Fragmento de la novela: Réquiem por mi mano ausente
Antes de comenzar el concierto, la noticia de mi nuevo contrato ya circulaba entre mis compañeros. Fui recibido con palmadas en la espalda y sinceras muestras de afecto. Quedamos en festejarlo tras la cena con la que celebraríamos el cierre de la temporada; la mayoría dejaba París al día siguiente. Pero antes correría el champán. Había motivo.
Esa noche me concentré como nunca. Mis dedos se desplazaban por el teclado como entes independientes dotados de vida propia. Imbuido en mi interpretación, respiraba y vibraba con cada acorde, con cada nota de la partitura que sentía escrita en mi alma. Al finalizar, un estallido de aplausos me sacó del ensimismamiento. A decir de los críticos, La Campanella de Liszt provocó una de las mayores ovaciones que se escucharon en los últimos tiempos en Salle Gaveau. Mis propios compañeros se unieron a la ovación.
Le Train Bleu, el famoso restaurante de la Gare de Lyón resplandecía como en sus mejores tiempos. Las mesas de la Gran Sala Dorada estaban ya ocupadas por numerosos comensales: hombres de negocios, viajeros y turistas que acudían al reclamo de uno de los restaurantes más hermosos y suntuosos de París. Personajes famosos como Salvador Dalí, Colette, Coco Chanel, Jean Gabin, entre otros, fueron clientes habituales.
A nuestro grupo le habían acomodado en el Salón Tunecino, un pequeño comedor decorado con arabescos al que se accedía cruzando un hermoso arco polilobulado, de aspecto marfileño, enmarcado con una bella trenza de ochos entrelazados. La mayoría ya ocupaba sus asientos en las mesas bellamente adornadas con centros de flores. Andrei vino a mi encuentro para indicarme que me había reservado un lugar en la suya.
Francesca, al verme, me lanzó un beso con la punta de los dedos y siguió conversando con el violonchelista que estaba sentado a su derecha. Incliné la cabeza, como respuesta a su gesto, y esbocé una sonrisa tratando de contener un destello de admiración en mi mirada. Pero a Francesca nunca se le escapaba nada.
Saludé al resto de mis compañeros y ocupé la única silla que quedaba libre, justo frente a ella. Estaba fantástica. Para la ocasión, llevaba un vestido negro de cuello cerrado que marcaba su generoso busto. Por detrás, un escote de vértigo dejaba su espalda al descubierto. La adornaba con un largo collar de perlas que resaltaba aún más su desnudez.
—Estás muy guapa, Francesca.
No pude reprimir el piropo. Ella ladeó la cabeza en un gesto muy sensual y esbozó una pícara sonrisa. No, no solo estaba guapa, brillaba como un diamante que captura toda la luz para irradiarla después en múltiples destellos. A su lado, el resto de las mujeres del comedor quedaban eclipsadas. Mezclaba voluptuosidad con elegancia y el resultado era letal. Los rizos rojizos, que le solían caer en cascada desordenada sobre los hombros, recogidos en un sencillo moño dejaban la nuca al descubierto: una nuca y un cuello deseables que incitaban a posar los labios sobre ellos. Recordé la suavidad de su piel y lo delicioso y excitante que resultaba acariciar su cuerpo desnudo. Me recreé unos segundos en esa evocación para después sonrojarme avergonzado por mi pensamiento.
Gracias, eres muy amable —respondió ella en cuanto pudo desembarazarse del violonchelista—, aunque me resulta extraño recibir un halago tuyo —añadió—. Pero es a ti a quien hay que felicitar. ¿Qué se siente al entrar a formar parte del «Olimpo de los Consagrados?»
–No exageres, no es para tanto. Pero sí, la verdad es que estoy muy contento. Apenas puedo creer que haya ocurrido; imagino que aún me tengo que hacer a la idea.
Francesca escuchaba, mirándome con una expresión parecida a la de una pantera a punto de saltar sobre su presa sabiendo que la tiene en su radio de acción y sin posibilidad de escapatoria. Una sonrisa burlona bailaba en su boca. Me inquietó esa mirada felina y desvié la mía hacia la copa de champán que tenía delante; entonces ella afiló sus garras y lanzó el zarpazo.
—¿Y qué dice nuestra querida rusita? Tendréis que separaros. Qué lástima Puede que te siga. Quizás hasta esté dispuesta a sacrificar su carrera por amor. ¡Oh, l’amour! En su nombre se hacen tantas locuras…
Su irónico comentario me pilló desprevenido. Francesca seguía siendo la misma: salvaje e imprevisible. Al parecer, tan solo había aprendido a controlar sus impulsos.
Encajé el golpe con el rostro impasible; todo, menos demostrarle que me había molestado. Iba a responderle con el sarcasmo desbordándome los labios, pero en ese momento los camareros comenzaron a servir los entrantes dejando en suspenso mi réplica corrosiva. En esa tregua impuesta decidí obviarla y unirme a la charla de los compañeros que tenía a ambos lados tratando de olvidar el incidente. Cuando Francesca reaccionaba así resultaba odiosa.
Durante la cena, el champán corrió generoso entre plato y plato. A los postres se hicieron varios y repetidos brindis por el éxito de la gira y en mi propio honor. Para mi sorpresa, el primero lo inició Francesca puesta en pie.
—Hoy perdemos a nuestro pianista. Nos deja para cumplir un sueño que es el de muchos de nosotros. Él lo ha conseguido. —Alzó su copa e invitó al brindis—. Por Lawrence, por su consagración como uno de los grandes. Que coseches muchos éxitos, querido, seguro que serán incontables.
Mientras hablaba y el resto de los compañeros aplaudía, rodeó la mesa y se acercó a mí. «Siento mi comentario de antes», me susurró cuando nuestras copas chocaron. «¿Francesca disculpándose?», me pregunté perplejo. Eso era nuevo en ella. La miré y parecía sincera. Asentí y, con un gesto galante, le besé la mano. Disculpas aceptadas.
Terminada la cena, quienes tenían que viajar a primera hora de la mañana regresaron al hotel; no era aconsejable subirse a un avión sin apenas dormir y con resaca. Un pequeño grupo propuso prolongar la velada en un conocido local. Francesca y Andrei, a pesar de que también tenían que madrugar para coger su vuelo, se unieron a ellos y me convencieron para que los acompañase. Acepté; no tenía prisa, deseaba agradecer tantas muestras de afecto invitando a unas copas.
Bebí más de lo que acostumbraba; todos lo hicieron. El ambiente agradable y distendido invitaba a ello. Francesca se convirtió en la reina de la noche. Incorregible, desplegó todas sus artes de seducción; no hubo hombre que se resistiera a su atractivo. Coqueteó con unos y con otros; con todos, menos conmigo que parecía evitarme a propósito. Andrei también se sentía postergado. No podía disimular el malestar que le producía su desdén y que hiciera caso omiso de sus recomendaciones para retirarse a descansar aduciendo que al día siguiente tendrían que levantarse temprano. Regresamos al hotel cuando eran más de las dos de la madrugada. Nos despedimos en la recepción. Andrei me dio un abrazo afectuoso y volvió a desearme mucha suerte en mi nueva andadura. Francesca se colgó de mi cuello y pegó su cuerpo contra el mío para susurrarme al oído: «Mucha mierda, querido». Al retirarse, me rozó los labios y los detuvo en mi boca unos instantes, suficientes para que Andrei tensara su rostro y yo reconociera su sabor. Su cercanía me excitó dejándome bastante confuso.
Minutos después, daba vueltas en la cama pensando en lo sucedido. Emociones dispares e intensas se agitaban en mi interior impidiéndome dormir. La tensión, la euforia por el contrato se mezclaban con la preocupación ante la enorme responsabilidad que entrañaba. ¿Estaría a la altura de la oportunidad que me ofrecían? El nuevo giro que daría mi vida me emocionaba, el triunfo estaba al alcance de mi mano, pero también era consciente que el precio a pagar era muy alto: sacrificar mi vida personal en aras de mi carrera. Estaba seguro de que el puesto en la Filarmónica repercutiría en mi relación con Katrina; desde el momento que me trasladase a Nueva York, las posibilidades de vernos serían escasas. Pero nos amábamos y los dos haríamos lo imposible para tratar de estar juntos el mayor tiempo posible, no tenía ninguna duda al respecto, aunque jamás permitiría que Katrina sacrificara su carrera por mí. Recordé el malicioso comentario de Francesca durante la cena. Ella también era la causante de mi insomnio. Su cuerpo enervante en ese abrazo apretado me había alterado más de lo que hubiera deseado reconocer. No llevaba sujetador; pude percibir sus pezones incluso a través de mi camisa. El roce intencionado de sus labios me había recordado el sabor de sus besos apasionados. Noté que mi sexo se erguía pujante. «¿Estoy gilipollas, o qué?», me reprobé pensando en Katrina.
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