LAS NOVIAS DE LA MUERTE – Kuru y Berhane – 01 por Gocho Versolari

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El códice mortuorio establece que médicos y astrólogos  deben calcular con una precisión absoluta la muerte del noble. Afirman las vetustas páginas: Sus instrumentos y su comprensión estarán tan afilados que será imposible que fallen. Deben predecir la enfermedad, el color de la piel, los matices de la lengua y las características del pulso  antes de la muerte…serán como arqueros, cuyo blanco es la tierra. En el caso que no fuera cierta la predicción, el responsable será sumergido en el “infierno azul”: se clavarán astillas ardientes debajo de las uñas, se cortará un tendón del cuerpo cada media hora  y luego se lo   someterá a una lenta decapitación, quebrando de a poco sus cervicales, de modo que sienta   el   alfanje   devastando lentamente los tejidos.

 Las memorias del palacio, registran la tercera vez durante mi reinado en la que  estuvo a punto de aplicarse al médico y a los augures la terrible  pena descripta en el códice. El moribundo fue Kuru,  ministro de guerra, que también lo fuera de mi padre. 

Era el único de los miembros de la corte que desafiando la ley, no sólo había compuesto poemas, sino que por las noches los cantaba públicamente  en  la taberna. Protegía a cantidad de poetas clandestinos: con  la fortuna, heredada de su padre y de su primera esposa que falleciera a los dos años de casados, mantenía refugios para los vates y complicaba la tarea de los gendarmes que debían apresarlos. 

La ley no escrita que rige la conducta de reyes y nobles, establece que en un caso como el de Kuru, no correspondía castigo y había que recurrir a la persuasión, de modo que muchas veces lo llamé a mi despacho. El noble se arrodillaba frente a mí, con la cabeza baja, y una y otra vez escuchaba de mis labios los viejos argumentos contra la libertad de componer y cantar versos en público:  La poesía es demasiado sagrada como para derrocharla y profanarla en noches de borrachera. Ya tuviste oportunidad de celebrar con versos el nacimiento de tu primer hijo, y ahora debes reservar tus endechas para cantarlas en brazos de tu Novia de la Muerte. Querido amigo, ella será hermosa, de modo que debes conservar tu alegría para expresarla en forma de himnos, de agradecimiento a tu dios o a la nada. Te prometo que entonces abriré las puertas del palacio para que tu canto resuene en estos negros muros. 

En mi arenga insistía en que la poesía para ser bella debía contenerse, guardarse en el silencio y asomar pocas veces en la vida. Describía los silenciosos versos de la naturaleza: el verde de los campos, el silbar del viento, el canto de los pájaros: si anteponemos nuestros tristes y escuálidos sueños, nunca escucharemos la luminosa belleza del mundo. 

Terminaba exigiendo que entregara a los poetas que protegía; que su actitud al oponerse a los edictos reales,   estaba cerca de la conjura, del cisma y exigía el arrepentimiento. 

 Kuru asentía y a veces, ante mis exhortaciones lloraba suavemente. Luego besaba mi mano y juraba fidelidad, pero al poco tiempo mis espías me informaban que lo habían visto otra vez en la taberna, cantando casidas a voz en cuello, componiendo sus versos con una desfachatez propia de mejor causa y ayudando a poetas perseguidos por transgredir la ley.

 La muerte de Kuru fue prevista cuando aún reinaba mi padre,    para el mes de nizan del año 10 306 de nuestra dinastía.  Ante los problemas que creaba el ministro, lo único que podía hacer era convocar a los astrólogos y a los médicos para que ratificaran esa fecha y esperar con paciencia y esperanza el deceso. Ya algunos de mis asesores más íntimos, antes de la profecía, habían sugerido   utilizar veneno, pero no resultaba  fácil a pesar de mi poder casi sin límites, asesinar a alguien con una influencia tan amplia como Kuru. Era muy popular entre los generales, y lo que menos necesitaba el reino era una rebelión. 

 Un año antes de la fecha de su deceso, los espías me informaron que Kuru escribía poemas ardientes a su novia de la muerte y que en una oportunidad la detuvo en el pasillo y la tomó de los brazos. Luego de mirarla con expresión implorante exclamó: soy tu futuro muerto y a continuación le musitó una serie de versos. Esto ocurrió poco después de la fuga de Meseret y Anisa, de modo que el ejército estaba atento a cualquier transgresión de la ley que se pudiera cometer en ese ámbito. 

Cuando se acercaba la época de la profecía, Kuru presentó una importante insuficiencia respiratoria. Fue revisado por los médicos que le aplicaron emplastos y le dieron algunos fármacos. Si bien mejoró, su pulso y su respiración coincidían con las descriptas en la prognosis y de acuerdo a las instrucciones del códice,   se decidió que estaba por iniciarse la agonía. El ministro fue confinado en el llamado gabinete de la muerte, el único cuarto con paredes completamente blancas. Tal como lo exigía la ley antigua, me llamaron cuando se presentó la muchacha.

Cabellos dorados,   ojos sepia y una altura superior a la de las mujeres del reino. La figura de la novia de la muerte de Kuru no era  frecuente  en  los pueblos del sur de donde procedía la joven.  Los labios eran gruesos, húmedos y recuerdo su gesto de arrugarlos como si de pronto fuera a besar con ellos. Su nombre era Berhane, que significa “flor de la madrugada”. El día en que la conocí, ella debió realizar la circunvalación ritual ante la figura del rey, Al llegar junto a mí y realizar  la reverencia, me miró con los ojos entornados.  

 Había llegado el momento oficial de la agonía de Kuru y yo también debía estar presente en el momento en que la joven yaciera abrazada al futuro muerto. Frente a mi primer ministro y al jorobado herrero del pueblo,  la muchacha se desnudó. También siguiendo el protocolo, debía exhibirse frente a nosotros, para controlar que en su cuerpo blanco no hubiera constelaciones de manchas que el código describía y que la descalificaran como Novia de la Muerte. Esto era una formalidad, ya que de niña, las ancianas   encargadas de su educación conocían y describían a los generales y sabios de la corte centímetro a centímetro de su cuerpo. También anunciaban la llegada de las sangres, y hacían un informe con todos los detalles de las menstruaciones.

 El momento inmediato a la agonía, debía ser supervisado por mí y en mi reinado habían sido diez jóvenes las que pasaron por mi control. Se calculaba que hasta contar con mi muerte, debía ver a veinte más, pero puedo asegurar que ninguna   como Berhane. La gracia al caminar, el meneo de los cabellos, la forma de los hombros; lo  que más me atraía era la piel: textura clara y trasparente; la extrema suavidad  se advertía con solo mirarla .    

 Me controlé para ocultar el temblor ante mis subordinados. Debía evitar que mis manos se tendieran hacia la cintura estrecha de Berhane. Acostumbrado a disponer de las cortesanas, y a que ellas pugnaran por compartir mi lecho, mi tendencia natural era tomarla y llevarla  a las habitaciones de mi harén; me costó controlarme. Kuru estaba consciente. Lo sedaba la mezcla de mandrágora y acrimonia que le  proporcionaran los médicos,  pero pude ver su sonrisa y el leve movimiento de la cabeza al presentarle la joven. No pudo evitar un gemido de placer, cuando ella se colocó desnuda sobre su cuerpo, dispuesta a que el herrero trabajara. 

En una hora, el jorobado instaló ocho grillos de acero, en las extremidades de Kuru y su novia, sostenidos unos con otros con cuatro cadenas pequeñas pero muy resistentes; una aleación de los metales más fuertes de las minas del sur. Con un grueso anillo unieron ambos cuellos de modo que los rostros se tocaran a la altura de los labios, para que la joven  trasmitiera su aliento al moribundo. Se hizo lo mismo con otro anillo más grande para la cintura de ambos, En este caso, los genitales debían estar unidos y era frencuente que el moribundo tuviera erecciones, las que eran controladas por los médicos quienes llevaban cuenta del número y de la duración de cada una de ellas. 

Recordé mi poder omnímodo. Si en el momento en que el herrero trabajaba, yo me negaba a que la joven fuera encadenada a Kuru, si exigía que pasara a mi harén, nadie diría nada. Esa misma noche podría yacer con la muchacha, pero allí la conjura empezaría a soplar como una oscura  brisa,  Murmullos oscuros detrás de las cortinas; miradas de odio; las voces del pueblo afirmarían que el rey había transgredido el viejo códice. Era cuestión de meses, a más tardar  de un año, para que un sector del ejército se levantara y pidiera mi destitución. Quizá enfrentando a las tropas leales, podía mantener una guerra intestina en el curso de otro año, pero los reinos vecinos conocerían la división y no tardarían en llegar para combatirnos y arrastrarnos con sus carros. 

El tiempo en que el herrero tardó en encadenar los cuerpos con finas y resistentes cadenas, tuve esta visión. Frente a mí estaba la soberbia espalda de la muchacha y con dolor tuve que ver cómo la sujetaban a quien fuera mi enemigo callado durante todos esos años. Los hermosos cabellos de la joven habían ocultado el rostro, pero tenia la certeza de que estaba sonriendo. 

Tres criadas del palacio se encargaban de limpiar a uno y al otro y, en caso de que el enfermo aún pudiera caminar, los guiaban en el atardecer  hacia el baño, donde las abluciones con agua tibia se prolongaban hasta la noche. El códice era preciso en este aspecto, señalando que la higiene debía estar acompañada de perfumes intensos por encima de los cuales pudiera sentirse el creciente olor  de la agonía, para que nadie olvide que el placer es más intenso cuando la muerte es próxima.

En el momento de comprobar los herrajes, que no se abrirían hasta la muerte de Kuru, advertí que una pequeñísima gota de mi sudor, cayó sobre el grillo que unían los tobillos de la muchacha con los del moribundo.   . 

Gocho Versolari
Escritor, poeta y ensayista. 
Writer, poet and essayist
Écrivain, poète et essayiste

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