Ya era sábado. Todo parecía tranquilo. La noche, fría como primer día de febrero que era, había helado el paisaje que la mujer observaba por su ventana.
No podía dormir. Estaba intranquila, ¿por qué? No quería reconocerlo, pero lo echaba de menos.
Achacaba aquel insomnio al estrés del día a día. Y eso que ella nunca fue partidaria de considerar el estrés como un problema serio en la vida. Consideraba que siempre se pueden cerrar puertas y ventanas innecesarias para quitarse peso de los hombros. Si, alguna es imposible o muy difícil, pero nunca entendió la gente que asumía, por ejemplo, los problemas del telediario como propios. ¿Cómo no se van a agobiar por la vida si no hay ni una noticia buena? Ni siquiera contrastadas en su mayoría. Así, normal que la gente se estrese. “Apaga la tele y coge un libro”, decía cuando venían a contarle las nuevas noticias de esa mañana intentando pasarla aquel agobio de vida.
Entendía las fases de la vida, el crecer, enamorarse, llorar, reír, discutir… que los caminos se separan, hay veces que para siempre, hay veces que con bifurcación para reencontrarse consigo mismo y, tal vez, volver a unirse y disfrutar de otro trayecto juntos, eterno o temporal.
Pero lo entendía para otros, no para ella. No siempre es fácil asumir que tienes un problema, que tienes que tratarlo y que, además, sabes cómo hacerlo.
Miró el reloj. Estaba amaneciendo. Los tonos rosas de las nubes junto con el azul del cielo de esa mañana hacían la estampa del nuevo día mágica.
Llevaba mirando por aquella ventana tres horas. Inmóvil, bajo una manta blanca, sentada en aquella silla de oficina que tanto costó elegir.
— Cariño, vuelve a la cama, aún es pronto— se escuchó una voz tras ella.
Su marido se acercó y la colocó una mano sobre su hombro derecho con cariño.
— ¿Habrá llegado ya a casa? — preguntó ella con los ojos húmedos.
— Seguro que lleva durmiendo ya un par de horas por lo menos, hoy trabaja de tarde. Ven y haz lo mismo.
La ayudó a levantarse y la llevó a la cama, la arropó y se colocó a su lado abrazándola.
Rendida por el cansancio y las caricias, cayó en un profundo sueño. Soñó con él.
Volvió a recordar cuando comenzó a caminar, su desarrollo de los sentidos del tacto y del gusto por lo nuevo que alcanzaba… Su corazón estaba feliz en ese momento.
No apareció en esas dulces horas aquella discusión por la que su hijo había hecho la maleta y se había ido a vivir con su novia.
Aquellas discusiones que muchos días tenían por las horas tardías de llegar tras pasar la noche de fiesta o los fines de semana sin dar palo al agua.
Sabía que ella tenía razón y seguro que él se acabaría dando cuenta en algún momento de su vida. Pero ahora, no descansaba pensando en él, deseando escucharle llegar a casa cuando el amanecer ya hacía rato que había pasado, de poder estar tras él hasta que hacia su cama o que madrugara más para poder llegar sin prisa a trabajar. Deseaba verle haciéndola reír para que se la pasara el enfado, y deseaba que la abrazara para acabar de conquistarla y quitarle hierro a sus discusiones.
A pesar de que era hora de volar del nido, no quería que hubiera sido de una forma tan fría, tan cruel para ella. De la mañana a la noche.
Aunque, realmente, ¿hay alguna forma buena de volar del nido?
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