lunes, mayo 25 2026

“Machismo”: El tema perfecto para un debate en época de elección by Jorge Zenteno

Por estos días ya no hace falta pensar demasiado para ganar una discusión o llamar la atención de la prensa. Basta con invocar la palabra mágica: machismo. La usas bien fuerte, en especial si eres feminista moderna, de las actuales, de esas que quieren aplastar al patriarcado, lo haces con cara de indignación justa, y ¡zas! Se abre el cielo del aplauso automático, caen likes, portadas, y si tienes suerte, hasta una cuña en el noticiario central. El contenido da igual: lo importante es que parezca que estás luchando por una causa sagrada. ¿Qué te contradices? No importa. ¿Qué generalizas groseramente? Mejor aún: eso da más impacto. Y si quieres aparecer en un matinal, ganar puntos en redes o parecer el más ético del salón sin mucho esfuerzo, solo tienes que hacer una cosa: polemizar utilizando con fuerza, énfasis y cara de escándalo el manoseado concepto del machismo. Así de simple. No importa el contexto, ni si tienes evidencia, ni si entiendes de qué estás hablando. El impacto lo tienes asegurado.

Pongamos un ejemplo reciente: un académico (Michel Olguín Lacunza (UNAM Global Revista), con total seguridad, afirma que los hombres no desean cambiar el machismo porque les da privilegios. Así, sin matices, sin aclaraciones. Todos los hombres, sin excepción.

Uno no sabe si está leyendo un estudio sociológico o un panfleto político, pero da lo mismo: la frase circula, se viraliza y cae como anillo al dedo en debates donde ya no se busca comprender, sino señalar, apoyados por unos cuantos iluminados de la política o el activismo           —autoproclamados intérpretes oficiales de la moral contemporánea— declarando con total desparpajo que sí, que todos los hombres son machistas.

¿Por qué? Porque lo aprendieron desde niños, porque no lo cuestionan, y porque —¡por supuesto! — les encanta el poder que eso les da (los llamados privilegios). ¿Pruebas?    ¿Datos? ¿Estudios? Nah, eso es demasiado complejo. Mejor una frase redonda, una acusación general y una lágrima indignada para el TikTok. O una víctima circunstancial, apropiada para la ocasión.

Porque claro, vivimos en tiempos donde las redes sociales han reemplazado la conversación con el linchamiento (la era de la cancelación), y donde los matices —esa molestia intelectual que obliga a pensar antes de hablar— están fuera de moda. Entonces, si alguien se atreve a decir: “Perdón, pero yo no soy machista”, lo miran con condescendencia y le explican que claro que sí lo es, solo que no se ha dado cuenta aún.

Porque el machismo es como el dióxido de carbono: invisible, pero letal. Y todos lo exhalan, quieran o no.

No hay salida. No hay matices. Es ciencia… o fe, ¿quién sabe? Y con ironía condescendiente se le dice, que justamente por decir eso… lo es. Porque el machismo, ya lo sabemos, es como el gluten: está en todo, aunque no lo veas.

Entre tanto, los medios de comunicación se suman al espectáculo con entusiasmo publicitario. “Todos los hombres son machistas”, titula un diario que ayer hablaba de recetas para el verano y mañana venderá suplementos de autoayuda.

La prensa, siempre atentos a lo que genera clics más que reflexión— se suman a la fiesta con titulares que parecen sacados de una agencia de marketing barato: “El machismo mata”, “Todos los hombres son culpables”, “Nueva ley contra la masculinidad tóxica”. El periodismo, ese noble oficio, reducido a un generador de consignas de supermercado ideológico.

Todo sea por la portada más compartida, aunque detrás no haya más que ruido, dejó hace rato de informar para dedicarse a editorializar con slogans disfrazados de noticias. Y lo hace bien, porque la indignación vende. Mucho más que la reflexión.

Y ni hablar del Congreso, ese teatro donde algunos parlamentarios (mejor dicho, parlamentarias), aprovechan cualquier ocasión para declarar que el patriarcado está detrás del alza del pan, del precio del transporte o de la ley del litio. El machismo se convierte así en carta comodín: siempre útil, siempre vigente, siempre culpable. Es como el villano de una película sin guion. No importa lo que haga, siempre será el malo.

Ahora bien, ¿el machismo existe?

¡Claro que sí! ¿Ha limitado el desarrollo de muchas mujeres? ¡Sin duda! Pero de ahí a convertirlo en un dogma irrebatible, en una ideología infalible, en una consigna incuestionable… hay un trecho largo… Y peligroso.

Porque lo cierto es que no todos los hombres son machistas. Muchos han sido criados con valores distintos, otros han reflexionado y cambiado, y algunos, incluso, han sido aliados fundamentales en el avance de los derechos de las mujeres. Negar esto es negar la realidad. Pero claro, esa realidad no genera titulares ni las tendencias más populares.

Mientras tanto, seguimos esperando un estudio serio que nos diga cuántos hombres son efectivamente machistas, cómo se expresa eso en distintos contextos, y qué estamos haciendo —como sociedad, no como tribus enfrentadas— para cambiarlo. Mientras no lo tengamos, lo que abunda son opiniones disfrazadas de certezas, y consignas disfrazadas de verdades.

Pero al parecer, eso no importa. Lo importante es salir en la portada. Mientras tanto…, todo se mantiene inalterable.

 

Conclusión

El machismo es un fenómeno real, con raíces profundas y consecuencias dolorosas. Pero su existencia no justifica que se utilice como comodín ideológico, como arma política o como excusa para gritar más fuerte que el resto. Convertirlo en un diagnóstico universal y automático, donde todos los hombres son culpables por defecto y todas las mujeres víctimas eternas, es una simplificación que sirve más para dividir que para construir.

Hoy, más que nunca, necesitamos debates con argumentos, no con consignas; reflexión con datos, no linchamientos con megáfono. Porque cuando el machismo se convierte en una etiqueta que se pega a todo, pierde su fuerza crítica. Y entonces, lo que era un problema serio, se transforma en ruido. En tendencia popular, en moda.

Y claro, eso da portadas. Pero no soluciones.


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