos. Yo por ejemplo me he enamorado de Marta, no se si se llama así, pero creo que ese nombre le va muy bien. Vive en una finca enfrente de mi casa, tendrá unos ocho años. Luce una melenita oscura con flequillo, es de cuerpo delgado y menudo y mirada vivaracha. Vive con los que creo sus abuelos y a veces la sorprendo vigilándome desde la galería, de igual manera que yo la vigilo con disimulo a ella, pero nunca pasa de ahí.
La veo venir del colegio de la mano de su abuela, una señora que debe tener, además de bastantes años, un problema grave de artrosis pues camina muy encorvada y en cuanto al abuelo he podido apreciar en algunos paseos que dan los tres juntos que padece algún problema de demencia.
La pequeña Marta siempre está ahí con ellos, se asoma al balcón y lo mira todo curiosa con sus grandes ojos oscuros. Tengo la sensación de que se siente sola pero intenta ser feliz con lo que tiene. ¿Por qué Marta esta al cuidado de dos ancianos que lo que necesitarían es que los cuidaran a ellos?, ¿dónde está la madre o el padre de la pequeña? Y aquí empieza la creación del personaje: Recuerdo bien cuando recién casada nos mudamos a vivir a esta casa, toda exterior, toda a la calle. Era
una delicia asomarse mirar al norte y poder ver la fértil huerta valenciana. Al fondo algún pequeño pueblo y las montañas de la zona de Naquera, entonces sólo se escuchaban los pájaros y a veces se olía el acre olor a estiércol de los campos recién abonados. Al este se abría la calle, a ahora peatonal, a uno de los extremos de la ciudad. No conocíamos a nadie y ayer como hoy me gustaba sentarme en uno de los balcones y mirar a los vecinos pasar atareados a la compra o a sus quehaceres.
Enfrente mirando al este en el primer piso, un matrimonio de mediana edad se afanaba en sus labores. El vestido de arriba a abajo de color marrón oscuro arreglaba muy concentrado una bicicleta y ella muy bien peinada, con un delantal impoluto, tendía la ropa ayudada por una muchachita rubia, su hija, de unos trece años de edad.
Al poco tiempo yo fui madre y la jovencita rubia se convirtió en una adolescente a la que veía pasar con el uniforme camino de la escuela, siempre muy bien acompañada por un grupo de chicos y chicas que gritaban y reían a carcajadas. Su madre desde el balcón a veces les reprendía para que no alborotaran tanto a primeras horas de la mañana.
El tiempo implacable paso. Fui madre de nuevo y la tarea de criar a mis propios hijos me alejó de los
balcones y de las vidas azarosas o tranquilas de mis vecinos. Un buen día la chica rubia, hija única del matrimonio de mediana edad del primero dejo de alborotar y no la volví a ver. Ellos envejecieron mucho , la edad es un enemigo implacable que nos regala sin quererlo achaques y arrugas. Mis hijos también crecieron, mi matrimonio expiró y volví al balcón, a veces en busca de sol y otras para ver como discurría la vida. La huerta mirando al norte casi había desaparecido engullida por una circunvalación. La calle al sur, ahora sin tráfico, se llenó de parterres, bancos y pequeños parques que permitían el disfrute tranquilo de los vecinos.
Y un día en el balcón donde un día la chica rubia ayudaba a tender a su mamá -un chica de la que nunca supe el nombre- apareció ella Marta, con su melenita castaña y su mirada soñadora junto a una anciana encorvada que barría con esfuerzo mientras la pequeña le sostenía el recogedor. La observo muchos días mientras baja al colegio cercano de la mano siempre de la que supongo su abuela y luego también las veo volver. El abuelo no sale ya a arreglar nada, aquejado dicen de demencia, o de tristeza veté a saber.
Los fines de semana por la mañana la veo asomarse al balcón que da a la cocina con un vaso de leche en las manos. Se queda extasiada mirando a una calle en la que apenas hay gente y los columpios del parque próximo, vacíos a esa hora tan temprana.
¿Dónde estará la madre de esa niña, que le habrá pasado? Y fantaseo: Posiblemente sea una viuda muy importante y se dedique a viajar por el mundo, que se yo; una corresponsal de guerra ; una modelo internacional; una ingeniera de la NASA; una bailarina famosa..
Tal vez sea madre soltera y haya conseguido un buen trabajo en otra ciudad , se haya enamorado de
nuevo y este buscando el momento adecuado para llevarse a la pequeña a vivir con ellos. O puede también que este en prisión por cometer un delito grave, y como única progenitora no le haya
quedado más remedio que dejarla al cuidado de sus ancianos padres.
Cabe la posibilidad más triste: que haya muerto al dar a luz a la pequeña Marta…
Es lo que tiene vivir en una gran ciudad que fantaseamos sin preocuparnos demasiado por conocer a
nuestros vecinos. Nos metemos en nuestras casas y procuramos no molestar y mucho menos que nos
molesten, no necesitamos esa familiaridad y buena vecindad que se da en núcleos pequeños de población.
Nos volvemos tristemente individualistas.
Pero hoy me siento feliz. Esa niña a la que miro desde hace tiempo con disimulo cuando asoma su
cabecita por la galería de la cocina , y a la que a veces descubro mirándome a mi , hoy ha alzado su
pequeña mano y me ha saludado. Le he devuelto el saludo y le he dicho bajito:
―¡Hola!
Su sonrisa y su hola han sido en un tono bastante más efusivo que el mío, de manera que me he sentido muy dichosa, tanto como la protagonista de “Bajo el sol de la Toscana” al final de la película. Los que la hayan visto sabrán a lo que me refiero.
Gracias pequeña Marta.
@Inmaculada Campos
@Imagen Pinterest
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