Al atardecer, sentada cerca de la ventana leía un emocionante libro. A través de los cristales se veían los árboles que ya clareaban con desnudos otoñales; me distraían las danzas de las hojas que se desprendían de las ramas hasta caer al suelo. Ensimismada, comencé a sentir frío. Mi imaginación se desbordó y la tristeza me invadía…, recordé un evocador cuadro que vi en el Museo del Prado: “La nevada o El invierno”, de Francisco de Goya. Aquel día, noté la gélida ventisca rozando mis mejillas.
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