sábado, agosto 1 2026

VALORES by Silvia Fernández

Antonio metió la llave en la cerradura mientras apretaba la hogaza de medio kilo bajo el brazo izquierdo.

Había salido a dar un paseo mañanero previo a la compra del pan para matar un poco el tiempo antes de hacer la comida.

A sus 79 años, ese aire fresco a primera hora de la mañana seguía siendo su droga para mantener la jornada con el pecho lleno de ánimo.

Nada más cerrar la puerta tras él, una voz femenina sonó desde el otro lado de la casa. Antonio sonrió, se quitó los zapatos y se dirigió al despacho donde su mujer, como cada día, permanecía fundida con el ordenador como si fueran ya solo una.

  • Cariño, acabo de vender las acciones de NYESA, creo que la próxima semana van a caer en picado.
  • Perfecto mi amor— dijo él sin entender aún cómo sabía tanto de aquellos mercados tan desconocidos para él. —¿Te apetece arroz con pollo para comer?
  • ¡Vaya preguntas! Si por mi fuera sabes que basaría mi dieta en ese plato que te sale tan delicioso— agregó la mujer sin quitar los ojos de aquellos gráficos y números que salían en la pantalla.
  • Por cierto, hoy en la panadería el hombre que estaba delante de mí hablaba de esas monedas criptónicas de las que me hablas algunas veces.
  • ¿De criptomonedas? —se sobresaltó la mujer cambiando la pantalla del ordenador. —Te voy a llevar a un balneario con el dinero de la venta, gracias por el chivatazo.
  • De nada, aunque no entiendo por qué las vendes, me pareció entender que estaban subiendo como la espuma.
  • Por eso mismo, si la gente habla de ello, en unos días caerán empicado.

Antonio se alejó del despacho de su mujer, camino a la cocina. Por muchos años que pasaran y ella intentara explicarle de mil formas, no entendía ni la adicción que tenía a esos mercados ni la paciencia para estar delante de aquella pantalla tantas horas.

Desde muy jóvenes, María siempre había tenido buen ojo para las compras, las inversiones y los trueques, consiguiendo verdaderos chollos, como aquellas tierras tan fértiles donde su vida cambió para siempre.

No podía evitar pensar en ello a diario, aunque ya era una rutina y no le hacía el mismo daño que antaño.

Una tarde, al salir de la mina, una patrulla de la guardia civil le esperaba en la puerta para trasladarle a la capital. Su mujer había sufrido un accidente con el arado.

Antonio se puso en lo peor, y no se equivocó en demasía.

Cuando llegó al hospital, su mujer estaba inconsciente, en la UVI y con su vida pendiente de un hilo.  Creen que se cayó del arado dándose un fuerte golpe en la cabeza y los caballos que acababa de adquirir, que aún no estaban suficientemente adiestrados en las tareas ni acostumbrados a su nueva dueña, con el estruendo se asustaron y la pisotearon hasta dejarla en el estado que se la veía tras los cristales de la sala.

Su vida se apagó solo de pensar en que la perdería. No se separó de ella ni de día ni de noche hasta que, al fin, salió del hospital. Nunca más volvería a caminar, tenía una paraplejia, pero estaba viva, que era lo que Antonio veía y quería.

Su vida era María, su pasión, sus ganas de vivir, su luz… todo. Vivían frente a frente en el pueblo y siempre supo que aquella sería su mujer, y, con esfuerzo, la conquistó y prometió cuidarla para siempre.

Tras el accidente, hizo todo lo posible por mantenerla cómoda, protegida, cuidada y querida. Y las ganas de vivir y de seguir de María le daban ese empujón que algunos días le faltaba.

María siguió con aquellos trueques e inversiones, ayudando a la gente cercana a que no fueran estafados, y en cuanto los ordenadores e internet se pusieron al alcance de su bolsillo, le pidió uno para poder ver las inversiones del banco desde casa y evitarle los viajes al pueblo de al lado. Desde aquel tiempo, María comenzó a hablarle con un lenguaje que, por más que pusieron los dos de su parte, Antonio no logró entender nunca, pero ver a su mujer feliz, le hacía estar feliz también.

Antonio sacó una cazuela y la puso al fuego con aceite, mientras se acercaba detrás de la puerta a ponerse el delantal.

Hay caballeros que llevan la capa por la espalda y otros la cuelgan por delante.


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