La descubrí una mañana de diciembre mientras plantaba flores en el barro. Sospeché que hacía una eternidad que sus lágrimas se habían secado y solo el paso del tiempo, al igual que un dictador sin piedad al que es imposible enfrentarse, la obligaba a seguir adelante. Sus manos se movían por inercia, casi de forma autónoma como si la cabeza no interviniera en sus gestos. Hacía meses que deambulaba por la vida sin vivir, casi sin respirar, sin prestar más atención que al pedazo de barro que se extendía bajo sus rodillas.
Las flores no sobrevivían, nada en aquel lodazal lo hacía. Pero ella insistía e insistía. Cada flor, cada color, cada pétalo era un él, un ella, un nombre que no olvidaba y que el tiempo había dejado atrás sin poderlos —ni querer— borrarlos de su memoria.
El agua llegó una tarde sin avisar, como suelen llegar las desgracias. Sin embargo, el mayor lamento, el desgarro que más dolía, era saber que se podría haber evitado. Nadie dio la voz de alarma, ni tan solo los que sabían que el agua llegaría reclamando su lugar. Los abandonaron a su suerte y la suerte también los abandonó. También lo hicieron las fuerzas, aunque ella logró aferrarse a un árbol que se doblegaba bajo la violencia de la riada. Durante horas eternas pensó que sería el final, que desaparecería en el torrente que había regresado al espacio que se le había robado sin permiso. Se aferró con todo lo que le quedaba, con los recuerdos de sus padres, con los pensamientos que se deslizaban por los rostros de sus hijos, de su marido, de su vecina, de los nietos que estaban por llegar. Resistir por ellos. Resistir por ella.
Y lo logró.
Una luz. Una ráfaga que la localizó en la oscuridad y unos brazos que la sostuvieron con las fuerzas que a ella ya le habían abandonado. La alzaron. No supo quien pero pensó en el cielo y en los milagros y volvió a creer que existían. La fe del miedo.
Pasó la noche junto a otras personas perdidas bajo mantas que les abrigaban la piel pero mantenían congeladas las esperanzas. Cada vez llegaban menos personas, cada vez escuchaban que el desastre era mayor. ¿Dónde estarían los suyos? ¿Cuándo hablaron por última vez? ¿Qué se dijeron? ¿Has comprado el pan?
—Acuérdate del pan para el bocadillo de Mario.
—Sí, pesada —el tono cansino de José por el mantra diario que recibía al salir del trabajo. Después un rápido y cariñoso—: Nos vemos en un rato.
Aquella había sido la última conversación. La de cada día. Después, nada. Una nada que dolía como si le hubieran perforado el corazón. No sabía nada de su querido José, ni de sus hijos Mario y Azucena. Pero se aferraba a la manta que la protegía como lo hacía al hilo de esperanza que le decía que iban a estar bien, porque debían estarlo, porque era imposible que fuera de otra manera, porque la vida no podía ser tan cabrona.
Una noche eterna, la más larga de su vida como si el reloj se empeñara en ir hacia atrás. La oscuridad tanto fuera como dentro. Sin noticias. Sin lágrimas. No iba a llorar. No iba a rendirse como no lo hizo cuando se aferró a aquel árbol que la sostuvo.
Amanecía. Y la luz trajo la oscuridad absoluta. El horror. El infierno.
Era imposible que lo que veía fuera de aquel pabellón fuera su tierra. No la reconocía. El agua había arrasado con la vida y con la poca esperanza de las personas que se habían guarecido en aquella nave.
Y lo supo. Las lágrimas se desbordaron porque fue imposible contener toda la preocupación que se había guarecido entre sus venas. El torrente sanguíneo dejó de correr y el corazón disimulaba el latido que la mantenía con vida, porque aquello ya no era vida.
Los pies, sin seguir ninguna orden, comenzaron a moverse, a hundirse en el barro y en la tristeza. El cerebro intervino tras ellos: debía llegar a casa. En casa todos estarían bien. Así que caminó. Caminó sin pensar. Caminó sin querer mirar lo que veía. Caminó con la oscuridad instalada en sus ojos y en su alma. Caminó entre otras personas que, como zombies, se movían entre amasijos de coches y el lodazal que sobrepasaba las rodillas. Caminó con rumbo fijo pero sin saber el camino que debía seguir, porque a medida que se acercaba a casa era consciente de que su vida ya no era la misma.
Llegó a casa. El desastre estaba en el centro del pueblo, su hogar se había salvado, pero su vida no. Comprendió cómo eran los seres muertos en vida porque eran todas y cada una de las personas con las que se cruzaba, incluso ella se había convertido en una mujer muerta en vida, porque allí ya no la había.
Lo único que podía hacer era ayudar a sus vecinos, salvar lo poco que podía ser salvado, llorar en la desolación y dar algún aliento a quienes lo habían perdido todo. A ella las noticias le llegaron horas después. Los suyos habían desaparecido… hasta que aparecieron días después.
Desde entonces, solo plantaba flores en el barro. Una flor por José, otra por Mario, otra por Azucena, otra por cada vecino perdido, otra por cada esperanza truncada, otra por cada lágrima que se había derramado, otra por la fe que perdió aquel día.
El agua se los había llevado y el barro los había atrapado. Intentaba que las flores crecieran, que echaran raíces aún sabiendo que era imposible que la esperanza arraigara de nuevo en las vidas truncadas.
Me descubrí una mañana de diciembre plantando flores en el barro. Aquella mañana fui consciente de lo que hacía, de lo inútil que era mi gesto, del sinsentido de empeñarme en seguir plantando en terreno yermo. El barro jamás me los devolverá. Aún así, aún después de haberlo perdido todo, no permitiré que el agua y el lodo también acaben con mis recuerdos. Seguiré plantando flores.
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