Fue demasiado fácil, demasiada casualidad.
Un tropezón a destiempo, un tobillo torcido y la tercera baldosa junto a la jardinera de rosas se acababa de levantar sobre la tierra húmeda.
Hacía rato que Jaime había regado el jardín ya mí se me antojó hacer un ramillete de rosas blancas para adornar la mesa de centro. Mamá vendría a cenar y necesitaba que todo fuera perfecto.
Pero ya no lo sería. Mi tobillo comenzaba a parecer demasiado a una pata de elefante. Maldita piedra y maldita torpeza.
Al apoyarme en la baldosa bailó con peligro, así que planté de nuevo mi culo en el suelo e intenté colocar la piedra en su lugar, pero resbalo entre mis dedos y se partió, dejando al descubierto un viejo cofre de cobre que no debería estar ahí, o que no debería haber descubierto jamás.
Estaba húmedo por el agua y descascarillado por los años. Un tesoro escondido en el jardín que no me resistí a abrir, ¿cómo iba a hacerlo si acababa de descubrir un tesoro? O eso creía.
Su interior aterciopelado guardaba con celo una única hoja de papel amarillento que agarré con temor a que se deshiciera entre mis dedos. Sin embargo aguantó. Ojalá se hubiera roto por los mil pliegues que lo mantenían doblado.
Era mi partida de nacimiento.
En realidad era otra partida de nacimiento diferente a la guardaba en mi archivador junto a las notas escolares, el seguro de salud y la hipoteca.
Con sorpresa leí que era hija de Juan y Sandra.
Olvidé el tobillo y el dolor. Mi única preocupación era averiguar quién era Natalia, la mujer que vendría a cenar a casa en una hora.
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
+ There are no comments
Add yours