miércoles, julio 29 2026

Anna por Ricardo Mozzaccone

—¿Cómo pude llegar a eso? ¿En qué me había convertido? Me creí un soldado a los trece años—Decía Fritz sin dejar de mirar la foto con vergüenza y mucha tristeza, delante de sus nietos.

Y comenzó el relato.

—Era solo un niño portando orgulloso un estúpido uniforme y con la cabeza repleta de ideas
paganas, delirantes que incitaban al odio y a la discriminación.

Aprendí a mirar a la muerte a los ojos, a dejar de sentir el dolor de los demás, a respirar el olor
fétido que desprendían las fosas comunes donde cientos de cadáveres, apilados como basura,
aguardaban la palada de tierra o el piadoso fuego.

Dos años antes, con mi hermano Hans jugábamos todo el día a la pelota, corríamos por el campo,
ayudábamos a mamá con sus quehaceres mientras papá peleaba en la guerra. Ajenos a todo, íbamos al río a pescar el almuerzo y cazábamos liebres en el campo. Al atardecer leíamos algún libro y por la noche, a veces sin luna y con pocas estrellas, mirábamos como el cielo se iluminaba con las bombas que caían sobre la ciudad.

Conocí la muerte cuando estando en el río, vi pasar el cuerpo descompuesto de una anciana. Sus
ojos estaban blancos. Su piel y sus labios eran grises como las nubes. Aterrados corrimos para contarle a la madre lo que habíamos visto. Pero al llegar encontramos uno bolso en la puerta.
Papá había regresado. Emocionados corrimos a saludarlo. Estaba en la cama y lo abrazamos. Mamá nos miraba con lágrimas en los ojos.

—¿Te quedas o vuelves a irte? —pregunté.

—Me quedo para siempre hijo—respondió con una amarga mueca.

Fue entonces que sacó las mantas que lo cubrían dejando al descubierto dos piernas que no estaban.
Con mi hermano nos quedamos inmóviles, sin reaccionar.

—Tienes que vengar mis piernas Fritz, mi vida debe ser vengada. ¡Eran alemanas, eran de Hitler!
Una bomba rusa me las arrancó. Salvé mi vida, pero ahora soy mitad hombre.

Por eso, debes unirte a las Juventudes Hitlerianas. Tu hermano Hans lo hará el año que viene.
Mañana vendrán a buscarte para ir a los campamentos donde te instruirán y serás un hombre de
Hitler—Terminó de decir e hizo el saludo.

Esa noche no pude dormir, tampoco Hans. Lloramos en silencio.

El amanecer llegó muy rápido.

Antes de partir mi padre me dijo.

─Venga mi muerte en vida Fritz, solo los alemanes son tus amigos. A los enemigos debes odiarlos y
matarlos. ¡HEIL HITLER!

No dije nada. Solo lo abracé, giré y no miré atrás.

Con lágrimas y dolor me despedí de mi madre y hermano, de mi pueblo, de mi infancia. Su color
comenzó a desgastarse a medida que me alejaba. Sabía que, de ahora en más, la vida solo sería
fragmentos difíciles de unir el día de mañana.

Al llegar a los campamentos nos hicieron formar. Éramos tan solo niños temblorosos en aquel lugar
rodeado de alambres con púas y centinelas armados por doquier. Los gritos de los oficiales y los hombres con decenas de condecoraciones colgando de sus uniformes, nos aturdieron. Allí recordé el sonido del agua corriendo entre las piedras de su lecho. La instrucción fue severa. Recibimos entrenamiento militar y se nos exigía obediencia absoluta. Nos capacitaron en el uso de armas y nos impartieron formación bélica.

Con el tiempo, nos enviaban a limpiar las ruinas tras un bombardeo y hacíamos guardias en los
mítines del Partido. Un año después, el niño había desaparecido. Comencé a ver todo distinto. El odio inculcado se alojó en mis entrañas. Un Fritz adolescente y tenebroso era el resultado. El odio nazi había hecho estragos en mi cabeza.

Unos meses después, me enviaron con un grupo de soldados mayores a un campo de exterminio. Yo caminaba por allí portando orgulloso el uniforme. Hasta miraba con desprecio a todo aquel que
no fuera nazi. Pero todo cambió. En una mañana gris, vi llegar el tren con las víctimas de los guetos nazis. Al abrirse las puertas de los vagones, la gente caía al piso con estrépito y horror. Hombres, mujeres y niños viajaron hacinados durante días, de pie y sin moverse. Estaban demacrados, sucios y con un olor a orina y a heces intolerable.

Aquel primer encuentro con los judíos fue estremecedor. Estaba acostumbrado a ver soldados
muertos, heridos, mutilados, pero no a familias enteras, vestidas de civil, caminando sin el alma en
el cuerpo. Mi ser se estremeció. Mi construcción de soldado comenzó a derrumbarse y el viejo niño Fritz comenzó a bracear con energía para salir de su prisión nazi y apoderarse del lugar que nunca debió dejar. Veía desfilar a los judíos hacia las barracas mientras los soldados mataban a los ancianos y enfermos que no podían levantarse del piso.

Allí recordé a mi madre, a mi hermano, a mis vecinos, a mi padre antes de la guerra. Comenzó a rodar una lágrima por mi mejilla que oculté de los demás. Pero la flecha que me atravesó de lado a lado fue al ver a una jovencita que tendría mi edad. Era blanca, delicada, de cabellos negros y ojos azules. Llevaba un vestido verde y un pañuelo en la cabeza. Estaba muy delgada y portaba una pequeña maleta debajo de su brazo izquierdo. Con la mano derecha tomaba la de su hermano pequeño que abrazaba a un oso contra su pecho. Caminaban al lado de sus padres. Me acerqué a ella y le pregunté su nombre.

─Anna, mi nombre es Anna. No me olvides─, dijo con suma tristeza y me dio un pañuelo blanco
que tenía bordado su nombre. Lo guardé y la miré mientras se alejaba. La llevaban con su familia y
cientos más, a los hornos.

─Ahora todos entrarán allí a darse un baño. Al terminar les indicaremos su destino y función─,
decía un jerarca nazi con un cinismo que asustaba.

La puerta se abrió y todos en fila entraron; ancianos, hombres, mujeres, niños, jóvenes. Al cerrarse, mi corazón quiso salir de mi cuerpo. Sentí como se derrumbaba la vida. Al día siguiente recorrí las fosas donde tiraban los cadáveres y los depósitos con la ropa de los judíos.

Encontré el vestido verde y el oso hecho harapos. Ese fue el dolor más grande de mi vida. Lloré hasta secarme por dentro. Fue entonces que hablé con el jefe del Regimiento solicitando mi retorno a Berlín. Mis argumentos fueron tan retorcidos y sin sentido que me lo otorgaron. Me despedí de aquel infierno en la tierra. El camino de regreso se hizo eterno. A pocos kilómetros de mi casa, me arrojé del vehículo en movimiento y corrí como si el diablo me estuviera persiguiendo.

Al llegar a mi hogar, comencé a sacarme el uniforme. Ya en la puerta, mi madre recibió a su hijo desnudo, llorando, solo con un pañuelo en la mano. De inmediato entramos y me quedé cerca de la chimenea. Allí me trajo ropa y mantas para luego traerme algo de comida.

—¡Mi niño! ¡Que han hecho con mi niño!—Gritaba derramando lágrimas sobre mí.

—Es una locura madre. Soldados contra soldados es justo, pero matar familias, niños, padres,
abuelos en una cámara de gas…NO, mamá, NO. No puedo ni quiero ser cómplice de esto. Acabo de
desertar.

Se llamaba Anna, mamá…—dije y comencé a llorar con la fuerza de un río cuando busca el mar.

Mi madre me abrazó con mucha angustia.

─No te preocupes, hoy mismo arreglo para irnos de aquí. Tú y yo─, dijo.

─ ¿Cómo murieron? ─, pregunté con angustia.

─Tu padre tomó una pistola y se voló la cabeza. Tu hermano pisó una bomba que estaba entre los
escombros de la ciudad.

Mi corazón se estrujó con el recuerdo de Hans. Sabía que lo extrañaría hasta el día de mi muerte.
A los pocos días estábamos en un barco rumbo a América. Recuerdo los brazos de mi madre rodeando mi cuello mientras contemplábamos el viejo mar.

Buenos Aires nos recibió con los brazos abiertos aún sin saber quiénes éramos. En silencio y humildad forjamos una vida honrosa hasta que ella se murió, veinte años después. Fue feliz de a ratos.

Lo que sigue ustedes lo conocen.

Y amé mucho a su abuela, mucho, pero nunca olvidé a Anna. Su mirada color cielo iluminaba el
mundo, obligaba a la esperanza, a creer en los sueños.

Pero un día sus ojos se cerraron. El mundo se privó de ellos. Un minuto con ella me alcanzó para toda la vida. Su pañuelo no me deja olvidarla.

@Richard


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