Sugestión por Carlos Cubeiro

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La tarde estaba oscura y triste, del cielo comenzaba a caer una fina e insistente lluvia. En el interior de la tienda de moda femenina las horas parecían interminables ante la falta de clientes. Marta estaba ordenando el almacén cuando sonó la campanilla, señal de que alguien había cruzado la puerta. Aún no había llegado al mostrador cuándo se escuchó el tintineo en dos ocasiones más. Dos señoras de cierta edad y un caballero trajeado esperaban ser atendidos. De pronto, comenzaron a escucharse unos ruidos extraños sobre sus cabezas. Todo indicaba que procedían del piso superior, de la vivienda en la que vivía una familia con cinco miembros. Escuchaban disparos, parecía que se estaba produciendo una matanza, luego se hizo un silencio de pocos minutos pero que a ellos les pareció una eternidad. A través de los altavoces del hilo musical comenzabas a caer unas gotas cada vez más continuas de un líquido rojo sobre varias de las prendas más exclusivas. Ni Marta, ni ninguno de los clientes recién llegados era capaz de mover ni un músculo. Es sangre, dijo una de las señoras que usaba unas gafas gruesas de culo de botella, los demás quizás por sugestión dijeron, sí es sangre. Por otro de los altavoces y pegado a la pared pintada de azul celeste bajaba un reguero del mismo líquido rojo formando un charco espeso sobre una de las estanterías empapando un tapete de encaje.

Superado el shock inicial, Marta cogió su teléfono y marcó el 112…Emergencias?.. parece que ha habido una matanza en el piso de arriba de mi tienda, vengan rápido!!!. Tras indicarles la dirección correcta, al otro lado del teléfono se escuchó: mantengan la calma, vamos ya. Pegados los cuatro a la pared tras el mostrador escucharon las primeras sirenas en poco más de tres minutos. El comisario entró y sin articular una sola palabra se acercó a las prendas manchadas. El despliegue en el exterior era total, incluyendo varias ambulancias y una dotación de bomberos.

La gente que iba de aquí para allá apurando las últimas compras de la víspera del día de Reyes se preguntaba por el motivo de tantos coches de policía. Se oían comentarios de todo tipo entre los curiosos, hasta alguien que aseguraba que había una docena de muertos partidos en dos con un hacha. Algunos hasta temblaban de miedo por un posible asesino sanguinario. El comisario Laporte cogió la manga de una blusa de seda casi transparente y de manera instintiva la acercó a la nariz y gritó: es Ketchup!!!. Repitió, no es sangre es Ketchup!!!. Rompiendo la puerta entraron una docena de policías de los servicios especiales. En la vivienda no había nadie, ni muerto ni vivo.

En la cocina de butano una olla de acero sobre el fuego a máxima potencia, dentro de ella un sin fin de palomitas saltando a lo loco y provocando aquellos ruidos que parecían disparos. Volcado en el
suelo un envase enorme de plástico casi vacío con una etiqueta que decía: El mejor ketchup. Su
contenido de más de un litro teñía el suelo de la cocina y se colaba hacia la tienda. El microondas
aún echaba humo. En su interior los restos de un plato con una tela irreconocible que podría ser
un slip.¡¡ Ketchup, sólo Ketchup!! ¡¡ Sí, Ketchup, una olla con palomitas de maíz y unos gayumbos en un microondas montaron éste follón!! Repetía una y otra vez el comisario para sí mismo y a viva voz. Los curiosos se fueron alejando del lugar ya que no había muertos ni asesinos.

¡Va, sólo salsa de tomate y palomitas, ni siquiera un muerto, nos vamos ya no hay nada interesante!! Sí escuchaba decir a más de uno.

@Carlos Cubeiro

@Imagen Pinterest


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